El Arca de Zoé: cómo cayó la falsa ONG humanitaria que intentó secuestrar a más de cien niños africanos para venderlos en Francia

Gracias a una denuncia de UNICEF y el ACNUR, el 25 de octubre de 2007 la policía de Chad impidió el despegue de un avión que llevaba a 103 niños africanos a Europa en una supuesta “misión humanitaria” que en realidad era una monumental operación de tráfico de personas organizada por una organización criminal disfrazada de ONG

El Arca de Zoé
Miembros no identificados de la organización benéfica "El arca de Zoé" (a la izquierda) son escoltados por gendarmes chadianos a su llegada, el 5 de noviembre de 2007, al palacio de justicia de Yamena. AFP PHOTO / ISSOUF SANOGO ISSOUF SANOGO / AFP
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Creada en 2005 para socorrer a los niños, sobre todo a los huérfanos, afectados por el tsunami que había devastado a Indonesia el 26 de diciembre de 2004, la ONG francesa El Arca de Zoe guardaba en su nombre una promesa esperanzadora: la de una vida mejor. Zoe es la traducción griega del nombre hebreo Eva, que a su vez significa “vida” y el “arca”, como la de Noé, no podía ser otra que un vehículo hacia la salvación. Se mostraba al mundo como un equipo humanitario formado por asistentes sociales, bomberos, enfermeros y médicos, entre otros profesionales, dedicados a ayudar a los menores de edad de todo el mundo, y se autodefinía como una organización no gubernamental sin fines de lucro.

Con esos pergaminos humanitarios no extrañó que en 2007 decidiera involucrarse en el conflicto de Darfur, en Sudán Occidental, donde se desarrollaba una guerra civil desde 2003 entre los Yanyauid y los africanos negros con un saldo de miles de muertos en operaciones de “limpieza étnica” y millones de desplazados, muchos de los cuales estaban refugiados en la República Centroamericana, Chad, Sudán del Sur y Libia. En agosto de 2007, el gobierno de Sudán y las Naciones Unidas habían acordado desplegar cerca de 26.000 efectivos para controlar la situación en Darfur. Fue entonces cuando el Arca de Zoé vio su oportunidad y, con la ayuda del propio ejército francés, envió la misión que desembarcó en Chad, donde instaló una oficina llamada “Children Rescue”, para rescatar a los huérfanos del conflicto.

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Esa fachada humanitaria que El Arca de Zoe mostraba ante el mundo se cayó a pedazos el 25 de octubre de 2007 sobre la pista de un aeropuerto de Chad en una escena de ribetes cinematográficos que en un primer momento pudo parecer confusa. Si la escena perteneciera a una película de Hollywood, una de esas donde los buenos son buenísimos y los malos son malísimos, el espectador no tendría dudas sobre lo que está sucediendo: un grupo de valientes trabajadores humanitarios, ayudados por la intrépida tripulación del avión y acompañados por tres audaces periodistas para registrar los hechos, está a punto de salvar a más de cien huerfanitos africanos para llevarlos a un país civilizado – de Occidente, claro – cuando, seguramente por el aviso de un traidor, la policía de un gobierno despiadado de un país retrasado los intercepta en la pista y les impide escapar hacia la libertad.

Si no se conociera la verdadera historia, esas imágenes bien podrían reflejar lo que ocurrió ese día de octubre en el aeropuerto de Abéché, cuando la policía local detuvo en la pista a un avión charter de la compañía española Girjet y obligó a bajar a los tripulantes y los pasajeros. Por la escalerilla descendieron los siete españoles que integraban la tripulación del vuelo, seis franceses pertenecientes a la ONG y tres periodistas de esa misma nacionalidad. La policía los detuvo de inmediato, mientras la pista se llenaba de otras presencias que también emergían de las entrañas del avión: 103 niños chadianos – 82 varones y 21 mujeres - presuntamente todos huérfanos y la mayoría de ellos enfermos o heridos.

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Lejos de un guion de Hollywood, en la realidad los protagonistas de esa escena jugaban papeles que eran todo lo contrario, porque los pretendidos buenos eran los malos y los supuestos malos estaban impidiendo un crimen. Porque lo que hizo la policía de Chad ese día fue desbaratar una monumental operación de tráfico de niños de entre uno y diez años con destino a Reims, en Francia, donde los recibirían “familias adoptivas” que habían pagado entre 2.800 y 6.000 euros por cada uno. No todos tendrían esa suerte: algunos también serían utilizados como mercancía en el tráfico ilegal de órganos. Ninguno de esos niños estaba herido, porque los necesitaban sanos para venderlos.

El Arca de Zoé
ARCHIVO) - Esta foto de archivo, tomada el 21 de diciembre de 2007, muestra a Eric Breteau (izq.), responsable de la ONG francesa «Zoe's Ark» (El Arca de Zoé), y a la miembro de la organización Emilie Lelouche (centro), a su llegada al palacio de justicia en Yamena (AFP PHOTO / PASCAL GUYOT)

Cuando la operación quedó al descubierto se supo que 358 familias francesas y norteamericanas, llenaron formularios y pagaron honorarios para recibir un niño que creían que adoptarían para salvar del infierno en Darfur, sin saber que en realidad iba a ser secuestrado en Chad. Los chicos rescatados el 25 de octubre en el aeropuerto de Abéché eran los primeros 103 de los 10.000 que El Arca de Zoé tenía planificado vender. El plan criminal apenas comenzaba.

La siniestra maniobra del Arca de Zoe quedó al descubierto luego de una denuncia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Ese fue apenas el principio del escándalo. En los siguientes días, meses y años, el episodio provocaría fuertes tensiones diplomáticas, negociaciones no muy claras entre los gobiernos de Francia y de Chad, condenas judiciales imposibles de justificar por lo blandas y, fundamentalmente, una desconfianza que dificultó el accionar de un gran número de verdaderas organizaciones humanitarias que actuaban en diferentes países de África y otros lugares del planeta.

¿Un presidente cómplice?

Los españoles que integraban la tripulación del avión y los nueve franceses – entre miembros de la supuesta Ong y periodistas – fueron trasladados el mismo día de su detención a Yamena, la capital de Chad para ser juzgados. La acusación fue promovida por el primer mandatario del país, Idriss Déby, líder del Movimiento Patriótico de Salvación que gobernaba el país desde 1990. El juicio se hizo con una celeridad sorprendente y todos los detenidos fueron condenados a ocho años de prisión y trabajos forzados por los delitos de pertenecer a una organización “pedófila” y “dedicada al tráfico de órganos”.

Para entonces, la compañía aérea española Girjet, responsable del vuelo charter, había dado a conocer un comunicado en el que se distanciaba del suceso y pedía ayuda para “rescatar” a la tripulación. También hubo comunicaciones urgentes entre los gobiernos de España y Francia, que derivaron en un viaje urgente del presidente galo Nicolás Sarkozy a Chad, donde llegó el 4 de noviembre y se reunió con el presidente Déby.

El contenido de la charla que mantuvieron los dos mandatarios – o la negociación que encararon – nunca trascendió, pero Déby terminó concediendo la liberación inmediata de las cuatro azafatas españolas del avión y de los tres periodistas franceses. Lo más llamativo fue que el presidente de Chad permitió el traslado del resto de los condenados a Europa, con la condición de que cumplieran sus penas en una cárcel francesa. Se trataba en la práctica de una impunidad acordada entre los dos presidentes – aunque no se supiera qué había prometido Sarkozy a cambio – porque apenas unos meses después, Idriss Déby promulgó un decreto de amnistía para los condenados, lo que implicó su inmediata liberación en el país europeo.

El Arca de Zoé
Niños en la aldea de Salegnon, cerca de Adré, en el este de Chad —una de las localidades en el centro de la polémica por el «secuestro» de menores a manos de la organización benéfica francesa L'Arche de Zoé (El Arca de Zoé)—, el 13 de diciembre de 2007 (Francesco Fontemaggi / AFP)

El 1° de abril de 2008 fueron liberados el presidente de la supuesta ONG, Eric Breteau, y su pareja y socia, Emilie Lelouch; también los bomberos Dominique Aubry y Alain Péligat, encargados de la logística del grupo y, en la práctica, quienes manejaron la operación de secuestro de los niños. Poco después también salieron de la cárcel el médico Philippe Van Winkelberg y la enfermera Nadia Merimi, quienes había fraguado las heridas y las enfermedades de los niños para justificar la “evacuación sanitaria” con la que se pretendió encubrir la operación de trata.

Un final impune

La liberación no significó el fin de los problemas judiciales de los implicados en el secuestro, porque para entonces los tribunales franceses habían tomado cartas en el asunto. Así y todo, los jueces parisinos también fueron benignos con un delito que merece hasta diez años de prisión y 750.000 euros de multa por niño. Llamativamente se fijó a cada uno de los 6 imputados el pago de 87.000 euros por cada niño, un total de 8.900.000 euros destinados a los familiares de los chicos secuestrados. Sin embargo, como no se definió qué organismo del Estado controlaría los pagos fue imposible saber si los condenados pagaron las sumas estipuladas.

Además, debieron afrontar un proceso por estafa, iniciado por una pareja que había pagado 6.000 euros al Arca de Zoé a cambio de poder adoptar uno de los niños que nunca llegaron a Francia. Por este último delito, Eric Breteau y Emilie Lelouch fueron condenados por el Tribunal de Apelación de París a 2 años de prisión en suspenso y El Arca de Zoé debió pagar una multa de 100.000 euros y autodisolverse. Para entonces habían pasado siete años del secuestro frustrado de los niños, y Breteau y Lelouch tenían otros planes. Cumplido el período de prisión en suspenso -que les impedía salir del país – se mudaron a Sudáfrica para regentear un hotel que compraron con fondos de origen más que incierto.

Lejos de las ficciones hollywoodenses, el plan que intentó perpetrar El Arca de Zoe fue recreado en una película francesa que cuenta descarnadamente los hechos. Estrenada en 2015, Les chevaliers blancs (Los caballeros blancos), dirigida por Joachim Lafosse y protagonizada por Vincent Lindon, Louise Bourgoin, Valérie Donzelli y Reda Kateb, se centra en las contradicciones, el mesianismo y la delgada línea entre la ayuda humanitaria y la irresponsabilidad que hicieron posible que la siniestra Ong francesa pudiera montar su siniestra operación de trata de niños y casi tener éxito.

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