
Mantener una hidratación adecuada favorece el control de la presión arterial y apoya el bienestar cardiovascular en personas con hipertensión. La ingesta de líquidos incide directamente sobre el volumen sanguíneo y puede modificar los mecanismos que regulan la tensión arterial, de modo que el equilibrio hídrico es una pieza central en la gestión de esta condición.
Las recomendaciones de consumo de agua para la población general suelen situarse en un rango de 1,5 a 2 litros diarios, equivalentes a seis u ocho vasos, aunque este parámetro puede variar en quienes padecen hipertensión. La cantidad aconsejada depende de múltiples factores: edad, peso, clima, actividad física e incluso presencia de enfermedades asociadas como insuficiencia renal o cardiaca. Por ello, la orientación médica individual resulta fundamental para determinar la pauta hídrica apropiada.
En la mayoría de las personas hipertensas sin complicaciones renales o cardiacas, mantenerse cerca de los dos litros de agua simple por día es seguro y contribuye tanto a la correcta circulación como a la prevención de la deshidratación. El déficit de líquidos disminuye el volumen sanguíneo, lo que obliga al corazón a trabajar con mayor esfuerzo y puede activar mecanismos que favorecen la retención de sodio, elemento que tiende a elevar aún más la presión arterial.

Desde el punto de vista renal, la hidratación suficiente facilita que los riñones eliminen el exceso de sodio a través de la orina, un factor especialmente relevante dado que el sodio es uno de los grandes responsables del incremento de la tensión en este grupo de pacientes.
Límites y calidad de la hidratación en hipertensos
La regla “más es mejor” no aplica con el agua en todos los casos. Para quienes presentan insuficiencia cardiaca o enfermedad renal avanzada, el exceso de ingesta líquida puede generar sobrecarga en el organismo, contribuir a la aparición de edemas e incluso agravar la hipertensión. Ante este escenario, el control médico estricto y la posible indicación de restricción hídrica se vuelven imprescindibles.
También la calidad de los líquidos consumidos impacta en el control de la presión. Se recomienda priorizar agua potable por sobre refrescos, jugos industrializados y bebidas azucaradas, ya que estos productos favorecen el sobrepeso, otro elemento de riesgo cardiovascular. Solo bebidas con cafeína y alcohol requieren atención especial, pues su abuso puede tener efectos adversos sobre la presión.

La hidratación adecuada cobra especial relevancia durante el ejercicio físico o frente a altas temperaturas, momentos en los que el cuerpo pierde agua a través de la sudoración. No reponer estos líquidos puede originar síntomas como debilidad, mareos y alteraciones en la tensión arterial. La mejor estrategia es distribuir el consumo de agua a lo largo de la jornada, en vez de tomar grandes volúmenes en pocas ocasiones.
Entre las señales que pueden advertir de una deshidratación figuran sed intensa, boca seca, orina oscura o escasa, dolor de cabeza y sensación de debilidad. Ante la presencia de estos síntomas, se recomienda incrementar el consumo de líquidos y consultar al médico si no se resuelven.
El consumo de entre 1,5 y 2 litros de agua por día puede servir como guía para la mayoría de quienes viven con hipertensión, aunque siempre bajo supervisión y consejo profesional.
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