
Dicen los filósofos que, para poder pensar la realidad de manera profunda, debemos de estar atentos al espíritu de nuestro tiempo. Esta atención supone que seamos observadores de la realidad en la que vivimos, desde una perspectiva sociológica, pero también política, económica, psicológica, técnica, jurídica, intelectual o cultural. A partir de esta observación, seguramente podremos entender mejor el mundo que nos circunda, pero no solo entenderlo, sino pensar cómo podemos actuar desde la trinchera de cada uno para generar pequeños cambios que nos ayuden a mejorarlo. Sin conciencia acerca de lo que pasa, difícilmente podremos ser verdaderos agentes de cambio.
En este sentido, la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV es un referente que refleja el espíritu de nuestro tiempo. Es una lectura de la realidad que nos ha tocado vivir y que comprende de una manera muy acertada los desafíos de nuestra época. Pero no solo es un reflejo de los problemas de nuestro tiempo. Es también un llamado a los actores globales a comprender mejor fenómenos como las nuevas tecnologías, la Inteligencia Artificial (IA), la mercantilización, el problema de la posverdad y la comunicación, o incluso la guerra y, a través de esa conciencia, cobrar cursos de acción que se encaminen a proteger mejor lo humano. Y en la expresión “actores globales”, estamos todos incluidos. No son solo los gobiernos o empresas trasnacionales, sino todos quienes participamos de lo público y que hacemos uso de las nuevas tecnologías.
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Así como más de un siglo antes León XIII había hecho un llamado acerca de la cuestión social en la encíclica Rerum Novarum, hoy León XIV hace un llamado sobre la cuestión tecnológica. Los espíritus del tiempo entre ambos documentos son diversos, pero comparten elementos en común. Ambos reflejan la importancia de darle centralidad a la dignidad humana frente a desafíos que atentan contra su desarrollo. Pero, así como a finales del siglo XIX y hasta tiempos recientes parece que la amenaza que se buscaba combatir eran los tratos “inhumanos” o de barbarie en entornos sociales, laborales o económicos, hoy el desafío es aun más profundo. Además de superar lo inhumano, hoy el mayor desafío es lograr preservar lo que nos hace humanos frente a realidades “no-humanas” y que pueden “deshumanizarnos”.
Las nuevas tecnologías, en sí mismas, no son ni la solución a todos los problemas de la humanidad, ni son un mal en sí mismas. El principal problema que detecta la encíclica, es el uso que les damos, pero también los retos que implican para cómo nos entendemos como humanos y las consecuencias que pueden tener para la justicia en la vida de todos nosotros.
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Dice León XIV que mientras unos se disputan el dominio y otros piensan sobre sus efectos, la gran mayoría vivimos la vida aguardando, esperando y observando qué puede pasar con las mismas. Y esto porque hay un gran problema con estas tecnologías, específicamente la
IA: no las entendemos. Solo vamos viendo los efectos que pueden tener en nuestras vidas que, si bien en algunos casos pueden ayudar a mejorar nuestras condiciones, porque facilitan la conexión, la educación o el cuidado de la Casa común, también pueden dividir, descartar y generar injusticias.
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Pongamos un ejemplo de esto último. Se han llegado a utilizar estos sistemas para “facilitar” la labor de gobiernos para la distribución de ayudas o programas sociales. ¿La respuesta que nos daría la IA en cuanto a los destinatarios de estos programas es la más justa?, ¿podemos confiar ciegamente en el resultado propuesto por una tecnología? Dice Philip Alston, quien fuera relator de la ONU para pobreza extrema y derechos humanos que, si no somos conscientes de los riesgos de la IA en estos contextos, estaríamos entrando como zombies a una distopia de estado de bienestar tecnológico. Otro ejemplo: ¿podría un sistema de IA ser la mejor herramienta para determinar si una persona tiene riesgo de reincidencia criminal dados los datos que tiene de ella, como su origen étnico, lugar de nacimiento, raza, etc?
Y estos son solo algunos de los riesgos. Apunta de manera muy interesante el papa que las IA están más “cultivadas” que “construidas”. No son neutrales, sino que reflejan intereses y sesgos de sus programadores. Incluso los potencian. Los sesgos son un fenómeno humano, pero que deben de ser entendidos y combatidos en aras de la protección de la dignidad. El problema es que en un espacio de poca regulación y donde los efectos del uso de la IA son exponenciales, los sesgos potencialmente discriminatorios se pueden multiplicar. La lucha en contra de los sesgos se torna aun más complicada. Su multiplicación puede además llevar a una cultura del descarte, donde amplios sectores de la sociedad pueden verse afectados. Aquí, sin duda, hay un desafío muy importante en esta era tecnológica, donde la responsabilidad humana se vuelve cada vez más relevante.
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Pero los desafíos de la IA también se manifiestan en el uso personal que les damos. La encíclica Magnifica Humanitas lo establece con claridad. Tenemos que tener cuidado con la IA porque promete una gran facilidad para encontrar resultados, con una impresión de objetividad, y simulando la comunicación humana. Pensemos en cualquier uso que le damos a sistemas de IA generativa. La inmediatez con la que encontramos respuestas es impresionante. Aparte, le damos una gran credibilidad en un ambiente en el que conversamos con el sistema y en el que la IA incluso confirma nuestros sesgos o en el que puede prestarse a la confusión de que un sistema tecnológico dé consejos a una persona que la puedan poner en riesgo. Me parece que poner atención a estas tres características es crucial para que en el ámbito personal podamos recuperar lo humano frente a lo no- humano, representado por la máquina.
Si confiamos excesivamente en las capacidades de las nuevas tecnologías, o en la aparente “inteligencia” de las mismas para resolver problemas, podemos olvidar nuestras capacidades verdaderamente humanas o hasta subestimarlas. Eso también es un desafío para la verdad en nuestra sociedad contemporánea. Si creemos todo lo producido a través de IA, o nos conformamos con la información recibida a través de canales tecnológicos, puede crecer el riesgo de caer en totalitarismos, donde son unos pocos quienes controlan los datos y la información. Por eso me parece que podemos preguntarnos: ¿qué quedará de lo humano una vez que nos abandonemos a los “encantos” de la IA?, ¿cómo rescatamos aquello que nos hace ser humanos frente a las tentaciones de la inmediatez y el resultado rápido?, ¿podemos construir sociedades justas utilizando herramientas tecnológicas?, ¿a qué le tenemos que poner atención en nuestro trato con otros para no perder de vista aquello que nos hace seres humanos?
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Por eso el problema es que se confunde, o que podemos confundir lo humano con lo que solamente aparenta serlo. Como si una máquina pudiera garantizar mejor la distinción entre el bien y el mal. La encíclica nos recuerda que los juicios morales no son solo cuestión de cálculo, sino que requieren conciencia, responsabilidad y reconocer al otro como persona.
Por ello, el mayor desafío de nuestra época es el de permanecer siendo humanos. De encontrar lo verdaderamente humano no solo frente a los tratos inhumanos, sino frente a las realidades no-humanas que transmiten el riesgo de la deshumanización. Magnifica Humanitas es por ello una estupenda lectura del espíritu de nuestro tiempo, pero también un llamado a luchar por la humanización de nuestros actos, a través del diálogo y la búsqueda del bien común.
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