
Inauguradas con el Guadalupe-Reyes, las fiestas decembrinas se caracterizan por la música, luces, encuentros familiares o con amistades, así como por ser uno de los periodos de mayor riesgo para quienes se mueven por la ciudad.
Una vez terminadas las celebraciones guadalupanas se activa un ciclo festivo donde el consumo excesivo de alcohol y el incremento del tránsito convergen en una combinación peligrosa. Punto crítico para la seguridad vial y salud pública.
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El dato global es contundente. La Organización Mundial de la Salud considera al alcohol causante de 2.6 millones de muertes anuales en el mundo. En México, y particularmente en la Ciudad de México, ese impacto ha sido enfrentado con políticas de largo aliento.
Datos del INEGI estiman una baja de hasta 78 por ciento en los accidentes viales relacionados con el consumo de alcohol desde 2003 cuando entró en operaciones el alcoholímetro en la Ciudad de México.
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“Conduce Sin Alcohol”, con 22 años de operación, ha sido columna vertebral de la prevención. Su reforzamiento, anunciado por la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, incluye el despliegue diario de 500 elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana en vialidades estratégicas y accesos principales. El objetivo es proteger vidas, no interrumpir fiestas.
Sin embargo, la acción institucional está limitada a la voluntad individual. Ningún operativo puede compensar la decisión de una persona para tomar el volante después de beber.
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Aunque culturalmente se perciba como un estimulante, el alcohol es un depresor del sistema nervioso; reduce la actividad cerebral, deteriora la coordinación, ralentiza los reflejos y desactiva progresivamente los mecanismos que permiten responder al entorno. En sus primeras fases produce un efecto engañoso de euforia que disminuye el autocontrol cuando más se necesita.
Con solo 0.5 gramos de alcohol por litro de sangre, el riesgo de colisión se duplica; a partir de 0.8 gramos, la probabilidad de accidente es cinco veces mayor y aumenta la posibilidad de sufrir lesiones graves o mortales. En ese punto, la percepción del riesgo ya está distorsionada, la atención disminuye mientras la capacidad de reacción se reduce a una fracción de segundo.
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La responsabilidad individual, entonces, es la primera línea de defensa. No manejar después de beber es una decisión simple y decisiva al entregar las llaves, usar taxi, apps de transporte o designar a un conductor sobrio.
Ante cualquier señal de riesgo, la ciudad no está sola. El C5 ofrece apoyo permanente mediante el 9-1-1 o los botones de auxilio en los postes de las cámaras. Los sistemas de emergencia están activos, pero no pueden anticipar una decisión individual tomada bajo los efectos del alcohol.
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En el maratón Guadalupe-Reyes tenemos la oportunidad de probar aptitudes y actitudes.
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