
Salir de las aulas puede ser el remedio a la apatía y desinterés que presentan los estudiantes de educación superior en la actualidad.
Los baby boomers, los de la generación X y algunos millenials todavía fuimos educados en el dictado y la memoria. Por nuestra cuenta corría la responsabilidad del pensamiento crítico y la opinión sustentada; educación personalizada, le decían. Eso se lograba (a veces) después de esperar por varios minutos e incluso horas en una biblioteca por aquel libro que quizás tuviera la respuesta. Luego leer, tomar apuntes, resumir y quizás memorizar, para después devolver ese libro, sin rayar ni arrugar. Si había suerte y dinero, se podía fotocopiar, pero esa era más la excepción que la regla.
El proceso de aprendizaje en aquella época se caracterizaba por la paciencia, la dedicación y un esfuerzo individual constante, elementos que coincidían con las ideas de John Dewey, quien resaltaba la importancia del aprendizaje activo y la reflexión como bases para una educación significativa. Este proceso, aunque demandante, fomentaba la disciplina, la autonomía y el desarrollo del pensamiento crítico, habilidades que autores como Paulo Freire consideraban esenciales para una educación liberadora, donde el estudiante se convierte en sujeto activo en la construcción del conocimiento. Además, al no contar con acceso inmediato a la información, el estudiante debía practicar la habilidad de discernir lo importante, seleccionando cuidadosamente las fuentes y validando su contenido, un enfoque que también conecta con los principios de Jerome Bruner sobre el aprendizaje por descubrimiento, en el que la comprensión profunda surge de un proceso investigativo y reflexivo.
Por otro lado, desde que se encuentra todo más rápido con el buscador de internet y ahora con la inteligencia artificial (IA), se podría decir que la memoria y el dictado pasaron a un segundo plano. En este nuevo proceso, en menos de cinco minutos el estudiante puede buscar, leer un resumen hecho a la medida y con suerte analizar. En este nuevo esquema, lo que le queda al profesor, más recientemente llamado facilitador del aprendizaje, es guiar en las fuentes, enseñar a ser crítico de los resultados y a partir de ello inducir al estudiante a analizar y aprender. El trabajo al profe se le facilita en proceso, pero no en resultado. Los expertos en educación abogan por lo lúdico y los expertos en salud mental abogan por la menor presión. En medio de esta disyuntiva está el “facilitador”, que en educación superior no necesariamente es experto pedagogo sino experto en disciplinar, y combinar ambos mundos se logra con la experiencia.

Es aquí donde el aprendizaje experiencial adquiere relevancia. El objetivo es entonces sacar mental y físicamente al estudiante del aula para que, a través de la práctica y visita a lugares destacados de su carrera, tenga un acercamiento adicional a todo aquello que ha leído y conocido en un entorno controlado. Este contacto único con el quehacer disciplinar aún no puede ser reemplazado con inteligencia artificial y permite una mayor metacognición, aplicación y análisis de los conceptos.
El aprendizaje experiencial se basa en la idea de que el aprendizaje significativo ocurre cuando los estudiantes participan activamente en el proceso. David Kolb, uno de los principales teóricos de este enfoque, plantea su modelo de ciclo de aprendizaje que incluye cuatro etapas: experiencia concreta, observación reflexiva, conceptualización abstracta y experimentación activa, permitiendo a los estudiantes transformar sus experiencias en conocimiento significativo. Algunas estrategias pedagógicas y actividades alrededor de este concepto son: aprendizaje basado en proyectos (ABP), simulaciones y role-playing, estudios de caso, aprendizaje servicio, prácticas profesionales y pasantías, gamificación, viajes educativos e inmersión cultural.
Profundizando en ejemplos específicos, si quieres aprender de finanzas podrías ir a la bolsa o simular los efectos de la crisis financiera y cómo resolverlos a través de un caso. Si lo que tienes que aprender es logística, vete al (aero)puerto o encuentra simuladores que te expliquen los cuellos de botella en el transporte. El facilitador será el encargado, con su criterio, de encontrar la mejor experiencia; por supuesto con la IA, que también se convierte en herramienta de enseñanza, podemos obtener ejemplos de uso en cualquier disciplina. Es un experimento en tiempo real del vertiginoso avance del mundo, pero antes de que la universidad se vuelva obsoleta por no cambiar, deberíamos repensar la educación más allá del campus y más cercana al quehacer laboral.
* Lorena A. Palacios-Chacón y Jahir Lombana-Coy. Los autores son, respectivamente, profesora de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey, Campus Guadalajara (México), y profesor investigador de la Escuela de Negocios de la Universidad del Norte en Barranquilla (Colombia).
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