
Entre los posibles veredictos estaba la condena a muerte por intentar un golpe de Estado, pero en el aire que se respiraba en la sala del Tribunal Popular de Múnich donde se juzgaba a Adolf Hitler se respiraba indulgencia y simpatía, o quizás complicidad. Tanta que al momento de su alegato final el fiscal a cargo de la acusación pareció ser el abogado defensor. “Hitler es un hombre dotadísimo que, con poco, ha alcanzado merced a su seriedad y a su trabajo incansable una posición respetada en la vida pública. Se ha sacrificado totalmente a las ideas que lo imbuyen y ha cumplido plenamente su deber de soldado. No podemos reprocharle haber aprovechado en beneficio propio la situación que se ha labrado”, había dicho sin ruborizarse.
Por eso, el 1° de abril de 1924, día fijado para la sentencia, nadie esperaba la pena capital. Sentados en el banquillo de los acusados estaban Hitler, por entonces cabecilla del recién nacido Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), y cuatro de sus secuaces, imputados por el intento de golpe contra el gobierno de la República de Weimar iniciado el 8 de noviembre del año anterior en la cervecería Bürgerbräukeller de Múnicj. La movida -que pasó a la historia como “el pustch de la cervecería” – fracasó, Hitler fue detenido y llevado a juicio por alta traición y el asesinato de cuatro policías, cargos que, según las leyes vigentes, podían acarrearle la pena de muerte. Sin embargo, a la hora del fallo, la sentencia sorprendió: le dieron apenas cinco años de cárcel.
En realidad, el proceso penal resultó un negocio redondo para el futuro dictador alemán. Pese a que el juicio se realizó a puertas cerradas, el tribunal habilitó la presencia de periodistas alemanes y corresponsales extranjeros, que en sus crónicas amplificaron el alcance de los discursos del líder nazi al punto de convertir el banquillo de los acusados en una tribuna política. Le sirvió para reafirmar su liderazgo en el NSDAP y mostrarse como figura casi excluyente de la ultraderecha alemana al asumir toda la responsabilidad del golpe.
“No he acudido ante el tribunal para negar nada ni evitar mis responsabilidades. Este golpe lo he llevado a cabo solo. En última instancia, soy el único que lo deseaba. Los demás acusados únicamente han colaborado conmigo al final. Estoy convencido de no haber deseado nada malo. Cargo con la responsabilidad de todas las consecuencias. Pero debo decir que no soy un criminal y que no me creo tal, todo lo contrario”, dijo en una encendida declaración frente a los jueces con la Cruz de Hierro que le habían otorgado por su valentía en la Primera Guerra Mundial clavada en su pecho.
Pero no fue solo eso, Hitler también aprovechó su estancia en la prisión para dictarle a Rudolf Hess el libro que se convertiría en la biblia nazi, Mein Kampf (“Mi Lucha”). Lo que debió ser una condena ejemplar se convirtió para él en una ventaja política enorme.
El fallo fue calificado por la prensa alemana e internacional como “una farsa y una burla” o “una parodia judicial”, pero el daño ya estaba hecho. El artífice principal había sido el propio juez Georg Neithardt, simpatizante de las ideas nazis, que lo acusó sólo de una parte de los delitos cometidos durante el golpe y desestimó los más graves. Incluso se dio el lujo de exaltar la figura de Hitler al dictar la sentencia, diciendo que el acusado había actuado “con un ánimo puramente patriótico y por los motivos más nobles y desinteresados”. Más que una sentencia, pareció una exaltación del hombre y del crimen que había cometido.

El espía que se convirtió
El día que fue condenado, Adolf Hitler tenía 33 años y hacía menos de cinco que había dado su primer paso en la política al incorporarse al ultraderechista Partido Obrero Alemán (DAP) liderado por el cerrajero Anton Drexler, luego de asistir, como espía del ejército, a un mitin realizado el 12 de septiembre de 1919 en otra cervecería de Múnich, la Sterneckerbräu, de la Avenida Tal 54. Había entrado allí por órdenes de sus superiores para hacer un informe de inteligencia sobre las actividades de la organización, es decir, para espiar a los concurrentes.
Cuando fue a espiar, el joven Adolf no tenía militancia política alguna, pero sí unas pocas ideas claras sobre lo que pasaba en Alemania. Culpaba a los gobernantes socialdemócratas por haber promovido el humillante armisticio que había oficializado la derrota alemana en la Gran Guerra y acusaba también a los políticos socialistas y marxistas de haber traicionado y “apuñalado por la espalda” al Ejército y a los ciudadanos alemanes. Los mismo que pensaban muchos otros veteranos de guerra y buena parte de los ciudadanos.
Las instrucciones de sus superiores eran claras: pasar inadvertido e informar sobre lo que veía. Nadie le había ordenado hablar durante la asamblea, pero el joven espía no pudo contenerse y con un discurso flamígero interrumpió al orador oficial. En una improvisada mesa redonda, uno de los presentes, de apellido Baumann, sostuvo que Baviera debería separarse de Alemania y anexarse a Austria, una propuesta que indignó al hasta entonces silencioso espía, a pesar de ser él mismo austríaco. Tomó la palabra y en una breve pero tajante intervención no solo hizo callar a su interlocutor, sino que impresionó con su fervor y sus dotes para la oratoria a los dirigentes del partido, especialmente a Drexler, el presidente del partido.
El impacto debió ser grande porque al terminar la reunión, el líder del DAP se acercó a Hitler, le propuso sumarse a la organización y lo invitó a participar, ya como orador, en un próximo mitin que se realizaría un mes más tarde, el 16 de octubre. El joven informante aceptó y se convirtió en el afiliado número 555 del Partido Obrero Alemán, una numeración mentirosa, porque para ocultar la escasez de partidarios, la lista de integrantes del DAP se iniciaba con el número 500.
En el mitin del 16 de octubre, Adolf Hitler volvió a mostrar sus capacidades como propagandista, con las que sedujo a las apenas 111 personas presentes, que salieron “electrizadas” luego de escuchar su primer discurso como integrante del partido. “En un torrente de palabras irresistible y de tensión creciente, durante treinta minutos descargó todas las pasiones, afectos que se habían acumulado en él desde los lejanos días del asilo para hombres, con todos aquellos sentimientos de odio almacenados en sus monólogos frustrados; como en una erupción volcánica, que tenía su base en la falta de contacto y de conversación de aquellos años anteriores, salían despedidas las frases, disparadas las locas imágenes y las acusaciones”, describe Joachim Fest, en Hitler. Una biografía.
De allí en más, su carrera ascendente en el partido se volvió vertiginosa. Lo nombraron responsable de propaganda, un lugar desde el cual se volvió cada vez más influyente. Tanto que apenas unos meses después, el 24 de febrero de 1920, no solo fue uno de los fundadores del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), heredero DAP, sino el redactor junto a Drexler, de su programa político.

Los 25 puntos de Hitler
En ese programa de 25 puntos, Hitler, convertido en una de las figuras de mayor peso en el partido, introdujo la existencia un grupo paramilitar uniformado, llamado más tarde Sturmabteilung (SA), similar al de las Camisas negras de Mussolini, así como postulados altamente racistas y antisemitas. En los puntos más salientes del programa ya se prefiguraban la futura guerra para obtener el “espacio vital” y la persecución de los judíos que llevaría al Holocausto. Allí se podían leer exigencias como estas:
-La reunificación de todos los alemanes, sobre la base del derecho de los Pueblos a la autodeterminación, a fin de crear una Gran Alemania.
-Reivindicamos espacio y tierras (colonias) que permitan alimentar a nuestro Pueblo y establecer en ellas nuestro excedente de población.
-No puede ser ciudadano, sino quien posee la cualidad de miembro de la comunidad nacional. No puede serlo sino quien tiene sangre alemana, cualquiera que sea su Confesión. Ningún judío, consecuentemente, podrá ser miembro de la comunidad nacional.
-Es necesario impedir toda nueva inmigración de personas no-alemanas. Demandamos que todas las personas no-alemanas llegadas a Alemania desde el 2 de agosto de 1914 sean constreñidas a abandonar el Reich inmediatamente.
Para el verano de 1921, Adolf Hitler había desplazado a los otros dirigentes fundadores y ya era el líder del partido, con poderes dictatoriales. A su alrededor comenzó a reunir personajes como Rudolf Hess, Hermann Göring, Ernst Hanfstaengl y Alfred Rosenberg, que serían determinantes en su carrera política y su ascenso al poder.

La intentona de Múnich
En los planes de Hitler y el resto de los dirigentes del NSDAP para gobernar Alemania los métodos de la democracia no tenían lugar. El camino que se fijaron fue otro y lo pusieron en práctica en noviembre de 1923 con un complot para tomar bajo su poder a la región de Baviera, de la que Múnich era la capital. El plan implicaba utilizar al comisionado estatal de Baviera, Gustav von Kahr, y a un importante general de la Primera Guerra Mundial, Erich Ludendorff, como símbolos del golpe. De lograrlo, y con Baviera bajo su control, Hitler marcharía hacia Berlín de la misma forma que Benito Mussolini había protagonizado la Marcha sobre Roma y que dio inicio al período fascista de Italia.
Fijaron la fecha para el 8 de noviembre, cuando von Kahr presidiría una importante asamblea en la cervecería Bürgerbräukeller. Hitler y las SA rodearon el local e irrumpieron en el mitin. El líder del NSDAP disparó al techo para interrumpir al orador, amenazó a los presentes, y con Ludendorff a su lado obligaron a von Kahr y a otros dos importantes asistentes, el general von Lossow, líder del ejército de Baviera, y el coronel von Seisser, jefe de la policía bávara, a acompañarlos a una habitación trasera, donde los obligaron a volver a salir para mostrar públicamente su apoyo a los nazis.
Una vez concretada esa parte del plan, Hitler salió de la cervecería para ocupar oficinas estatales y ampliar el golpe en otras partes de la ciudad. Se suponía que al menos 2.000 nazis tomarían el control de las reparticiones públicas y marcharían al día siguiente para demostrar que Múnich estaba en su poder. El líder nazi había organizado la marcha junto con Ludendorff, considerado un héroe de guerra, con la expectativa de que ningún miembro de la policía bávara se atreviese a dispararles. Fue un error de cálculo, porque después de haberle jurado lealtad bajo amenaza en la cervecería von Lossow se dio vuelta y dio la orden a sus policías subordinados de abrir fuego para contener la marcha y frustrar el golpe de Estado.
Las escaramuzas callejeras se prolongaron durante dos horas y dejaron a 16 nazis y cuatro policías muertos. Herido de bala, aunque no de gravedad, Hitler logró escapar a la casa de su amigo Ernst Hanfstaengl, donde se ocultó dos días hasta que la policía logró finalmente localizarlo y detenerlo. El golpe había fracasado y a su cabecilla, en lugar de la ansiada toma del poder, lo esperaba un proceso judicial donde podía ser condenado a muerte por golpista, asesino y traidor.

Una sentencia que fue victoria
El juicio se desarrolló entre el 26 de febrero al 1° de abril de 1924, ante un tribunal de cinco magistrados presidido por Georg Neithardt. Como la mayoría de los jueces del período de Weimar, Neithardt tendía, en los casos de alta traición, a demostrar indulgencia hacia los acusados de derecha que afirmaban haber actuado por sinceros motivos patrióticos.
Hitler aprovechó la indulgencia de los jueces para pontificar en contra de la República de Weimar. Afirmó que el gobierno federal en Berlín había traicionado a Alemania al firmar el Tratado de Versalles y justificó sus actos al sugerir que existía una clara e inminente amenaza comunista para Alemania.
Todas las penas dictadas fueron llamativamente benignas. Hitler fue condenado a cinco años de cárcel en una fortaleza, de los que se restaron los seis meses que habían pasado en prisión preventiva. Los demás acusados, entre ellos Ernst Röhm, recibieron condenas tan cortas que quedaron compensadas por el período que habían pasado encerrados preventivamente y obtuvieron la libertad condicional tras el juicio, a pesar de ser uno de los cabecillas más conspicuos, fue absuelto. El tribunal justificó la clemencia argumentando que a los golpistas “los había guiado un espíritu puro de patriotismo y la voluntad más noble”. El líder nazi evitó, además, ser deportado a su país natal, Austria, porque según los jueces esa pena no podía aplicarse a un hombre “que piensa y siente como alemán”.
El fallo fue celebrado por los nazis, pero despertó la indignación de gran parte de la opinión pública y la prensa alemanas. “El fallo del juicio es una farsa y una burla”, sostuvo en un editorial el Frankfurter Zeitung, por citar un solo ejemplo.

La cárcel y el ascenso
Adolf Hitler fue recluido en la celda número 7 de la prisión de la antigua fortaleza de Landsberg, donde disfrutó de condiciones de encierro impensadas para un preso. Las autoridades le permitieron vestir de civil, reunirse con otros reclusos cuando quisiera y mantener correspondencia sin censura y sin límites. Aprovechó esa situación para reunirse durante horas con su secretario personal, Rudolf Hess, también condenado por el putsch, para dictarle su autobiografía, Mein Kampf, que se convertiría en el libro guía para sus seguidores.
En ese encierro dorado, Hitler encontró el ámbito ideal para reflexionar sobre sus errores e idear la siguiente fase de su asalto al poder. Sólo cumplió ocho meses de cárcel porque el 20 de diciembre de 1924 la justicia alemana le conmutó la sentencia y recuperó la libertad. En lugar de sacarlo de la escena política, el putsch fracasado, el juicio transformado en tribuna para sus discursos y la redacción de Mein Kampf lo convirtieron en una figura popular entre los alemanes.
Convencido de que no lograría tomar el poder a través de una rebelión, el líder nazi reestructuró su partido y logró más tarde ganar escaños en el Parlamento alemán a través de elecciones. Para 1928, obtuvo unas escasas doce bancas, pero para 1932 ya tenía 230. A principios de 1933, aunque los nazis distaban de ser la fuerza mayoritaria, los partidos conservadores presionaron al presidente alemán, Paul von Hindenburg, para que nombrara canciller a Adolf Hitler, con la idea de utilizar al líder nazi como instrumento de sus políticas y frenar el avance de las fuerzas de izquierda. Dos meses más tarde, luego del incendio del edificio del Reichstag, del que acusó a los comunistas, Hitler se hizo del poder absoluto en Alemania, un poder que utilizaría para desatar la mayor guerra del siglo XX y perpetrar el Holocausto.
Aquel juicio y la benigna condena dictada el 1° de abril de 1924 marcaron uno de los primeros hitos de ese recorrido. Como sostiene David King en El juicio de Adolf Hitler. El putsch de la cervecería y el nacimiento de la Alemania nazi: “La víspera del juicio, Adolf Hitler era una figura política menor, si bien bastante ambiciosa, a la que un grupo relativamente pequeño de incondicionales idolatraba. En la prensa internacional, su nombre seguía apareciendo mal escrito, y los perfiles biográficos que le dedicaban contenían numerosas imprecisiones (…) En cuanto comenzara el juicio, sin embargo, esos días estarían contados”.
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