
Praga. Año 1592.
La construcción de la Sinagoga Maisel, la nueva casa de oraciones en medio del barrio judío de Josefov, no se detuvo por más que la judería local se veía constantemente atacada por la furia de pogromos, persecuciones y el odio irracional del antisemitismo imperante de la época. Mientras tanto, en el ático de la antigua Sinagoga Staronová, el rabino Loew le daba vida al Golem. La mítica criatura creada de barro había finalmente cobrado existencia con el fin de cuidar a los judíos, de los ataques y la violencia de sus vecinos. Praga se unía así a la ciudad de Chelm, donde para la misma época llegaban las historias que aseguraban que el cabalista Elijah Baal Shem también había logrado crear un Golem, para proteger y salvar a la comunidad judía de aquella ciudad de Polonia.
Entre la atmósfera teñida del peligro, el temor por la subsistencia y los relatos fantasiosos de seres con poderes sobrenaturales, un hombre que conocía bien a ambos maestros místicos escribía un libro. El Rabi Shlomo Luntschitz había sido en su juventud compañero de estudios en Lublin del cabalista polaco, y ahora en su madurez era una gran autoridad Rabínica en la ciudad del Rabino Loew en Praga. Fue el nombre de ese libro de interpretaciones bíblicas, Kli Iakar, por el que su autor sería conocido hasta el día de hoy.
En el final de su vida Moisés da su mensaje póstumo al pueblo. Todo ese relato es el quinto y último libro de la Torá, el cual concluirá con la muerte del profeta errante. El texto comienza diciendo: “Estas son las palabras que Moisés dirigió a todo Israel en el desierto al este del Jordán…” (Deuteronomio 1: 1). El Kli Iakar descubre que la frase “Kol Israel - Todo Israel”, aparece recién aquí por primera vez en toda la Biblia. Hasta ahora, los israelitas habían sido llamados como los “Benei Israel - Los hijos de Israel”. En este pequeño detalle lingüístico, el maestro nos regala un mensaje acerca de cómo sobrevivir a un tiempo y un futuro inciertos.
Como “Hijos de Israel” los unía una historia que los hacía descendientes y dependientes. A partir de ahora, como “Todo Israel”, debían tener una misión colectiva de liderazgo hacia su propio futuro. Ya no alcanzaría lo que los unía con un ayer en común. Debían comenzar a construir como adultos, un mañana de responsabilidad colectiva. El tiempo donde todo llovía como maná desde del cielo, había terminado. Era tiempo de construirse como una nación madura, como una sociedad adulta. Enfrentar la realidad de cualquier problema o crisis exige dejar atrás la etapa de la niñez, para pasar a la de adultos moralmente responsables. Ese crecimiento exige dejar de creer que alguien o algo desde el exterior, puede tener mayor poder para resolver nuestras dificultades que la potencia espiritual que habita en nuestro interior.
Ningún Golem, ninguna figura sin alma podría salvarlos. Sólo sus almas le darían forma a su propio futuro. La responsabilidad madura de cuidar cada uno del otro y el saberse un colectivo de almas, en donde los vínculos serían siempre más fuertes que cualquier sensación de vacío. El concepto del “Todo”, no dejaría lugar a que nadie se sienta solo. La religión, más que el encuentro del hombre con Dios, sería el lazo sagrado del encuentro de un alma, con otra alma. Un lazo de fe para enfrentar cualquier crisis, pero de la mano. Ya no sólo “hijos” de una historia. Sino “todo” un grupo humano, una familia de almas, una comunidad, una nación que construye y hace historia.
La palabra “Jaim –Vida”, en hebreo sólo existe en su forma plural “Vidas”, porque somos parte de un mundo de almas y de vidas. En palabras del Rabino Sacks, descubrimos lo divino no en el “Yo”, sino en el “Nosotros”.
Amigos queridos. Amigos todos.
Cada generación debió enfrentar su hora y cada tiempo su misión. Esta hora y este tiempo, es el nuestro. Aquellos hombres y mujeres de Praga no dejaron de construir su sinagoga por más difícil que haya sido darle continuidad a su fe. Para eso no depositaron su esperanza en ningún Golem. No le entregaron su futuro a la magia o a la suerte. Sino que enfrentaron sus desafíos al moldearse como una comunidad madura, con una responsabilidad compartida.
Borges en el final de su poema “El Golem” escribe: “En la hora de angustia y de luz vaga, en su Golem (el rabino) los ojos detenía. ¿Quién nos dirá las cosas que sentía Dios, al mirar a su rabino en Praga?”.
Estamos llamados a crear nosotros también a un ser humano. A ninguna criatura sin alma, sino al que habita dentro nuestro. Nuestra mejor obra. Somos el Golem enviado desde el cielo, para salvar nuestro mundo. Sólo nosotros, al atrapar nuestra misión, crecer como adultos responsables y sentirnos uno con los nuestros, podremos darle vida.
El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti
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