Las misiones de la “más peligrosa de todas las espías aliadas”, la agente con una leve renguera que Klaus Barbie nunca pudo capturar

Nacida en los Estados Unidos el 6 de abril de 1906, Virginia Hall tenía el sueño de ser diplomática, pero un accidente de caza donde perdió una pierna y su condición de mujer se lo impidieron. Rechazada en su país, se convirtió en una de las más legendarias espías británicas detrás de las líneas enemigas y tuvo un papel clave en la preparación del desembarco aliado en Normandía

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Virginia Hall
Virginia Hall desafió barreras de género y discapacidad para destacar como espía aliada durante la Segunda Guerra Mundial en Francia

La estadounidense Virginia Hall las tenía todas en contra para cumplir su sueño de ser diplomática: un accidente la había dejado sin una pierna y, además, era mujer en una época donde el oficio estaba reservado casi exclusivamente a los hombres. Otra podría haberse sentido derrotada y abandonar toda ilusión, pero ella no. Si la diplomacia le había cerrado la puerta, se esforzó por abrir otra tanto o más difícil, la del mundo del espionaje, y lo logró. No en para su país natal sino para Gran Bretaña, al servicio de la cual descolló durante la Segunda Guerra Mundial y no sentada frente a un escritorio para analizar información sino jugándose la vida en la Francia ocupada. Se la conocía como “Marie Monin”, “Diane”, “Marie of Lyon”, “Camille”, e incluso “Nicolas”, pero siempre será recordada como “Germaine”, la espía renga que puso en ridículo una y otra vez al nazi Klaus Barbie, el temible “Carnicero de Lyon”.

Barbie estaba tan desesperado por capturarla que una mañana de mayo de 1942 los habitantes de esa ciudad francesa encontraron las paredes “decoradas” con el retrato –en realidad un identikit muy elaborado– de una mujer. Los carteles que reproducían su supuesto rostro habían sido impresos y pegados por orden de la Gestapo local -en sintonía con el gobierno colaboracionista de Vichy-, como último recurso para atraparla. Debajo del retrato se leía: “Esta mujer que cojea es una de las más peligrosas agentes de los aliados en Francia, y debemos encontrarla y destruirla”. La llamaban “Germaine”, ni los nazis ni la resistencia francesa conocían su verdadero nombre, que era un secreto que solo compartían dos personas dentro del Servicio de Operaciones Especiales (SOE) británico.

Para la fecha en que la Gestapo imprimió los carteles con su identikit ya se había convertido en una leyenda: era la primera mujer espía enviada por los británicos a un territorio ocupado, había armado una red de agentes locales que era un dolor de cabeza para los nazis y montado un equipo radial móvil que enviaba casi diariamente información a Londres sin que lo detectaran. En los meses siguientes y hasta el final de la guerra, “Germaine” sería protagonista de otras hazañas: rompería el cerco en que ya la creían atrapada, cruzaría –con su pierna de madera– los Pirineos en pleno invierno para llegar a España, y retornaría a Londres sólo para volver a Francia y colaborar con la preparación del terreno para el “Día D”.

Terminada la guerra se convirtió en la primera mujer que se incorporó a la CIA, donde se la consideraba una leyenda viviente. En su homenaje, en 2019 el Museo Internacional del Espionaje, en Washington, montó una exposición permanente sobre “la espía coja”, donde se pueden ver muchas de sus pertenencias, la identificación falsa que usó como corresponsal norteamericana en Francia y una de las valijas con radiotransmisor que utilizo en sus misiones. Su vida también fue contada, aunque con muchas licencias de ficción, ese mismo año por la película A Call to Spy, donde la encarna Sarah Megan Thomas.

Virginia Hall
Tras la guerra, Hall fue la primera mujer en integrarse a la CIA y recibió condecoraciones de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña

Una pierna llamada “Cuthbert”

Virginia Hall Goilott nació el 6 de abril de 1906 en Baltimore, Estados Unidos, y creció sabiendo que por mandato familiar estaba destinada a grandes cosas y fue preparada para lograrlas. Estudió en el Radcliffe College, facultad para mujeres de la Universidad de Harvard; en el Barnard College, la facultad femenina de la Universidad de Columbia, y un posgrado en la Universidad Americana de Washington D. C., donde aprendió francés, italiano y alemán. Viajó por Europa y estudió en la Escuela de Ciencias Políticas de París, en la Konsularakademie de Viena y en Alemania.

Cuando terminó sus estudios de posgrado aceptó un puesto de secretaria en la Embajada de Estados Unidos en Varsovia y desde allí fue trasladada a Esmirna, en Turquía. Parecía el inicio de una prometedora carrera diplomática, porque Virginia Hall consideraba ese puesto de secretaria como el primer escalón hacia lo más alto de cuerpo exterior de los Estados Unidos. Sabía que como mujer sería difícil ir más allá de ese cargo, pero estaba dispuesta a poner todo su esfuerzo por lograrlo.

Entonces sufrió una desgracia que le puso las cosas todavía más difíciles. Cuando participaba de una partida de caza en la península de Anatolia, Turquía, tropezó y se disparó accidentalmente con la escopeta en la rodilla. La herida no era grave en sí, pero demoraron en atenderla, la pierna se le gangrenó y debieron amputársela para salvarle la vida. Desde entonces utilizó una pierna ortopédica –la de mejor calidad que podía conseguirse en esos tiempos– que le permitía caminar pero que no impedía que lo hiciera con una leve cojera. Virginia llamó “Cuthbert” a esa pierna y hablaba de ella como si se tratara de una persona.

Ese accidente le cambió la vida. Si ser mujer ya era un obstáculo para avanzar en la carrera diplomática, la discapacidad se transformó en un impedimento real. El Departamento de Estado rechazó su ingreso a la carrera diplomática. Podría seguir siendo una empleada administrativa de confianza, pero no avanzar más allá.

Una reciente investigación sobre la vida de Hall dejó en claro, sin embargo, que lo de la pierna fue una excusa utilizada por el Departamento de Estado para impedirle seguir la carrera diplomática. En Una mujer sin importancia, una biografía de Hall publicada en 2020, la historiadora Sonia Purnell sostiene que “ser mujer fue un obstáculo en su carrera, porque no se comportaba como se suponía que debían hacerlo las mujeres en aquel entonces, y su coraje, su ambición, hizo que muchos hombres se sintieran amenazados”. Y aporta una prueba: “Aparentemente la rechazaron porque le había sido amputada una pierna, pero sé de al menos otro hombre que había perdido ambas piernas en la Primera Guerra Mundial y que, justo en la misma época, no tuvo problemas para unirse” al servicio diplomático de los Estados Unidos.

Virginia Hall
La cobertura de periodista y su discapacidad le permitieron a Hall acceder a información clave y organizar redes de resistencia en la Lyon ocupada

Dos mujeres decididas

Al ver frustrada su carrera, Hall decidió abandonar su puesto de secretaria administrativa y buscar destinos más interesantes. Durante meses perfeccionó su manera de caminar con “Cuthbert” hasta que logró que su cojera pasara casi inadvertida –podía, incluso, correr con cierta dificultad- y también aprendió a andar en bicicleta usando la pierna ortopédica. Para entonces, el fascismo y el nazismo avanzaban en Europa y Hall decidió aportar lo suyo para detenerlos. Viajó a Francia y se incorporó al servicio de ambulancias como voluntaria, pero el avance de las tropas alemanas ya era incontenible. Cuando los franceses se rindieron, escapó en bicicleta hasta la costa y pudo embarcarse en uno de los últimos ferrys que zarparon hacia Gran Bretaña.

Su llegada a Londres pareció al principio un paso atrás en su vida. Sin recursos, se presentó en la Embajada de los Estados Unidos y consiguió –dados sus antecedentes en Varsovia y Esmirna– que la volvieran a emplear como secretaria. Sin embargo, ese aparente retroceso le abrió una puerta que cambiaría para siempre su vida. En uno de los tantos eventos sociales del cuerpo diplomático conoció a una mujer tan postergada como ella –en este caso también por su género y por su condición de extranjera en Londres– pero con el poder suficiente como para abrirle una nueva puerta: la del mundo del espionaje en tiempos de guerra.

La mujer se presentaba como Vera Atkins, pero su verdadero nombre era Vera May Rosenberg, nacida en Rumania en 1908, hija de la ciudadana británica Hilda Atkins y del ciudadano alemán –de origen judío- Max Rosenberg. Vera había estudiado francés en la Sorbona hasta que la invasión alemana a Francia la llevó también a ella a Londres. Por contactos familiares pudo ingresar, pese a ser extranjera, a la Sección F, o Sección Francesa, de la Dirección de Operaciones Especiales (SOE), una organización secreta creada por Winston Churchill.

En el organigrama de la SOE, Atkins figuraba como la secretaria del coronel Maurice Buckmaster. Al principio lo fue, pero el militar descubrió rápidamente sus aptitudes como organizadora y –pese a que por su condición de extranjera siguió con ese cargo administrstivo– la hizo su asistente personal, la capacitó personalmente en el trabajo de inteligencia y le dio la tarea de reclutar mujeres para que cumplieran misiones detrás de las líneas enemigas como mensajeras y operadoras de radio.

Cuando conoció a Virginia Hall, Vera Atkins supo que había descubierto una verdadera pieza de oro para la inteligencia británica. Hall hablaba alemán, italiano y francés muy correctamente, pero, y sobre todo, su inglés norteamericano –cuando los Estados Unidos aún no habían entrado en la guerra– le permitía encarnar a la perfección el personaje de cobertura de buscaba: la de corresponsal de un diario estadounidense en la Francia ocupada. Su cojera, además, en lugar de jugarle en contra, reforzaba su cobertura mostrándola como “inofensiva”. Atkins y el coronel Buckmaster se ocuparon personalmente de entrenar a Virginia como espía y operadora de radio, manejo de armas y colocación de explosivos. Su último entrenamiento fue como paracaidista. Para principios de 1941 ya estaba lista para su primera misión en territorio enemigo.

Vera Atkins
Vera Atkins entrenó un gran número de mujeres espías durante la Segunda Guerra Mundial, incluida Virginia Hall

“Germaine” entra en acción

Con documentos de identidad y una credencial de prensa falsos, Virgina Hall se lanzó en paracaídas en la Francia ocupada, en las cercanías de Lyon, donde la esperaba un contacto de la Resistencia Francesa. Su principal objetivo era garantizar organizar la repatriación segura –mediante vuelos clandestinos– de los pilotos británicos cuyos aviones habían sido derribados sobre suelo francés y servir de apoyo a otros agentes del SOE, que la conocían solo por su nombre en clave, “Germaine”.

Su cobertura como periodista y esa discapacidad que la mostraba como inofensiva le permitieron también conseguir información incluso de fuentes enemigas, entrevistando a altos mandos militares en Lyon. Además, pudo armar una red de agentes locales bajo el nombre de “Heckler”, con lo que consiguió casas seguras para operar y a los que también capacitó para operaciones de sabotaje con explosivos.

Durante más de un año pudo trabajar sin ser descubierta, pero a mediados de 1942 debió dejar su papel de corresponsal extranjera porque esa cobertura no resistía más. Los rumores sobre la existencia de “una espía coja” que trabajaba con la Resistencia habían llegado a oídos de la Gestapo y su jefe, Klaus Barbie, “El Carnicero de Lyon”. Desde entonces, Atkins siguió trabajando en la más completa clandestinidad. Era la mujer más buscada de la ciudad.

Pese a sus precauciones, para noviembre de 1942 estaba prácticamente acorralada. Barbie había logrado infiltrar a un agente en la Resistencia y los miembros de la red de espionaje armada por Hall empezaron a caer uno tras otro. El agente llamaba Abbe Ackuin, utilizaba el nombre en clave de “Bishop” (“Obispo”, en inglés), y su principal misión era detectar y capturar a la ya legendaria “dama coja”.

Al saberlo, el Servicio de Operaciones Especiales británico le ordenó que saliera de Lyon y tratara de volver a Londres. Le dijeron también que era imposible sacarla en un vuelo clandestino, ya que la infiltración en la Resistencia los hacía imposibles, y que encontrar cómo salir por sus propios medios. Virginia huyó de Lyon en bicicleta y logró atravesar el cerco que se había montado para capturarla. Gracias a sus contactos locales de mayor confianza pudo organizar su salida de Francia por una ruta que parecía imposible para una mujer con su discapacidad: atravesando los Pirineos con la ayuda de un guía.

Lo logró, aunque llegar a territorio español no terminó con sus dificultades. Fue detenida cerca de la frontera por la Guardia Civil por entrar al país sin visa y encarcelada en Figueres durante seis semanas. Su condición de ciudadana norteamericana la salvó de ser devuelta a Francia y entregada a los nazis hasta que, finalmente, las presiones de la Embajada estadounidense sobre Francisco Franco hicieron que fuera liberada y pudiera viajar a Inglaterra. Su carrera como espía en territorio enemigo parecía terminada. Pero no fue así: todavía la esperaba una misión de importancia decisiva para el curso de la guerra.

Klaus Barbie
La actuación clandestina de Hall fue tan efectiva que la Gestapo de Klaus Barbie la declaró “la más peligrosa de las agentes aliadas en Francia”

Las mujeres del Día “D”

A mediados de 1943, Vera Atkins y el coronel Buckmaster le pidieron que, pese a los riesgos, aceptara una nueva misión. Cuando les preguntó de qué se trataba, solo le dijeron que se iría enterando paso a paso. No podían decirle que se trataba de apoyar una misión de desembarco. Virginal Hall aceptó. En esta ocasión se lanzó sobre territorio francés junto con otras mujeres del SOE -Diana Rowden, Violette Szabo y Lilian Rolfe– que sabían tanto como ella de la misión que deberían cumplir.

En el territorio ocupado, Virginia adoptó una cobertura completamente diferente a la anterior. Ya no era una periodista norteamericana sino una anciana francesa de nombre Marcelle Montagne, que trabajaba en el pueblito de Crozant, apenas un punto en el mapa del centro del país, en la granja de un campesino francés cuidando vacas y haciendo quesos. Desde allí recopilaba información sobre los movimientos de las tropas alemanas y coordinaba con la Resistencia las acciones de sabotaje para impedir su avance.

Esa cobertura le duró poco, los nazis capturaron y torturaron a una decena de campesinos franceses sospechosos de pertenecer a la Resistencia y uno de ellos reveló la existencia de la agente inglesa disfrazada de anciana. “Los lobos están en la puerta”, transmitió Virginia por última vez desde la granja de Crozant y huyó hacia Cosne, donde retomó el contacto y recibió una nueva misión; organizar grupos operativos de resistentes franceses que se encargaran de volar vías ferroviarias, puentes, rutas e instalaciones del ejército alemán para demorar su avance hacia Normandía para resistir el desembarco aliado.

La participación de Hall fue considerada “vital” por la inteligencia aliada en los pasos que faltaban dar para el complejo “Día D”, cuyo eje requería alto grado de secreto porque el lugar exacto del desembarco en Normandía no podía llegar a oídos de la Wehrmatch, a la cual la resistencia debía hostigar para restarle capacidad a las fuerzas empeñadas en hacer frente a la legión anglo-norteamericana que significaría un duro golpe a Hitler, quien ya retrocedía en el frente oriental.

Virginia Hall
Se la conocía como “Marie Monin”, “Diane”, “Marie of Lyon”, “Camille”, e incluso “Nicolas”, pero siempre será recordada como “Germaine”

“Heroína de guerra”

Luego de la liberación de Francia, Virginia Hall fue destinada a Paris para cumplir sus últimas misiones hasta su vuelta a Londres, donde fue recibida como una “heroína de guerra” y recibió condecoraciones de tres países. Francia le otorgó la Croix de Guerre avec Palme, Gran Bretaña la convirtió en miembro de la Orden del Imperio Británico, y el gobierno de los Estados Unidos le entregó la Cruz del Servicio Distinguido. Su amiga, reclutadora y mentora Vera Atkins también logró un tardío reconocimiento por su labor en la guerra: le concedieron la ciudadanía británica que le habían negado durante años y le otorgaron el grado de oficial de inteligencia que merecía desde hacía mucho tiempo.

Poco después, su país natal –el mismo que le había cerrado las puertas de una carrera diplomática– le hizo una oferta que no pudo ni quiso rechazar: ser la primera mujer en incorporase a la flamante Central Intelligence Agency (CIA). Fue una de las primeras mujeres en alcanzar cargos de alto nivel en la agencia de espionaje estadounidense, para la que trabajo hasta 1966, cuando debió jubilarse obligada por la edad.

Virginia Hall murió por causas naturales el 8 de julio de 1982 en Rockville, Maryland, a los 76 años. Siempre se sintió orgullosa de las condecoraciones recibidas por su desempeño en la guerra, pero su mayor satisfacción era que Klaus Barbie la hubiese calificado como “la más peligrosa de todas las espías aliadas”.

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