
Imaginemos por un momento el escenario: el sol del atardecer tiñe de dorado las aguas del río Paraná, que serpentea con fuerza frente a una pequeña villa llamada Rosario, en lo que entonces era el Pago de los Arroyos, una tierra de frontera en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Hace calor. El aire huele a tierra húmeda y a pólvora reciente, porque allí, en esas barrancas escarpadas, se han levantado dos baterías de artillería: Libertad e Independencia, construidas con urgencia para defender la costa de posibles ataques realistas. Es el 27 de febrero de 1812, y un hombre de 41 años, abogado de formación pero soldado por convicción, decide dar un paso que cambiará para siempre la identidad de una nación en gestación. Ese hombre es Manuel Belgrano y, en ese preciso instante, alrededor de las 18:30, hace flamear por primera vez una bandera con colores celeste y blanco, un emblema que no solo unirá a sus tropas, sino que se convertirá en el símbolo de la lucha por la independencia.
Belgrano no era un militar de carrera. Nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, hijo de Domenico Belgrano Peri, italiano, y María Josefa González Casero, criolla. Realizó sus estudios en España, en las universidades de Salamanca y Valladolid, donde absorbió las ideas ilustradas de la Revolución Francesa y el liberalismo económico. De regreso en el Río de la Plata, se convirtió en secretario del Consulado de Comercio, donde promovió reformas agrícolas y educativas. Pero la Revolución de mayo de 1810 lo transformó: se unió a la causa patriota, participó en la expedición al Paraguay y en febrero de 1812 el Primer Triunvirato —compuesto por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso— le encomendó fortificar las costas del Paraná contra las incursiones españolas desde Montevideo.
Fue en ese contexto de tensión y urgencia donde Belgrano vio la necesidad de un símbolo unificador. Semanas antes, el 13 de febrero, había propuesto al gobierno la creación de una escarapela nacional para distinguir a sus soldados de los realistas, que usaban el rojo. “Los soldados necesitan un distintivo que los identifique y los anime”, argumentaba en su oficio. El Triunvirato aprobó la idea el 18 de febrero: “Sea la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de color blanco y azul celeste”. Entusiasmado, Belgrano no se detuvo allí. Sin esperar más instrucciones, mandó a confeccionar una bandera con esos mismos colores y la izó en la ceremonia de inauguración de las baterías.

El acto fue solemne y cargado de emoción. Belgrano formó a sus tropas —unos 200 hombres, entre milicianos y artilleros— frente a la batería Libertad, en las barrancas rosarinas, y a la batería Independencia, en la isla del Espinillo, al otro lado del río. Según relatos históricos, hizo jurar lealtad a la nueva enseña, proclamando: “Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad”. En su informe al gobierno, escribió con sencillez: “Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de Vuestra Excelencia”. Pero la aprobación no llegó.
El Triunvirato, temeroso de las repercusiones internacionales —pues aún se gobernaba formalmente en nombre del rey Fernando VII, cautivo de Napoleón—, prohibió su uso el 3 de marzo y ordenó que se ocultara para evitar “escándalos”. Belgrano, que ya marchaba hacia el norte para asumir el mando del Ejército del Norte, no recibió la orden a tiempo. La bandera siguió con él, flameando en su espíritu y en las batallas por venir, como un acto de rebeldía sutil que prefiguraba la independencia total.
Pero, detrás de esa primera bandera hay una historia de manos anónimas y dedicación silenciosa. La tradición rosarina, respaldada por documentos y testimonios locales, atribuye su confección a María Catalina Echevarría de Vidal, una mujer de origen vasco nacida en Rosario alrededor de 1782.
Huérfana de joven, fue adoptada por la familia Tuella, dueños de un almacén en la villa. En 1812, con unos 30 años, María Catalina hospedaba a Belgrano en su casa familiar, junto a su hermano Vicente Anastasio Echevarría, un amigo cercano del prócer. Belgrano, necesitado de telas urgentes, recurrió al almacén de los Tuella: tomó seda celeste y blanca, y le pidió a María Catalina que cosiera el pabellón. Con la ayuda de dos vecinas —cuyos nombres se perdieron en el tiempo, pero que la tradición identifica como mujeres del pueblo—, trabajaron en secreto durante días. Agregaron hilos dorados en los bordes para darle un toque de solemnidad.

María Catalina no solo cosió la bandera, sino que asistió a la ceremonia de izamiento, un hecho excepcional en una época donde las mujeres rara vez participaban en actos militares. Su rol fue invisibilizado durante años, pero en el siglo XX su memoria fue rescatada del olvido. En 2012, al bicentenario del izamiento, una placa en el Monumento Nacional a la Bandera, en Rosario, reconoció su aporte. Hoy, su figura representa el papel de las mujeres en la independencia, esas “costureras de la patria” que tejieron no solo telas, sino también el futuro de una nación.
El diseño original de esa bandera no era exactamente el que conocemos hoy. Según el oficio de Belgrano y reconstrucciones históricas, constaba de dos franjas horizontales: una blanca y una celeste, posiblemente blanca arriba y celeste abajo, o viceversa. Algunas fuentes mencionan tres franjas, pero la mayoría coincide en la simplicidad de dos paños cosidos. No había sol en el centro; ese detalle vendría después. Durante la campaña al Alto Perú en 1812-1813, Belgrano usó variantes de este diseño. Las más famosas son las llamadas “Banderas de Macha”, también conocidas como “de Ayohuma”, que acompañaron al Ejército del Norte en batallas como Vilcapugio y Ayohuma. Tras las derrotas, Belgrano ordenó ocultarlas en una capilla de la localidad de Macha, en el actual territorio boliviano, para evitar que cayeran en manos españolas. Fueron redescubiertas en 1883-1885 detrás de cuadros religiosos en la iglesia de Titiri, cerca de Macha. Una de ellas con tres franjas, celeste-blanca-celeste, fue devuelta a la Argentina en 1896 y se conserva en el Museo Histórico Nacional, en Buenos Aires. Es considerada la bandera argentina más antigua preservada. La otra, con franjas blanca-celeste-blanca, permanece en el Museo Casa de la Libertad en Sucre, Bolivia.
Estas reliquias, deterioradas por el tiempo pero restauradas con cuidado —como la intervención de 2023 en la Bandera de Macha argentina, que reveló telas de seda originales del siglo XIX—, son testigos mudos de las luchas independentistas.
Estudios científicos, como los del CONICET en 2024, confirmaron su origen en 1813, usando técnicas de análisis textil para datar las fibras.

¿Por qué precisamente celeste y blanco? Belgrano nunca lo explicó de manera explícita en sus escritos, lo que ha generado debates entre historiadores durante siglos. La hipótesis más aceptada vincula los colores a su profunda devoción católica, particularmente al dogma de la Inmaculada Concepción de María. Belgrano, como devoto mariano —juró defender este dogma al graduarse en Valladolid—, se inspiró en la iconografía tradicional de la Virgen: túnica blanca simbolizando pureza e inocencia, y manto azul celeste representando el cielo y la eternidad. Esta advocación estaba arraigada en el Río de la Plata; además, los colores evocaban la Orden de Carlos III, una distinción española creada en 1771 por la Casa de Borbón, dinastía reinante en España. La orden usaba una banda celeste y blanca, también bajo la advocación de la Inmaculada. No era un acto de lealtad al rey —Belgrano era un independentista convencido—, sino una elección estratégica: diferenciaba a los patriotas del rojo realista sin romper abiertamente con la tradición hispana, en un momento de transición política. Muchos coinciden en que la devoción mariana es la clave: Belgrano veía en María un símbolo de libertad y pureza para la nueva patria.
El camino hacia el reconocimiento oficial fue tortuoso. Tras el izamiento de 1812, la bandera se usó en campañas militares, como en el Éxodo Jujeño y las victorias de Tucumán (1812) y Salta (1813), donde Belgrano la bendijo en la catedral de Jujuy el 25 de mayo de 1813. Pero no fue hasta el 20 de julio de 1816, once días después de declarar la Independencia en el Congreso de Tucumán, que se estableció por ley que la bandera celeste y blanca sería el distintivo de las Provincias Unidas. El Congreso, reunido en la Casa de Tucumán —hoy un museo histórico—, aprobó: “Elevada la Nación a la categoría de nación independiente, se hace necesario el uso de una bandera que la distinga de las demás naciones”. El 25 de febrero de 1818, el mismo Congreso agregó el Sol de Mayo en el centro de la franja blanca, inspirado en el sol que iluminó el cielo durante la Revolución de Mayo y en la primera moneda patria de 1813. Este sol, con 32 rayos alternos rectos y flamígeros, simboliza el amanecer de la libertad.
Durante las guerras civiles del siglo XIX hubo variaciones: banderas con franjas verticales, o con escudos provinciales. En 1853, la Constitución Nacional confirmó el diseño, pero hasta 1985 coexistieron dos versiones: la “bandera mayor” con sol para usos oficiales, y la “menor” sin sol para civiles. La Ley 23.208 unificó: la única Bandera Oficial es la con sol, de tres franjas horizontales iguales, celeste las exteriores y blanca la central. A lo largo de la historia, la bandera ha evolucionado no solo en diseño, sino en significado.

En las guerras de independencia fue estandarte de San Martín en los Andes y de Güemes en el norte. Durante las invasiones inglesas de 1806-1807, ya se usaban colores similares en escarapelas improvisadas. En el siglo XX flameó en Malvinas en 1982, simbolizando soberanía, y en mundiales de fútbol, uniendo a millones en euforia colectiva. Hoy, el Monumento Nacional a la Bandera en Rosario —inaugurado en 1957— es el epicentro de las conmemoraciones. Cada 20 de junio, Día de la Bandera —en honor a la muerte de Belgrano en 1820—, escolares juran lealtad ante ella, recordando su legado de pobreza y dedicación: Belgrano murió en la miseria, donando su sueldo a escuelas.
En 2026, a 214 años del izamiento, la bandera sigue siendo un faro de unidad en tiempos de divisiones. Como dijo Belgrano en sus memorias: “Mucho me falta para ser un verdadero padre de la patria; me contentaría con ser un buen hijo de ella”. En las barrancas del Paraná, donde todo comenzó, el viento sigue agitando esos colores. Celeste y blanco, con un sol que ilumina el pasado y el futuro. Un símbolo nacido de la audacia de un hombre, las manos de una mujer y la fe de un pueblo que soñó con ser libre. Y así, 214 años después, la bandera argentina no es solo tela: es la historia viva de una nación.
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