
Parece haber cada vez menos dudas de que el mundo post pandemia ya no será lo que era. La “Nueva Normalidad” es el concepto que se impone, aunque todavía nadie pueda darle una forma definida. Es que esta Nueva Normalidad no será la misma para cada región y país (tampoco probablemente para cada ciudad), para cada sector, para cada eslabón de la cadena de valor, para cada tipo de empresa ni para cada trabajador. A lo que habrá que sumar el mix que se derive de la combinación de todas estas variables, algo que luce inabarcable.
A pesar de esto, es imperativo prepararse. Aquellas empresas que logren sobrevivir ante un shock global sin precedentes como el actual, tendrán que ser capaces de construir sus escenarios post crisis para intentar minimizar la incertidumbre que reina y reinará por varios meses más. Esta construcción parte sin dudas de entender primero los escenarios macroeconómicos que se ven en el horizonte. Que en situaciones inéditas como la actual, son más complejos y fuerzan a trabajar con más de una alternativa a la hora de planificar, identificando los triggers que pueden disparar la ocurrencia de cada una de esas variantes.
Pero el marco macro es solo el puntapié inicial de esta desafiante tarea. A partir de ahí es necesario entender el contexto particular en el que va a desarrollarse el negocio bajo la Nueva Normalidad. Esto incluye comprender el comportamiento futuro de la industria de la que la empresa es parte, así como también cómo van a moverse o adaptarse sus clientes y proveedores , y cómo reaccionará cada uno de los jugadores que compiten o pueden competir en su mercado.
La tarea es desafiante en cualquier región y país. Pero en Argentina luce todavía más complicada. Es que nuestro país no ha sido capaz en las últimas décadas de siquiera sentar las bases de una macroeconomía relativamente sólida. A diferencia de muchos pares de la región (para no compararnos con otros inalcanzables), que han logrado generar esos consensos mínimos, Argentina continúa lidiando con temas como la inflación, para poner un ejemplo más que visible e indiscutible sobre las falencias macro locales.
Pedirle a este gobierno, recién entrado a su administración y lidiando como puede con la crisis sanitaria y económica, que resuelva los problemas de décadas sería irreal. Pero sí parece lógico exigirle a los funcionarios que comiencen a mostrar los primeros lineamientos de hacia dónde quieren llevar al país.
Hasta el momento, no sólo no han sido capaces de cerrar el frente de la negociación con los tenedores de deuda pública bajo legislación extranjera, el único tema de la economía que ellos mismos han puesto en el centro de la escena como punto de partida. Tampoco han contado el rumbo que quieren tomar. Con la excusa de la necesidad de cerrar la negociación como la base para todo lo demás, seis meses después de asumidos aún no se vislumbra un plan económico que coordine las expectativas hacia un mismo norte.
Concretamente, es necesario entender cuál va a ser:
1 - La trayectoria de las variables fiscales (déficit fiscal) y los instrumentos para ir en esa dirección (reforma tributaria, tamaño y distribución del gasto público, financiamiento –fuentes y necesidades–, etc.)
2 - La estrategia de la política monetaria para lidiar con la inflación, en un camino consistente con las necesidades de financiamiento fiscal, de competitividad del tipo de cambio, de tasas de interés acordes para la sustentabilidad macroeconómica y el crecimiento, etc.
3 - La política de precios regulados, y su contribución a un esquema regulatorio que incentive la inversión en sectores clave (servicios públicos, Vaca Muerta, energías alternativas, etc.)
4 - La agenda de competitividad de largo plazo, con una definición sobre ejes clave como el laboral, impositivo, logístico, sistema bancario y financiero, cambiario, etc.
En cambio, frente al incremento de la incertidumbre que ocasionó la irrupción del COVID-19, en las últimas semanas se fueron adoptando medidas poco acertadas como la del Banco Central, a través de la cual restringió aún más el acceso al mercado cambiario para importar, poniendo un freno casi absoluto a la mínima actividad económica que subsiste durante la pandemia. O el anuncio del futuro estatal de Vicentín, que podría ser o no una buena medida, pero que en medio de la incertidumbre enciende las alertas de posibles nuevos avances sobre el sector privado.
Para que las empresas puedan comenzar a construir su Nueva Normalidad, el Gobierno debería ser capaz de dar mayores precisiones respecto de lo que quiere, y de cómo planea alcanzarlo. El escenario hacia adelante es desafiante a nivel global, pero el mundo ya está en camino hacia sortear este nuevo desafío. Con incertidumbre, pero con más precisiones –quizás mínimas, pero mayores– que las que se enfrentan en Argentina.
En esta Nueva Normalidad –que estará regida por la reorganización de las cadenas globales de valor, la transformación de los mercados y los cambios de hábitos de los consumidores– existen riesgos pero también oportunidades. Las segundas podrán capturarse y los primeros sortearse sí y solo sí los jugadores (locales o multinacionales) que operan en Argentina cuentan con las herramientas mínimas para hacerlo –previsibilidad sobre variables cómo acceso al crédito, tipo de cambio y competitividad, regulación del comercio exterior, etc. Sin una organización básica de la macro y alguna precisión sobre el futuro, las empresas locales no podrán tener un rol importante en la reorganización de los modelos de negocios en Latinoamérica. Tampoco las multinacionales, que además tienen que competir contra jugadores de la misma corporación en países con mejores perspectivas para capturar esas oportunidades.
Contar con precisiones de hacia dónde va la economía ya no es solo una necesidad, es una condición imperiosa para que las compañías puedan trazar sus estrategias para sobrevivir, e incluso capturar oportunidades y crecer.
El autor es socio fundador de la consultora MAP
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