La necesidad une a las partes en discordia. Cristina Fernández echó a su jefe de Gabinete, Sergio Massa, porque no le rendía pleitesía. Y años más tarde, Massa se vengó de la Presidente ganando una elección y bloqueando así su sueño de poder eterno. Pero después llegó Mauricio Macri, y Cristina y Massa relegaron sus aspiraciones personales y se transformaron en actores de reparto. Volver a la Casa Rosada se hizo cuesta arriba y la ex presidente y el ex jefe de Gabinete decidieron articular una alianza de poder que no anunciaron a sus votantes y desnudaron durante el debate de la ley de reforma previsional.
CFK y Massa unieron fuerzas aunque se recelan mutuamente y cerraron su proyecto de poder sumando a la ultraizquierda, que ya es una patrulla perdida incapaz de entender a estos dos políticos bonapartistas: los troskos del siglo XXI rompieron la Plaza del Congreso, atacaron a la Policía de la Ciudad y creyeron que la planeada irrupción en la Cámara de Diputados podía compararse con la toma del Palacio de Invierno.
Al comienzo de su mandato, Macri eligió a Massa como su adversario/aliado político. El Presidente pensó que el ex intendente de Tigre podía encarar la oposición dentro del sistema y le otorgó dos concesiones: una caja gigantesca en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires y una invitación a Davos para participar como único referente del peronismo en la cumbre de los empresarios del planeta. Massa no respetó los acuerdos con Macri, y Macri esperó su turno para terminar con su eventual aliado político. Ocurrió el pasado 22 de octubre, cuando Massa y su compañera Margarita Stolbizer perdieron, frente a CFK y Jorge Taiana, la posibilidad de representar a la oposición más dura ante el gobierno de Cambiemos.
Cristina y Massa no aceptan que el peronismo sea actor de reparto. Como tampoco lo aceptó Eduardo Duhalde y sus aliados partidarios y económicos cuando gobernaba Fernando de la Rúa. Con la renuncia de Carlos "Chacho" Álvarez, la compleja interna radical y la derrota en las elecciones de medio término, a De la Rúa no le quedó otro camino que negociar con el justicialismo. El Presidente de la Alianza, por miopía o inocencia, permitió que el Caballo de Troya durmiera junto a él en la quinta de Olivos. La historia tiene final conocido: tras una crisis de siete días, cinco mandatarios y más de 35 muertos, Duhalde fue Presidente como desenlace de la crisis del 19 y 20 diciembre de 2001.
CFK cree que Macri maneja la justicia federal. Y Massa sabe que su actual relevancia política puede ser el abrupto epitafio de su vocación de poder. Entonces, juntaron fuerzas y avanzaron contra Macri, que ya había cerrado un pacto con los gobernadores peronistas que desconfían de Cristina y del ex jefe de Gabinete. El Presidente completó un acuerdo que dejaba afuera del escenario a sus principales adversarios políticos y le permitía avanzar en una agenda que podía coronar con su reelección en diciembre de 2019.
El plan de CFK y Massa se parece a la lógica que aprovechó Duhalde para suceder a De la Rúa. Caos en la calle, descontrol en el Parlamento y vacío de poder en la Casa Rosada. Los troskos provocaron a las fuerzas de seguridad y ayer lapidaron a la Policía Metropolitana con las baldosas de la Plaza del Congreso. Mientras que los diputados que responden a Cristina y Massa proponían hasta el hartazgo que se levantara la sesión especial que trataba la ley de reforma previsional. Los alfiles de CFK y el ex intendente del Tigre alegaban que la reforma previsional afecta a los jubilados, pero su móvil político era diferente. Pretendían voltear la ley, implosionar los acuerdos de Macri con los gobernadores y asegurar que eran la única alternativa de la oposición para estabilizar el sistema democrático.
Macri no es De la Rúa. Tiene vicepresidente, ganó la elección de medio término y sus relaciones con el establishment son fluidas. Por eso, tras la votación definitiva de la ley de reforma previsional, un nuevo esquema de poder coexiste en la Argentina: el Presidente y su acuerdo con los gobernadores de la oposición, CFK y Massa, la izquierda que es funcional al peronismo más intransigente, y la CGT y las organizaciones sociales que buscan su propio destino.
Se trata de un escenario en débil equilibrio, que Cristina y Massa intentarán quebrar para regresar a la Casa Rosada. Es conocida su vocación de poder y su estrategia política. Son astillas de un partido que jamás permitió a un presidente opositor completar su mandato constitucional. Ni a Raúl Alfonsín, ni a De la Rúa.
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