‘Una torreta en llamas’, un cortometraje con una mirada compasiva y empática en medio de la militarización en México

En entrevista con Infobae México, el director Humberto Flores Jáuregui abordó la desconfianza hacia las fuerzas de seguridad, la mirada infantil y los desafíos de filmar de forma totalmente independiente

Una mujer adulta que se cubre la boca y una niña con cabello oscuro sentadas en un espacio oscuro
Foto: Especial
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La militarización en México no solo puede discutirse mediante cifras, operativos o estrategias de seguridad. También atraviesa la vida cotidiana: modifica la relación con las autoridades, condiciona la posibilidad de ayudar a un desconocido y alimenta temores que pasan de una generación a otra. Ese es el terreno que explora Humberto Flores Jáuregui en Una torreta en llamas, nominado a Mejor Cortometraje de Ficción en los Premios Ariel 2026.

En entrevista exclusiva con Infobae México, el director explica que la historia nace de experiencias personales vinculadas con la violencia y de una inquietud que sigue vigente: cómo conservar la empatía cuando el entorno te enseña a desconfiar. El corto sigue a Yolanda, una campesina que rescata a un soldado herido, y a su nieta Alejandra, cuya curiosidad contrasta con las precauciones de la abuela.

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Flores Jáuregui evita ofrecer una respuesta tranquilizadora. Ayudar puede implicar un riesgo real, pero renunciar por completo a confiar también tiene consecuencias: “Yo creo que sí se puede. Yo creo que se puede confiar en el otro y normalmente te va a sorprender la vida”.

Militarización en México, una historia atemporal

Aunque la película deja abiertos el año, el territorio y la pertenencia institucional del personaje uniformado, su origen tiene referencias concretas. El cineasta identifica dos momentos que alimentaron la escritura: la guerra contra el narcotráfico durante el gobierno de Felipe Calderón y lo que describe como una militarización creciente desde la administración de Andrés Manuel López Obrador.

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El primero está ligado a su infancia en Nuevo Laredo, donde vivió con su familia las consecuencias de la inseguridad: “Tuvimos que huir de donde vivíamos y todo. Eso no se te olvida y más como niño”, recuerda.

El segundo lo llevó a preguntarse por la identidad de quienes realizan tareas de seguridad y por la confianza que pueden generar entre la población. “Hay tantas fuerzas de orden público que ya uno está confundido y no sabe en quién confiar”, señala.

Su intención, sin embargo, fue construir una ficción atemporal que pudiera dialogar con experiencias de distintos lugares:

“Lo pensé para que no fuera clara ni la nacionalidad de los personajes, ni el espacio donde están, ni si el soldado es un elemento de la Guardia Nacional o soldado. Quería que fuera ambiguo y que las personas rellenaran los huecos. He hablado con gente de otros países que lo ha visto y que se identifica de alguna manera con la historia, no la sienten lejana”, aseguró.

Esa ambigüedad permite que el conflicto se concentre en una pregunta humana: qué ocurre cuando alguien asociado con el poder y la amenaza aparece herido, vulnerable y necesitado de ayuda.

Ser niña en medio de la violencia

Para Flores Jáuregui, una de las consecuencias menos visibles de la violencia es el aprendizaje cotidiano de la desconfianza. Las ideas sobre policías y soldados se transmiten, se modifican con las experiencias y terminan convirtiéndose en criterios para decidir cómo actuar.

La perspectiva de Alejandra introduce una diferencia. Mientras Yolanda reconoce los riesgos que implica la presencia del soldado, la niña se aproxima desde una mirada que todavía no está organizada por los mismos prejuicios.

“No ve figuras de poder […] ve personas”, explica el director sobre el personaje infantil.

El contraste le permite explorar cómo se construye el miedo, sin presentar la inocencia como una garantía de protección. La abuela tiene motivos para ser cautelosa; la niña abre la posibilidad de mirar al desconocido de otra manera.

El cineasta considera que hablar únicamente con datos puede volver lejanos estos problemas. Su interés está en la cotidianidad y en aquello que la inseguridad transforma dentro de una familia, incluso cuando sus integrantes viven apartados de los grandes centros urbanos.

Una mirada compasiva en medio de la violencia

Una torreta en llamas forma parte de una búsqueda creativa que ha cambiado con el tiempo. Flores Jáuregui cuenta que, en un trabajo previo de ficción, buscaba construir un retrato oscuro y desolador de México. Ahora se pregunta qué puede aportar el cine frente a una realidad que ya resulta difícil:

“La vida ya es lo suficientemente dura y oscura y difícil como para además, en lo que hacemos como cineastas, seguir como perpetuando la violencia. Ahora creo que el reto como cineastas es qué podemos decir que es diferente a lo que ya se ha dicho una y otra vez, en aras a mejorar nuestra situación y nuestro contexto”.

Eso no significa omitir la violencia o minimizar sus consecuencias. Su apuesta consiste en encontrar otros caminos para abordarla: la compasión, los vínculos entre los personajes y la posibilidad de reconocer humanidad en alguien que genera temor.

“Creo que sí es un corto donde intenté, intentamos imprimir mucha empatía y ternura”, dice.

La película no elimina la amenaza ni conduce necesariamente a una conclusión optimista. La ternura aparece dentro del conflicto, como una forma de ampliar la mirada del espectador y de cuestionar respuestas automáticas sobre quién merece confianza.

Una patrulla incendiada y una tarántula: los símbolos clave

El título proviene de una imagen que el director vio durante su adolescencia: una patrulla incendiada después de un enfrentamiento. La anotó en un cuaderno y, años después, durante la pandemia, volvió a ella mientras revisaba ideas para escribir.

Para él, un vehículo armado y blindado consumido por el fuego representaba una imagen de fracaso. Esa impresión terminó encontrándose con sus preocupaciones sobre la militarización y dio origen al guion.

Otro elemento central es la tarántula que aparece en la historia. Flores Jáuregui la concibió como un paralelo del soldado: ambos pueden resultar intimidantes, pero también están inmovilizados y dependen de lo que otros decidan hacer.

El frasco también remite al aislamiento de las protagonistas. Algunas decisiones de cámara buscaron reforzar esa sensación de observar un pequeño universo cuyos habitantes están sujetos a fuerzas que los rodean:

“A nivel guion como que lo veía como un paralelismo al, al soldado, que también está como incapacitado, inmovilizado ahí. Eh, a nivel más grande, ellas mismas viven como una especie de frasco, como en este micro, microuniverso”, detalló.

La niña introduce nuevamente un cambio de perspectiva. Aquello que suele provocar miedo se convierte en “un animal solamente tratando de sobrevivir como ellas”.

La violencia fuera de cuadro: construir una amenaza con sonido

El rodaje se realizó en febrero de 2024, principalmente en las montañas de Xico Viejo, Veracruz, con algunos exteriores en Jalisco. El equipo había considerado filmar en las afueras de Guadalajara, pero, según el director, descartó esa posibilidad por razones de seguridad.

Las limitaciones presupuestales hicieron del diseño sonoro una herramienta fundamental. El responsable del sonido directo, Gepe, llegaba antes que el resto del equipo para registrar el río, las vacas y otros sonidos del entorno. Después, la diseñadora sonora Rubí Pérez contribuyó a construir el universo que rodea a las protagonistas.

A la distancia se escuchan enfrentamientos y un helicóptero. La violencia continúa fuera del espacio inmediato de la abuela y la nieta, sin ocupar necesariamente el centro de la imagen.

En el trabajo actoral, Flores Jáuregui destaca la química entre Guadalupe Ortíz y Michelle Martínez Hernández. De la intérprete infantil recuerda su capacidad para combinar el juego con una comprensión precisa de las escenas.

“Ella en particular sabe perfectamente y le da la seriedad necesaria a lo que está haciendo, pero también está constantemente en modo juego”, cuenta.

Desde los retos del financiamiento hasta el Ariel 2026

La producción independiente se sostuvo con ahorros del director y aportaciones reunidas mediante el trabajo del equipo. Como profesionales de contenidos audiovisuales, se acercaron a clientes para proponerles participar en el proyecto a cambio de servicios como videos, fotografías o reels.

Hubo quienes rechazaron la propuesta y quienes aportaron cantidades de cinco mil o diez mil pesos. Algunos de los compromisos de trabajo adquiridos entonces todavía siguen cumpliéndose.

“Juntando de cachito en cachito, así fue”, resume Flores Jáuregui.

La decisión también respondió a los tiempos: continuar intentando obtener recursos mediante convocatorias habría implicado, según su cálculo, esperar al menos otro año cuando ya tenían el proyecto preparado.

La nominación al Ariel 2026 le genera alegría, nervios y agradecimiento. Más allá del resultado, espera que ayude a impulsar nuevas películas y a fortalecer una comunidad cinematográfica que también se construye desde Guadalajara y Veracruz.

Mientras el corto continúa su recorrido por festivales, todavía no tiene un espacio fijo de exhibición, explica. Su invitación es seguir las redes del proyecto para conocer próximas funciones, pero también plantea una responsabilidad para quienes hacen películas:

“Haga cine mexicano que los mexicanos quieren ver también”, propone. El reto, concluye, es crear historias que emocionen, gusten y hagan sentir para llamar a la gente a las salas de cine.

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