
La noche del pasado lunes 30 de junio falleció, a los 85 años, Gilda Cruz-Romo, una de las sopranos mexicanas más importantes del siglo XX, cuya trayectoria brilló en los escenarios más prestigiosos del mundo.
Nacida en Guadalajara en 1940, Cruz-Romo fue una artista marcada por la disciplina, el profesionalismo y una entrega total al arte lírico. “Siempre fui muy profesional, muy ética… el pago es maravilloso”, decía sobre su carrera, guiada por la dedicación y la lealtad a la música.
Su carrera inició en el Coro del Ballet Folklórico de México, con giras internacionales, pero fue en 1962 cuando debutó formalmente en la ópera en el Palacio de Bellas Artes con Die Walküre de Wagner. Pronto interpretó papeles protagónicos como Suor Angelica,

La madre en Hänsel und Gretel y participó en el estreno mundial de La señora en su balcón de Luis Sandi. Su versatilidad le permitió alternar con figuras como Montserrat Caballé en La bohème y Tannhäuser.
En 1966 debutó en la Ópera Cívica de Dallas y, en 1969, en la New York City Opera con Mefistofele. El 18 de diciembre de 1970 marcó un hito en su carrera al presentarse en el Metropolitan Opera House de Nueva York como Madama Butterfly, dando inicio a una relación con ese escenario que duraría 14 años y 168 funciones, compartiendo escena con Mario del Monaco, Plácido Domingo, Montserrat Caballé y muchos más.
También se presentó en La Scala de Milán, la Royal Opera House de Londres, el Teatro Colón de Buenos Aires, la Ópera de Roma y el Bolshoi de Moscú. Su repertorio abarcó desde el bel canto de Donizetti hasta el verismo de Puccini y Verdi. Fue aplaudida en roles como Tosca, Aida, Manon Lescaut, Desdemona y Turandot, este último interpretado en el Teatro Degollado y en Bellas Artes, siendo la tercera mexicana en abordarlo.

Su interpretación de Luisa Miller junto a Luciano Pavarotti fue usada como modelo de belcantismo en escuelas europeas. En 2006 recibió la Medalla de Oro de Bellas Artes y, tras su retiro, se dedicó a la docencia en Texas, transmitiendo su conocimiento a nuevas generaciones.
Gerardo Kleinburg la describió como “la más grande soprano mexicana de la historia grabada”. Su voz y legado permanecerán en la memoria de la ópera internacional y del público mexicano que la vio brillar durante más de cuatro décadas.
Ante la noticia de su fallecimiento, familiares, amigos y seguidores lamentaron los hechos en redes sociales con mensajes de condolencias.
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