Antoine de Saint Exupéry escribió: “Me gusta por la noche escuchar a las estrellas, que suenan como quinientos millones de cascabeles”. El autor de El principito hace hablar a la noche. El murmullo de la oscuridad puede sonar a música de inspiración, como también a ecos de temores escondidos. La noche puede ser fuente de poesía o vigilia interminable de sueños tormentosos.
En la casa la noche es pesada, solitaria. La oscuridad puede hasta palparse. El silencio desnuda los susurros de las viejas estanterías y los pisos con olor a madera de los pasillos. Las pinturas en las paredes que de día brillan en sus colores parecen caricaturas de otro mundo en las sombras. La puerta de la habitación se abre con un chirrido que inunda la penumbra, y aparece él. Pequeño, con lágrimas de terror en los ojos, temblando en búsqueda del abrazo protector de sus padres. El chico asegura que hay un monstruo debajo de su cama. Lo ha escuchado respirar y está convencido de haberlo encerrado detrás suyo, al cerrar de un golpe la puerta de su habitación. La madre lo abraza fuerte y seca sus lágrimas, el padre acaricia su rostro y lo lleva nuevamente a su cuarto, jurándole que no existen los monstruos. Que no hay fantasmas en la habitación. Que dejará una luz encendida en el pasillo para que se calme. Que todo estará bien, siempre. Que ellos cuidarán siempre de sus noches.
Sin embargo, con el tiempo el niño transformado en hombre descubre que sí hay fantasmas y temores que nos despiertan por la noche. Los cascabeles de las estrellas pueden inspirar a nostalgias de amor, pero también sonar a monstruos que se esconden u ocultamos debajo de la cama. Fracasos y desilusiones, errores imperdonables o recuerdos que duelen, noticias inesperadas o lágrimas sin contención, miedos y angustias que acosan en lo oscuro. Caídas que enrostran la propia fragilidad espiritual o tropiezos que marcan inestabilidad emocional. No siempre todo estará bien. Sí, había fantasmas en la habitación, y los padres no estarán por siempre allí para el abrazo.
Dejemos un momento esa escena tan familiar y cotidiana de más de un hogar para viajar atrás varios milenios en el tiempo. Según el texto de esta semana, los israelitas acaban de salir de la opresión de Egipto, tras siglos de trabajo esclavo liderados por Moisés. El pueblo hebreo ha sido testigo de una epopeya que marcará a generaciones de pueblos en búsqueda de la libertad. Acaban de cruzar milagrosamente el Mar Rojo y comienzan su travesía hacia la Tierra Prometida. El relato nos comenta acerca del reencuentro de Moisés con su familia a su regreso de Egipto, tras haberla dejado en Midián con su suegro. Lo que inquieta a los sabios es la manera y el verbo con el que comienza este texto:
“Escuchó Itró sacerdote de Midián, suegro de Moisés, todo lo que había hecho Dios por él y por Israel. Y tomó Itro a Tzipora esposa de Moisés y a sus dos hijos… Y vino Itró, con la mujer y sus hijos a Moisés, en el desierto donde estaba acampado” (Éxodo 18:1-5)
¿Qué fue lo que escuchó Itro? ¿Qué escuchó para finalmente traer a los hijos de Moisés con él? Los sabios del Talmud debaten diversas posibilidades. Hay quienes plantean que escuchó acerca de la salida de Egipto, otros sobre las diez plagas, o acerca del cruce del Mar, o sobre la guerra con Amalek. Pero el caso más extraño es el de Rabi Eliézer Hamodai. Según este sabio, lo que escuchó el suegro de Moisés fue que había sido entregada la Torá, las tablas con los 10 Mandamientos en el Monte Sinai.
Lo extraño de este planteo es que este suceso es posterior en el texto, ya que la entrega de las Tablas aparece recién dos capítulos después. Sin embargo, comentaristas medievales como Ibn Ezra apoyan también esta idea aduciendo que no importa que figure más adelante en el relato, basados en el concepto “no hay antes y después en la Torá”.
En conclusión, los hijos de Moisés estaban en Midián y no en el Sinaí en el momento de la entrega de la Torá. Se perdieron de presenciar el momento más inspirador de toda la Biblia: la revelación divina. Era el highlight de la vida de su padre y una huella en la historia, que marcaría el derrotero espiritual de los próximos milenios. ¿Cómo es que nada menos que los hijos de Moisés estaban en ese momento en cualquier otro lado?
Más allá de la discusión menor acerca de la cronología exacta de los eventos, lo importante es el mensaje que desliza Rabi Eliézer Hamodai: los chicos no estaban con él porque en su momento Moisés había tenido miedo de llevarlos a Egipto. Él sabía bien todo lo que allí estaba ocurriendo. La esclavitud, las plagas, el sufrimiento, las enfermedades, el caos y la muerte. ¿Quién querría llevar a sus hijos a que se enfrenten al dolor? Mejor a salvo en Midián. Sin fantasmas bajo la cama. Tan sobreprotegidos por su padre, quedaron indefensos para el después y olvidados por la historia. No sabemos más nada de ellos por el resto del relato bíblico. No enfrentarlos a la noche de Egipto, hizo que nunca salgan de él, y que se pierdan la posibilidad de la gloria.
“No voy a permitir que caigas. Yo voy a estar ahí, siempre”. Eso es lo que de alguna manera, les dijo Moisés a sus propios hijos: “Todo Israel puede soportar ese dolor, pero ustedes… ustedes no, hijos míos”. Condenó así a esos jóvenes a crecer sintiéndose más débiles que el resto y a no disfrutar del sabor del esfuerzo de alcanzar sus metas con las propias frustraciones, privándolos de aprender a enfrentar las noches oscuras, los fantasmas propios, fallar y caer. Pero quien en verdad falló fue su padre. Justamente esas eran las herramientas más indispensables para ser exitosos mañana.
Rabi Iojanan nos enseña en el Talmud que el ojo tiene una parte blanca y una parte oscura, pero que sólo podemos ver a través de la parte oscura. Si no aprendemos a caminar y a mirar a través de la oscuridad, no sabremos cómo defendernos cuando la vida nos golpee. Por eso se nos implora recordar que fuimos esclavos en Egipto, para no caer en la ilusión de que no existe el dolor, la pena, el fracaso o el no.
Como padres, deberíamos asumir que no estamos aquí solo para criar niños felices, sino para formar adultos responsables. A veces disfrazarnos de superhéroes para abrazarlos en la noche, pero saber que nuestra misión para ellos y el mundo es trabajar por generar adultos coherentes, fuertes, sabios y morales.
Thomas Merton, monje y poeta francés, dice: “La verdad que mucha gente no comprende hasta que es ya demasiado tarde, es que cuanto más se trata de evitar el sufrimiento, más se sufre. Y así cada vez más pequeñas e insignificantes cosas empiezan a torturarnos en proporción a nuestro miedo a ser heridos”.
Si sólo vamos a caminar la vida con miedo a sufrir, no lograremos vivir en intensidad. Podemos comprender que Moisés haya dejado a sus hijos en Midián para evitarles el sufrimiento, pero no necesariamente imitarlo. Debemos ayudar a los nuestros a forjarse en el fracaso, a entender que las caídas, el dolor, los fantasmas que acosan por las noches y los Egiptos propios, se pueden atravesar, superar y así superarse.
Solemos llamar experiencia a la sucesión de caídas y errores que tuvimos en la vida. Cuando a un chico le duele algo cree que será para siempre. Pero cuando somos más grandes sabemos que el tiempo ayuda a sanar, y que las penas pueden transformarse en resiliencia, en coraje y en fe.
En palabras del Premio Nobel de Literatura Samuel Becket: “¿Alguna vez has intentado? ¿Alguna vez has fallado? No importa. Inténtalo otra vez. Cáete, cáete otra vez, cáete mejor”.
El desafío espiritual en tiempos de exitismo y famas fugaces será sembrar en el alma esa serie de caídas como tesoros preciosos, como oportunidades para crecer, como tiempos para despegar y vernos como maestros de nuestros hijos. Entonces descubrir cuál es la medida y el tiempo del verdadero éxito.
Amigos queridos. Amigos todos.
Mario Benedetti recuerda: “La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué la recuerdo actualmente con más claridad que nunca”. La forma de encarar nuestras propias caídas será el alimento espiritual para el éxito, en el recuerdo de nuestros hijos en sus mañanas.
No seremos por siempre los héroes en las noches de angustia de nuestros hijos. Pero sí podemos ayudarlos a escuchar el sonido de los quinientos millones de cascabeles que cantan las estrellas. Entonces en las noches de sus mañanas podremos seguir siendo su luz. La luz que dejamos encendida, en el pasillo de sus almas.
El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.
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