
La eterna pregunta sobre si se puede separar la obra del artista vuelve a estar sobre la mesa. La aclamada crítica estadounidense Claire Dederer reflexiona en un ensayo sobre sus dilemas personales con la filmografía del director Roman Polanski. Pese a su admiración por su trabajo, no puede obviar los terribles actos del cineasta en su vida privada.
En su nuevo ensayo, Monstruos. ¿Se puede separar el artista de su obra?, Dederer aporta nuevos matices a este debate que lleva décadas vigente. ¿Dónde trazar la línea entre obras maestras y vidas reprobables? Innumerables artistas se encuentran en esta ambigua zona gris, desde Pablo Picasso a Richard Wagner, Sid Vicious o Norman Mailer.
Escuchar una ópera de Wagner, ¿en qué momento se vuelve problemático su conocido antisemitismo? Contemplar el imponente Guernica de Picasso, ¿cuánto nos condiciona saber que maltrató a mujeres? Leer Viaje al fin de la noche, de Céline, ¿es posible obviar que fue antisemita y colaboró con los nazis? El eterno dilema entre valorar la obra de forma aislada o juzgarla conjuntamente con los actos de su autor sigue más presente que nunca.
Como apunta Dederer, no existen respuestas fáciles. Cada persona debe trazar sus propios límites éticos y estéticos ante esta espinosa cuestión. Lo que está claro es que el debate no ha hecho más que comenzar.

“Vicios privados, virtudes públicas”
Durante décadas, la frontera entre la obra pública y la vida privada de los artistas fue casi infranqueable. Un bloque sólido que, como la célebre formulación de Karl Marx, ahora se desvanece en el aire al calor de la cultura woke, ese movimiento global que en defensa de las injusticias sociales que propone apagar la circulación de obras cuyos creadores han incurrido en algún tipo de falta moral.
Se trata de una lista flexible que va desde incorrecciones leves a delitos graves y se instala como la aduana contemporánea que pretende controlar la circulación de todas las mercancías culturales poniendo en el centro el prontuario de los autores.
La constante pregunta sobre hasta dónde es posible y conveniente separar una obra de los defectos de su creador o creadora, vuelve a encenderse en estos días a partir de la publicación en español, a cargo del sello Península, de Monstruos. ¿Se puede separar el artista de su obra?

En el ensayo Dederer se pregunta si a la luz de las reivindicaciones del presente se puede seguir sosteniendo aquello de “vicios privados, virtudes públicas”, una separación tajante entre realidad y ficción que permita ponderar libros, films o piezas musicales aunque el comportamiento de sus autores sea deleznable.
El punto de partida de la ensayista fue el debate interior que se produjo a partir de su admiración por el cineasta Roman Polanski, quien se escapó de Estados Unidos -donde residía- a Francia en 1978, la noche anterior a recibir sentencia tras haberse declarado culpable de mantener una relación sexual ilegal con una menor, un delito menos severo que la acusación inicial en su contra de drogar y violar a una niña de 13 años.
“Me dispuse a ver sus películas. A resolver, en realidad, el problema de Roman Polanski, el problema de que me gustara alguien que había hecho algo tan horrible. Quería ser una consumidora con estándares morales, una buena feminista de manera demostrable, pero al mismo tiempo también quería ser una ciudadana del mundo del arte, lo opuesto a una filistea”, escribe en el prólogo la autora, periodista y crítica de libros que lleva años colaborando con The New York Times.
Los “monstruos”

La obra recorre distintas historias personales y artísticas de figuras que van desde Pablo Picasso hasta Woody Allen, Willa Cather, David Bowie, Bill Cosby, William Burroughs, Richard Wagner, Sid Vicious, V. S. Naipaul,. S. Eliot, Ezra Pound, Norman Mailer, Ernst Hemingway y Michael Jackson.
¿Y qué decir de las mujeres? De inmediato, la lista se vuelve menos certera: aparecen entonces escritoras maltratadoras (Sylvia Plath) o lo que denomina “madres abandonadoras” (la cantante Joni Mitchell, la novelista Doris Lessing).
“Si el crimen masculino es la violación, el crimen femenino es la renuncia a los cuidados. Lo peor que puede hacer una mujer es abandonar a sus hijos”, plantea la autora, que también aborda otros casos cuestionables como los de la actriz Joan Crawford y la escritora J. K. Rowling, incluida Virginia Woolf y su antisemitismo.

Dilemas morales
El trabajo de Dederer contempla variables que son decisivas para justificar por qué este desdoblamiento entre obra y autor resulta problemático.
La primera tiene que ver con que muchas de los objeciones que surgen en el caso de algunos creadores no siempre resultaron conflictivas -acá entra en juego el signo de época- o llegan mucho tiempo después de la consagración: cuando se estrenó Manhattan, en 1979, nadie dijo que era la película de un pedófilo. Las objeciones sobre Woody Allen surgieron mucho tiempo después.

Por otro lado, los dilemas morales surgen cuando la obra del artista cuestionado es notable. “Todos ellos hicieron o dijeron algo horrible y crearon algo maravilloso. Lo horrible afecta a lo maravilloso; no podemos ver, oír o leer esa obra de arte sin recordar el horror. Desbordados por lo que sabemos de la monstruosidad del creador, nos apartamos, llenos de repugnancia. O quizá no. Seguimos mirando, intentando separar al artista de la obra de arte. En cualquier caso, es perturbador. Son genios y son monstruos, y no sé qué hacer con ellos”, plantea Dederer.
Dederer sabe que incluso en algunos aspectos de la monstruosidad nada es contundente. Su capítulo dedicado a la novela Lolita, de Nabokov, es claro al respecto: lo escribió después de volver a leer la novela a raíz del #MeToo.
“Ahora somos mejores. Pero, ¿verdaderamente lo somos? Quizás la única respuesta segura sea que lo que sí somos, es seres cambiantes. Y como tal nuestra percepción del arte que, puestos a pedir, ojalá no vaya intrínsecamente de la mano de culpa”, sostiene.
Fuente: Télam S.E.
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