
Para llegar a lo más alto en Estocolmo, Suecia, Luis Federico Leloir pasó primero por un sótano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires con una heladera, pocas pipetas y nada más. Desde ese lugar armó el hallazgo que el 27 de octubre de 1970 lo convirtió en el segundo argentino en recibir un premio Nobel de Ciencias.
Antes de ese reconocimiento, la vida de Leloir tuvo mudanzas forzadas, la muerte de un mecenas textil y un subsidio estadounidense que llegó cuando en la Argentina nadie quiso poner un peso. También hubo un episodio de esa vida en el que un médico recién recibido decidió abandonar los pacientes porque no se sentía conforme con lo poco que podía hacer por ellos.
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El 27 de octubre de 1970, hace 56 años, la Real Academia de Ciencias de Suecia otorgó a Luis Federico Leloir el Premio Nobel de Química por describir el mecanismo bioquímico que transforma la galactosa en glucosa, un hallazgo desarrollado en la Fundación Campomar de Buenos Aires que permitió comprender la galactosemia, una enfermedad hereditaria que impide asimilar el azúcar de la leche. El reconocimiento llegó por sus investigaciones sobre las transformaciones bioquímicas de la lactosa, una ruta que pasó a conocerse en el mundo científico como el “camino Leloir”.

El hallazgo describió cómo el organismo convierte la galactosa, un azúcar presente en la leche, en glucosa. El proceso involucra tres pasos sucesivos, con un intermediario llamado uridina difosfato glucosa (UDPG): el primer nucleótido azúcar descubierto en la historia de la bioquímica, según precisó la Fundación Instituto Leloir (FIL).
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Sin tratamiento, la enfermedad puede provocar lesiones en el hígado, los riñones y el sistema nervioso central. Sin diagnóstico, derivaba en la muerte, la ceguera o en algunos problemas mentales de los pacientes.
La noticia convirtió a la ciencia argentina en tema de conversación mundial. “Sentimos el orgullo de ser argentinos”, tituló entonces un periodista que hizo una crónica sobre la distinción recibida por Leloir.
La ceremonia de entrega del Nobel se realizó el 10 de diciembre de 1970 en Estocolmo. Ahí, el científico recibió la distinción de manos del rey Gustavo VI Adolfo de Suecia.
En su discurso de esa noche, Leloir admitió que el premio superaba cualquier expectativa personal. “El prestigio del Premio Nobel es tal que uno de repente es promovido a un nuevo estatus”, dijo el científico.
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Y agregó que se sentía incómodo al imaginar su nombre junto a “gigantes de la química como van Hoff, Fischer, Arrhenius, Ramsay y von Baeyer”. También mencionó a sus colaboradores, a quienes atribuyó buena parte del trabajo premiado.

Leloir nació el 6 de septiembre de 1906 en París, en la avenida Víctor Hugo 81, a pocas cuadras del Arco del Triunfo, según relató en su autobiografía publicada en 1982. A los dos años, su madre, luego de la muerte de su padre, lo llevó a vivir a Buenos Aires.
Se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1932, a los 26 años, y trabajó durante dos años en el Hospital de Clínicas. La experiencia le dejó un sabor amargo. “Nunca estuve satisfecho con lo que hacía por los pacientes”, escribió en ese texto.
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El propio Leloir explicó el motivo: la medicina de entonces disponía de pocos recursos más allá de la cirugía y algunos remedios activos. Los antibióticos y los agentes terapéuticos modernos todavía no existían.
Esa frustración lo acercó al Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina, dirigido por Bernardo Houssay, quien se convertiría en 1947 en el primer argentino en ganar un Nobel de Ciencias. Bajo su dirección, Leloir hizo una tesis titulada “Suprarrenales y el metabolismo de los hidratos de carbono”, distinguida como la mejor del año en la facultad. Para completar su formación, asistió además como oyente a clases de física, química, matemática y biología en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales.
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Houssay le recomendó pasar una temporada en el exterior. Leloir viajó al Laboratorio de Bioquímica de la Universidad de Cambridge, dirigido por Frederick Hopkins, Nobel de 1929, donde trabajó junto a investigadores como Malcolm Dixon y David Green, relató en su autobiografía.
De regreso en Buenos Aires, integró el equipo que identificó la angiotensina, la sustancia responsable de la hipertensión renal, junto a Juan Carlos Fasciolo, Eduardo Braun Menéndez y Juan M. Muñoz. El hallazgo llegó casi al mismo tiempo que un trabajo similar del laboratorio Eli Lilly, en Indianápolis, Estados Unidos, lo que derivó en una larga disputa por el nombre de la sustancia hasta que ambos grupos acordaron llamarla angiotensina.
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Esa etapa se interrumpió en 1943, cuando el gobierno destituyó a Houssay por haber firmado una carta que reclamaba “normalización constitucional, democracia efectiva y solidaridad americana”. La mayoría de los investigadores del instituto renunció en protesta.
Leloir aprovechó ese quiebre para viajar a Estados Unidos. Trabajó seis meses en el laboratorio de Carl y Gerty Cori, en Saint Louis, y ocho meses más en Nueva York junto a David Green. De esa experiencia sacó una convicción que marcaría el resto de su carrera: la posibilidad de armar un grupo de investigación propio con financiamiento propio.

En 1946, el empresario textil Jaime Campomar consultó a Houssay sobre la posibilidad de financiar un instituto de bioquímica. Houssay propuso a Leloir como director, aunque el propio Leloir reconoció después que su maestro no estaba del todo convencido de que la idea fuera a prosperar.
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El instituto comenzó con lo que había. Primero funcionó en el sótano de la Facultad de Medicina. Cuando Houssay volvió a ser destituido, esta vez con el argumento de que superaba la edad aceptable, el grupo se mudó a una casona de la calle Julián Álvarez, en el barrio porteño de Palermo, inaugurada el 7 de noviembre de 1947.
El investigador Ranwel Caputto, recién llegado del laboratorio de Cambridge, fue el primero en sumarse al equipo. Después llegaron Raúl Trucco, Carlos Cardini, Naum Mittelman, Alejandro Paladini y Enrico Cabib. La contribución anual de Campomar, de 100.000 pesos, equivalía entonces a 25.000 dólares.
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Con ese financiamiento, el equipo aisló e identificó los primeros nucleótidos azúcares: la glucosa-1-difosfato, el uridina difosfato glucosa, el uridina-difosfato-acetilglucosamina y el guanosina-difosfato-manosa. Ese conjunto de hallazgos fue, años después, la base del Nobel.

Esos descubrimientos permitieron describir cómo se almacenan los azúcares en animales y plantas, bajo la forma de glucógeno y almidón, y el modo en que se utilizan como fuente de energía, explicó Armando Parodi, investigador del CONICET y de la FIL que hizo su tesis doctoral bajo la dirección de Leloir.
El médico José Mordoh, investigador superior del CONICET que integró el laboratorio de Leloir entre 1964 y 1969, agregó que esos descubrimientos sobre la vía de metabolismo de la glucosa despiertan hoy interés porque muchas células cancerosas la utilizan para multiplicarse.
Ángeles Zorreguieta, directora de la FIL y discípula de Leloir, hizo su tesis de doctorado bajo su dirección. “Recuerdo su modestia y camaradería. También su forma respetuosa de guiar a sus discípulos y discípulas para abrir e impulsar la autonomía de nuestras mentes en el campo de la investigación”, dijo la investigadora.
En 1957, la muerte de Campomar dejó al instituto sin financiamiento. Antes de disolver el grupo, Leloir y sus colaboradores pidieron un subsidio al Instituto Nacional de la Salud de Estados Unidos. Contra sus propias expectativas, la ayuda fue aprobada.

La decisión generó críticas por aceptar dinero de un gobierno extranjero. Leloir las respondió en su autobiografía: sostuvo que la resolución había sido tomada por una comisión de investigadores, por razones estrictamente científicas, en un momento en que el Estado argentino no mostraba ningún interés en sostener ese tipo de proyectos.
Recién en 1958, el gobierno les cedió una casa más grande, en la calle Obligado, en el barrio de Belgrano, que había funcionado como colegio de señoritas. Ahí siguió trabajando el equipo durante los años siguientes.
La ayuda local recién llegó con la creación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), durante el gobierno dictatorial del general Pedro Eugenio Aramburu. En la redacción del estatuto participaron Braun Menéndez, Venancio Deulofeu, Houssay y Abel Sánchez Díaz, presidente de la Academia de Ciencias Exactas.
El primer directorio del organismo incluyó a Leloir entre sus miembros. La presidencia recayó en Houssay, que ocupó el cargo durante 12 años. En esa etapa, dijo Aramburu al poner en funciones al Consejo, creía que todos los gobiernos apoyarían a la institución.
Leloir recordó en su autobiografía una frase de Houssay pronunciada en el Instituto Popular de Conferencias de La Prensa, en la que el fisiólogo pedía confianza en el futuro científico del país: “Si nos inspiramos en buenos ejemplos, con una labor intensa y bien orientada, en dos o tres décadas podremos tener una posición de primera fila entre los países más adelantados”.

El propio Leloir matizó esa expectativa. Reconoció que la investigación bioquímica argentina había progresado gracias al impulso del Consejo y de las universidades, pero admitió que el avance fue menor al que él y sus colegas habían imaginado, y que seguía siendo pequeño frente al de los países más desarrollados.
Leloir no tenía antecedentes familiares en la investigación. Sus padres y hermanos estaban volcados a actividades rurales, y su padre, abogado de profesión, nunca ejerció. En su casa, recordó, siempre hubo muchos libros sobre los temas más variados.
En su autobiografía, atribuyó su vocación científica a una combinación de habilidades negativas. Tenía mal oído musical, por lo que descartó la música. Era mediocre en los deportes. Su falta de habilidad para la oratoria le cerró las puertas de la política y el derecho. Y nunca estaba del todo seguro de un diagnóstico médico, lo que también lo alejó de la práctica clínica.
A esas limitaciones, dijo, se sumaban otras inquietudes: curiosidad por entender los fenómenos naturales, capacidad de trabajo y una buena disposición para trabajar en equipo. “La investigación posee muchos aspectos que la transforman en una aventura atractiva”, escribió en el mismo texto.
El premio de 1970 convirtió a Leloir en el segundo argentino en recibir un Nobel de Ciencias por una investigación realizada íntegramente en el país. Houssay había sido el primero, en 1947.

Años después, en 1984, el argentino César Milstein también obtuvo un Nobel de Ciencias, aunque el científico había desarrollado casi toda su carrera en el Reino Unido. En cambio Leloir sostuvo su investigación desde la Argentina, con el equipo que había armado primero en un sótano prestado y después en una casona de la calle Julián Álvarez.
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