El jueves 20 de diciembre de 2001 a las 18.40 de la tarde, el entonces presidente Fernando de la Rúa repasó el texto que había escrito junto a sus más cercanos colaboradores, tomó su pluma fuente y lo firmó. Ordenó al edecán presidencial que lo remitiera a la Presidencia de la Cámara de Diputados. El escrito era su renuncia al Poder Ejecutivo Nacional, cargo que había alcanzado dos años y diez días antes al encabezar la fórmula electoral de la Alianza que asumía la Presidencia de la nación en medio de una grave crisis económica, luego de diez años de menemismo. Desde la noche anterior, la del miércoles 19 de diciembre —noche en la que De la Rúa había instaurado el estado de sitio—, combates callejeros habían surcado todo el centro porteño, ya que centenares de miles de manifestantes habían intentado llegar a la Casa Rosada, protegida por las fuerzas represivas del Estado (se calcula que desde la instauración del estado de sitio hasta la caída de De la Rúa medio millón de personas habrían participado de las protestas). Las fuerzas de seguridad y los grupos parapoliciales se habían cobrado 35 vidas en todo el país durante aquellas jornadas de protesta. Era la conclusión de un proceso de movilización iniciado unos años antes y que eclosionaba debido a la insoportable tensión que provocaba una crisis descargada sobre los sectores populares.

Luego de entregar el documento, De la Rúa les dio la mano a los presentes Chrystian Colombo, jefe de gabinete, y los ministros Adalberto Rodríguez Giavarini, de Relaciones Exteriores; Horacio Jaunarena, de Defensa; Andrés Delich, de Educación; Jorge de la Rúa, de Justicia; Héctor Lombardo, de Salud y Hernán Lombardi, de Turismo (y actual titular de medios del Gobierno macrista). Por primera vez en la historia argentina un presidente elegido mediante el sufragio universal renunciaba debido, principalmente, a la resistencia popular contra las medidas de su Gobierno y una crisis política y económica de todo orden. Se cumplía la vieja admonición que indica: "Los de arriba no pueden seguir gobernando como antes y los de abajo no quieren seguir siendo gobernados como antes".

Había sido un proceso que empezó cuando la crisis económica del menemismo arreciaba. Ya en 1993 una pueblada producida el 16 de diciembre en Santiago del Estero había barrido con el orden estatal cuando los manifestantes ingresaron a la Casa de Gobierno, al Palacio de Justicia y la Cámara de Diputados para protestar contra un orden de pobreza y opresión. En 1994 aparecieron los primeros grupos organizados de trabajadores desocupados que protestaban por la falta de trabajo y la imposibilidad de la subsistencia propia y de sus familias: surgirían en Neuquén y en el norte salteño, se los conocería como "fogoneros", primero, luego adquirirían la denominación de "piqueteros", nombre con el que son conocidos hasta la actualidad.

El fenómeno llegó a todos los distritos del país y a la sede de su clase obrera más numerosa, el Conurbano bonaerense. La izquierda —principalmente los maoístas del Partido Comunista Revolucionario (PCR) y los trotskistas del Partido Obrero (PO)— jugó un papel fundamental en la organización de estos vastos contingentes de la clase trabajadora que circunstancialmente no estaban empleados en la fábrica, pero que conservaban los métodos de deliberación y acción histórica de generaciones proletarias. En julio de 2001 se realizó la primera Asamblea Nacional Piquetera, animada principalmente por la Corriente Clasista y Combativa (orientada por el PCR), el Polo Obrero (creado en diciembre de 2000 y orientado por el PO) y FTV (que respondía a Luis D'Elía y con fuertes vínculos con la centroizquierda y la CTA). Definieron un plan de movilizaciones que contó con el apoyo de los sectores medios.

Todavía se pueden recordar las largas movilizaciones que partían desde La Matanza hacia Plaza de Mayo, en cuyo recorrido hombres y mujeres de la clase media ofrecían agua y alimento en solidaridad con su causa. Cuando el Gobierno de De la Rúa decretó el corralito, los sectores medios se lanzaron ellos mismos a las calles y se popularizó la consigna: "Piquete y cacerola, la lucha es una sola". A principios de diciembre de 2001, la dirección de la Asamblea Nacional Piquetera llamó a una movilización de Congreso a Plaza de Mayo para el jueves 20. El curso de los acontecimientos iba a ser modificado de manera trascendental.

La situación se había tornado insostenible para el Gobierno de De la Rúa cuando, los días previos a la Navidad, en distintos puntos del Gran Buenos Aires y el Gran Rosario, entre otros distritos, contingentes humanos enfilaban hacia las cadenas de supermercados y hacia el supermercadismo chino para realizar saqueos que les permitieran llevar alimentos para la mesa de fin de año a sus familias. Un sector de los intendentes del Partido Justicialista (PJ) alentaba estos movimientos. A la vez, la Cámara del Comercio había llamado a un cacerolazo contra el Gobierno. El 15 de diciembre en el tradicional picnic del Partido Obrero, el dirigente Jorge Altamira anunció que llegarían horas terminales para el Gobierno de De la Rúa y su ministro Domingo Cavallo, y llamó a la militancia a organizar asambleas populares en todos lados. La situación era explosiva. El presidente De la Rúa decidió agregar más combustible y una caja de fósforos al decretar el estado de sitio a las 21 horas del 19 de diciembre de 2001. La protesta estalló. Desde los balcones, primero, y luego, en las calles de todos los barrios de la Ciudad de Buenos Aires estallaron cacerolazos contra el estado de sitio y contra el Gobierno de De la Rúa-Cavallo. La consigna general era: "Qué boludos, al estado de sitio se lo meten en el culo" y "Que se vayan todos, que no quede ni uno solo". Los cacerolazos se dirigieron a Plaza de Mayo, donde fueron reprimidos por la Policía. Grupos de manifestantes ingresaron al Congreso. Cayó el primer herido, luego fatal, por bala de plomo en las escalinatas del Parlamento. A las tres de la mañana renunciaba el odiado ministro de Economía Domingo Cavallo. Pero la mecha de pólvora encendida no se iba a apagar.

Al día siguiente las manifestaciones en la Plaza de Mayo comenzaron temprano con la presencia de Madres de Plaza de Mayo, que fueron reprimidas por la caballería. Las imágenes insuflaron de indignación a vastos sectores de la población. La manifestación convocada por la Asamblea Nacional Piquetera concentró algunas columnas en Plaza Congreso, donde se dirigieron Polo Obrero, el grupo de Castells y el sindicato Asociación Gremial Docente, único gremio que participó organizadamente de la jornada. No habían asistido a la cita ni la CCC ni FTV-CTA. En el Congreso mismo comenzó la represión. Los choques se extendieron durante toda la jornada y por toda la extensión del Centro porteño. Los manifestantes intentaban llegar a una Plaza de Mayo sitiada por las fuerzas policiales (y también parapoliciales: hubo autos sin placa desde los que bajaban hombres con armas que disparaban a mansalva). Se extendieron las víctimas fatales y los heridos a lo largo de la avenida de Mayo. La columna del Partido Obrero arremetió con éxito a una carga de la caballería a la que hizo retroceder con piedras sobre la Diagonal Norte. Los incendios de vehículos arreciaron. El asfalto era destruido para obtener proyectiles para cargar contra las fuerzas represivas. Luego de horas de combate callejero, De la Rúa —que había ofrecido un gobierno de unidad nacional al PJ y fue rechazado— renunció.

Diciembre de 2001 y los meses que siguieron fueron de los momentos de mayor participación democrática de la sociedad, expresada a través de las asambleas populares que poblaban las plazas de las principales ciudades y distritos del país, así como uno de los mayores momentos de organización de la clase trabajadora. El movimiento piquetero —la fracción de la clase obrera que enfrentaba con sus propios métodos la desocupación, el hambre y la miseria— se proponía a la vez como dirección política para enfrentar la crisis originada por los capitalistas. Las Asambleas Nacionales de Trabajadores delineaban un programa obrero para enfrentar la crisis y postulaban a sus impulsores como caudillos de la nación. Las así conocidas como "asambleas piqueteras" aglutinaban al combativo movimiento de trabajadores desocupados, al sindicalismo clasista de entonces, los representantes de las fábricas recuperadas y bajo gestión obrera y los sectores medios que se habían plegado a la lucha bajo la consigna: "Piquete y cacerola, la lucha es una sola".

A quince años de aquellos acontecimientos y ante una crisis económica y política de alcances todavía impredecibles, el sindicalismo clasista, heredero de los manifestantes de 2001, convoca a una manifestación en la Plaza de Mayo, no sólo con un carácter conmemorativo, sino con el objetivo de fisonomizar una fuerza que luche contra el ajuste del Gobierno y contra la tregua de la CGT. No son las mismas condiciones políticas, pero es cierto que sigue siendo necesaria la estructuración de una fuerza política de los sectores subordinados para enfrentar la crisis y plantear un rumbo distinto al que sólo beneficia a los empresarios y hace que quienes paguen las sucesivas crisis sean los trabajadores.