
Hay momentos en la historia que parecen anecdóticos en su origen, pero que terminan convirtiéndose en el punto de inflexión de una era. Así ocurrió con la separación de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Porfirio Muñoz Ledo del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 1987, destacan en la serie PRI: Crónica del fin.
Lo que entonces la dirigencia priísta calificó como un movimiento marginal terminó detonando el declive del partido hegemónico y el nacimiento de una nueva etapa política en México.
La Corriente Democrática surgió como un intento interno de abrir el partido a elecciones más transparentes y procesos menos autoritarios. Sin embargo, la élite priísta reaccionó con dureza, dejando claro que no toleraría disidencia.
Piden renuncia a inconformes

Durante la XIII Asamblea Nacional del PRI, en marzo de 1987, el presidente del partido, Jorge de la Vega Domínguez, lanzó un mensaje contundente contra los inconformes, aunque sin nombrarlos directamente:
“Desde esta asamblea, decimos a todos los que de aquí en adelante no quieran respetar la voluntad de la inmensa mayoría de los priístas, que renuncien a nuestro partido y que busquen su afiliación en otras organizaciones políticas”.
Y remató con una advertencia que quedaría grabada en la memoria política del país: “En el PRI no tendrán cabida ni la quinta columna ni los caballos de Troya”, expresó De la Vega Domínguez.
A ojos de la dirigencia, las renuncias que estaban por venir no representaban una amenaza seria. Como recordó el investigador del Colegio de México, Alberto Arnaut: “Los despreciaron. Son unos cuantos, son tres o cuatro notables que se van, pero la estructura principal del partido no lo va a seguir y menos los sectores”.
Punto de quiebre en las bases

El presidente de la República en ese momento y líder absoluto del PRI, Miguel de la Madrid Hurtado, compartía ese diagnóstico. En su libro Cambio de rumbo. Testimonios de una presidencia, 1982-1988, escribió:
“Al partido le conviene se separen. He preguntado y la gente del partido me ha informado que no serían más de 500, yo pienso que aunque se lleven 30 mil, vale la pena”.
Lo que no vieron venir fue que la inconformidad no se limitaba a las cúpulas. Roberto Madrazo, lo explicó así en la serie.
“No fue solo la cúpula. La expulsión de la Corriente Democrática propició un punto de quiebre en la vida del partido y en la base del partido”.
Renuncia fue una fractura real del PRI

Dulce María Sauri Riancho y Joaquín Coldwell, ambos exdirigentes tricolores, coincidieron en que el golpe fue mucho mayor de lo que el PRI estaba dispuesto a reconocer. Coldwell fue claro:
“Yo creo que hubo un error ahí del PRI de subestimar lo que era la corriente democrática y los alcances que podía llevar un desprendimiento de esta naturaleza”.
Y Sauri fue más tajante todavía: “La única fractura real que ha vivido el PRI hasta la fecha, es la que se dio en 1987”.
¿Fue ese el inicio del fin del PRI como fuerza hegemónica? Se le cuestiona a Muñoz Ledo y para él no hay duda. “Sí, hubo un cambio. El PRI no volvió a ser el mismo nunca, ni lo es ahora”.
El propio Manlio Fabio Beltrones, figura emblemática del priísmo, lo reconoció con cierta ironía: “Creo que ni ellos se imaginaron la profundidad del rompimiento”.
La renuncia de Cuauhtémoc Cárdenas fue comunicada oficialmente por Dionisio Pérez Jácome, secretario de Información y Propaganda del partido, quien emitió un mensaje institucional:
“La decisión personal del ingeniero Cárdenas de no colaborar más con el partido se hace del conocimiento de los dirigentes y las bases que integran al PRI en toda la República para los efectos correspondientes”.
Pero en realidad, más que “efectos correspondientes”, lo que vino fue una ola de transformación democrática. Cárdenas lo resumió con una frase histórica que revela la dimensión del desafío que estaban asumiendo:
“Ahí entendimos que estábamos enfrentándonos con el partido, con el sistema, con el Estado mismo y con el presidente”.
La ruptura de 1987 no fue solo una renuncia. Fue el primer gran acto de rebeldía contra el sistema priísta desde dentro de sus entrañas. De ese cisma nació el Frente Democrático Nacional, luego el PRD, y más tarde, el reacomodo político que permitiría la alternancia del año 2000 y el surgimiento de nuevas fuerzas como Morena.
El PRI creyó que expulsaba a tres o cuatro disidentes. En realidad, estaba abriendo la puerta a un nuevo México.
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