
Nacido en el norte del país, Banner comenzó vendiendo marihuana a los doce años. A los catorce ya distribuía crack y fue detenido por primera vez. A los diecisiete fue trasladado por su organización criminal a la Ciudad de México, específicamente al oriente de la capital. Su nuevo rol: cocinar drogas sintéticas.
Según su testimonio, el proceso de formación duró entre una y dos semanas. Aprendió a trabajar con sustancias químicas bajo la supervisión de cocineros más experimentados, en un entorno donde cualquier error puede ser fatal. La preparación del fentanilo, contó, exige una secuencia precisa de tiempos, temperaturas y materiales, y su duración puede ir de diez a veinticuatro horas.
En entrevista con el periodista Óscar Balderas, para su programa Esquina Balderas, el cocinero de fentanilo identificado como Banner describió en detalle el proceso de producción, el sistema de protección institucional y la estructura criminal que sostiene el negocio de las drogas, especialmente el del fentanilo.

Durante su entrenamiento, comparó la elaboración de la sustancia con una receta compleja, como la del mole, donde cada ingrediente y cada paso técnico deben aplicarse con exactitud.
También hizo referencia a la serie Breaking Bad, recordando al personaje de Jesse Pinkman como un ejemplo de alguien que improvisaba sin tener conocimientos profundos sobre las reacciones químicas. Según dijo, hay cocineros que aprendieron las técnicas de síntesis por parte de personas originarias de Estados Unidos.
Aclaró que no deseaba detallar los procedimientos por seguridad, pero reconoció que una dosis mínima mal calculada puede matar al consumidor o al propio cocinero. Indicó que muchos errores se cometen “al tanteo”, sin instrumentos de medición, lo que multiplica el riesgo de intoxicación.
Cocinas móviles y protección institucional
Sin precisar para qué grupo criminal opera, explicó que la operación se lleva a cabo en casas alquiladas ubicadas en zonas con baja presencia policial, principalmente en los límites entre la CDMX y el Estado de México. Las cocinas son móviles: si la vigilancia se intensifica, el grupo se traslada a cabañas en áreas rurales, contó.

Para trabajar, el cocinero debe usar trajes herméticos, sistemas de ventilación y máscaras especiales. Los vapores del fentanilo pueden perforar los pulmones si se inhalan sin protección, afirmó.
Al terminar la jornada, el producto se entrega a una célula separada que se encarga del embolsado y la distribución. El cocinero no tiene contacto con los vendedores ni con los consumidores, y solo recibe nuevas órdenes cuando es requerido de nuevo.
Según Banner, el grupo criminal opera bajo un esquema de protección institucional que involucra desde policías de barrio hasta funcionarios de alto nivel. Cada zona tiene una cuota fija para operar. Los sobornos se reparten entre mandos de seguridad, fiscales, ministerios públicos y delegaciones. El pago garantiza impunidad: cuando hay amenazas de operativo, los avisos llegan con antelación y permiten mover todo antes de que las autoridades intervengan.
La estructura criminal está compartimentada. Banner no conoce a los jefes, solo recibe instrucciones a través de intermediarios. Cada célula tiene una función: cocina, traslado, venta, vigilancia, recaudación. Así se evita que una sola persona acumule demasiada información. A él solo le comunican cuánto cocinar, cuándo y dónde entregar.
La Ciudad de México, afirma, ya no es solo un punto de consumo, sino un nodo clave en la producción y distribución de fentanilo. El grupo ha logrado instalar una red estable con presencia territorial, protección oficial y dominio sobre puntos de venta estratégicos.
La mercancía fluye desde las cocinas hacia distintos barrios mediante vehículos, mochilas o personas —principalmente mujeres o menores— para reducir el riesgo de inspección.
Reclutamiento y control del territorio

El reclutamiento, asegura, puede comenzar desde los cuatro años. Conoció a menores que, a los doce, ya dirigían puntos de venta. La entrada se da por necesidad, presión familiar o engaño, según cuenta: muchos creen que irán a un trabajo legal y terminan aprendiendo a cocinar droga o ejecutar actos violentos. Salirse no es opción. Quien lo intenta, desaparece.
La organización no abre nuevos puntos, sino que toma control de locales ya existentes: bares, cantinas, tiendas. Cuenta que primero hacen una “propuesta” a los dueños, si estos se niegan, regresan armados para imponer condiciones. Así aseguran espacios de operación en zonas clave sin necesidad de generar nuevas rutas.
Aunque las autoridades niegan su presencia, Banner afirma que el fentanilo se cocina, distribuye y consume activamente en la Ciudad de México. Se mezcla con MDMA, cocaína o pastillas, y muchas veces ni vendedores ni consumidores saben que lo están manipulando.
Conforme la adicción avanza, muchos consumidores dejan de pagar con dinero y comienzan a intercambiar objetos personales por dosis. Banner relató que cuando era dealer le llegaron a ofrecer pantallas, celulares y hasta electrodomésticos a cambio de droga. En una ocasión, contó que aceptó una pantalla por dos gramos de fentanilo.
Sin salidas

Banner reconoce el daño que causa su trabajo, pero afirma que abandonarlo no es posible. Intenta justificar su papel señalando que no inventó el sistema, solo aprendió a operar dentro de él.
Según su relato, los cocineros como él asumen todo el riesgo, mientras los mandos altos y los funcionarios protegidos obtienen las mayores ganancias sin ensuciarse las manos.
Cree que la única salida posible sería una regulación estatal del mercado de drogas, como ocurre en países como Canadá o los Países Bajos. Con intervención oficial, dice, habría menos muertes, más control y menos poder para el crimen organizado.
Añadió que la falta de oportunidades laborales es lo que empuja a miles de jóvenes al negocio de las drogas. No se trata de ambición, repitió, sino de supervivencia.
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