El día que el caníbal Jeffrey Dahmer recibió 15 cadenas perpetuas por sus crímenes aberrantes: “¡Sos Satanás! ¡Quiero matarte!”

El 15 de febrero de 1992, un tribunal de Wisconsin condenó al “Carnicero de Milwaukee”, autor de 17 asesinatos y protagonista de una de las páginas más oscuras de la historia criminal de Estados Unidos. Engañaba y drogaba a jóvenes para matarlos con facilidad; luego cocinaba y comía partes de sus cuerpos y conservaba sus cerebros barnizados. En prisión provocó durante años a guardias y reclusos, hasta que fue asesinado a golpes por otro interno

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El asesino serial Jeffrey Dahmer
El asesino serial Jeffrey Dahmer fue declarado culpable del asesinato de 16 jóvenes y condenado a cadena perpetua en febrero de 1992 (AF/JP)

No volaba una mosca en la sala principal de audiencias de los tribunales de Milwaukee la noche del sábado 15 de febrero de 1992. En la calle, el invierno pegaba fuerte y hacía mucho frío y adentro la calefacción puesta casi al máximo no alcanzaba para eliminar la indiferente frialdad con que Jeffrey Dahmer esperaba la lectura de la sentencia. Las pruebas contra él eran tan escalofriantes como contundentes y sabía que no tenía escapatoria. Tampoco la quería. Por lo menos eso fue lo que dijo cuando le dieron la oportunidad de hablarle al tribunal antes de escuchar el fallo. “Nunca quise la libertad. Francamente, quería la muerte para mí. Sabía que estaba enfermo o era malvado, o ambas cosas. Los médicos me han hablado de mi enfermedad y ahora tengo algo de paz. Sé cuánto daño he causado. Me siento muy mal por lo que les hice a esas pobres familias”, dijo.

Esa, la de la enfermedad, había sido la estrategia de su defensa para que lo declararan insano, irresponsable de los cargos que se le imputaban: asesinatos, canibalismo, violaciones y necrofilia. Secuestraba o engañaba a hombres jóvenes, los drogaba, los mataba y violaba sus cadáveres. Después cocinaba y comía partes de sus cuerpos y guardaba sus cerebros barnizados. Por eso a Dahmer se lo conocía con dos apodos que la prensa utilizaba de manera indistinta: “El Caníbal” o “El Carnicero de Milwaukee”. La pretensión de hacerlo pasar por loco no funcionó y la condena fue la máxima que podían darle: 15 cadenas perpetuas consecutivas sin posibilidad de acceder la libertad condicional. No lo sentenciaron a muerte porque en el Estado de Wisconsin no se aplicaba la pena capital.

Cuando los agentes penitenciarios sacaban a Dahmer esposado y encadenado de la sala, Rita Isbell, hermana de la víctima Errol Lindsey, intentó abalanzarse sobre él mientras le gritaba: “¡Sos Satanás! ¡Quiero matarte!”. Dos policías la contuvieron antes de que pudiera pegarle. Donald Bradehof, hermano de otra víctima, se sumó a los gritos: “Perdimos al bebé de nuestra familia. Espero que te vayas al infierno”, le deseó con palabras entrecortadas por el llanto.

La condena -en realidad si era imputable o no - fue objeto de debate para criminólogos, psicólogos y psiquiatras forenses porque Jeffrey Dahmer no daba con el perfil típico de los asesinos en serie. “En mi opinión, Dahmer no responde ni al perfil clásico de criminal organizado, ni al del desorganizado, mientras que un asesino organizado sería legalmente cuerdo, y un asesino desorganizado sería para la ley claramente demente, Dahmer es ambas cosas, y ninguna de las dos. Es una especie de criminal mixto, por lo que cabía la posibilidad de que un tribunal considerase que no estaba en su sano juicio cuando cometió uno de sus últimos asesinatos”, explicó a los periodistas el perfilador Robert Ressler, creador de la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI, que había entrevistado exhaustivamente al Carnicero después de su detención. Esas entrevistas le permitieron reconstruir paso a paso la formación de la personalidad de Dahmer, tan retorcida como sus crímenes.

Pasión por las entrañas

Jeffrey Lionel Dahmer nació en Milwaukee, Wisconsin, el 21 de mayo de 1960. Era el único y deseado hijo de Lionel Dahmer y Joyce Anette Flint, quienes soñaban un gran futuro para él. La familia vivía sin contratiempos económicos, aunque la profesión de Lionel – era químico y trabajaba en una gran empresa – los obligaba a mudarse con frecuencia. En 1967, la familia se estableció de manera permanente en Bath, Ohio, donde Jeffrey pasó el resto de su infancia y adolescencia.

El “Carnicero de Milwaukee” fue
El “Carnicero de Milwaukee” fue condenado a 15 cadenas perpetuas consecutivas por el asesinato de 17 jóvenes (AP Photo)

El chico se llevaba muy bien con su padre y disfrutaba mucho ir a pescar con él. Se ocupaba de limpiar los pescados de una manera muy particular, los abría por la panza y se quedaba observando cómo morían antes de sacarles las vísceras. A los 10 años ya tenía una colección de piezas diseccionadas en formol, armada con animales muertos que recogía en una ruta cercana a su casa, los llevaba al patio y los abría para estudiar su interior. “Uno fue un perro grande que encontré en la ruta. Iba a separar la carne, blanquear los huesos, reconstruirlos y venderlo. Pero no llegué a hacerlo. No sé cómo empecé a meterme en esto; es una afición un poco rara. Encontré al perro y lo rajé para ver cómo era por dentro. Después se me ocurrió que sería divertido clavar la cabeza en una estaca y dejarla en el bosque. Llevé a uno de mis amigos y le dije que me lo había encontrado entre los árboles. También le tomé una fotografía”, le contó al perfilador Ressler.

Esa curiosidad por las entrañas de los animales muertos hizo que sus compañeros comenzaran a mirarlo como un freak y eso le dolió. Además, Dahmer se dio cuenta de que le atraían los varones y entró en conflicto. Era algo que no quería. “Por entonces la homosexualidad era mal vista en los Estados Unidos. Por eso intentó reprimir sus impulsos. Empezó a tener fantasías en las que mantenía relaciones sexuales con hombres a los que posteriormente asesinaba y descuartizaba. En el colegio, estas fantasías le tenían traumatizado y, para olvidarlas, empezó a beber. Muy de mañana se pasaba por la casa de un amigo y se tomaba un vaso de licor. Luego iba a clase”, describe esa época de Dahmer el periodista Chris Campos, uno de los fundadores del medio especializado Criminalia.

Jeffrey Dahmer era rechazado por
Jeffrey Dahmer era rechazado por sus compañeros por "freak", le gustaba diseccionar animales

La situación empeoró cuando se separaron sus padres. Se sintió perdido y para adormecer el dolor que le producía la situación además de seguir bebiendo empezó a consumir drogas. Un año más tarde saltó de los animales al hombre y cometió su primer crimen.

De la fantasía al hecho

Una de las fantasías más frecuentes era la de levantar a un joven atractivo con su auto y tener relaciones sexuales con él. El junio de 1978 quiso hacerla realidad cuando iba manejando el auto de su madre (que estaba fuera de la ciudad) y vio a Steven Hicks haciendo dedo en la ruta. Lo levantó y lo invitó a tomar algo en su casa vacía. Todo iba bien hasta que Dahmer intentó acariciar a Hicks y éste lo rechazó. Jeffrey salió de la habitación y volvió con una barra de hierro, lo mató de un golpe en la cabeza y lo violó. “No sabía cómo retenerlo, más que agarrando la barra de las pesas y golpeándolo en la cabeza. Luego lo estrangulé con la misma barra. Estaba muy asustado por lo que había hecho. Anduve un rato de un lado para otro por la casa. Al final me masturbé. Más tarde bajé el cadáver al sótano. Me quedo allí, pero no puedo dormir, vuelvo a subir a la casa. Al día siguiente tengo que pensar en una manera de deshacerme de las pruebas. Compro un cuchillo de caza. Por la noche vuelvo a bajar, le abro el vientre y me masturbo otra vez”, le contó Dahmer al agente Ressler.

Aprovechó la consumada habilidad adquirida con los animales para desmembrar el cuerpo de su víctima, puso las partes en bolsas de plástico y las metió en el asiento de atrás del auto de su madre para ir a tirarlas a un basural cercano. En el camino, un policía lo detuvo por ir demasiado rápido. Al ver las bolsas, le preguntó qué llevaba y Dahmer contestó que era basura que iba a tirar. El policía le labró una multa y lo dejó ir. Estaba aterrado, pero se dio cuenta que si tiraba las bolsas en el basural podrían identificarlo, de modo que volvió a su casa. Dejó los restos del cadáver en el sótano y se llevó la cabeza al baño, donde la lavó y la apoyó en el suelo. Se masturbó mirándola. Esa misma noche llevó las bolsas a una tubería abandonada cerca de su casa, las metió ahí y la tapó con tierra.

En esta fotografía del Departamento
En esta fotografía del Departamento del Sheriff del Condado de Milwaukee, se muestra a Jeffrey Dahmer, el 8 de agosto de 1982, mientras era acusado de conducta problemática (AP Photo/Milwaukee County Sheriff's Dept.)

En una de sus entrevista con Ressler, Dahmer contó que al tomar conciencia de lo que había hecho se sintió aterrorizado y se propuso reprimir sus deseos o, por lo menos, canalizarlos de manera no violenta. Dejó el alcohol y empezó a asistir a la Iglesia; también se atrevió a ir de tanto en tanto a algún bar gay. Durante casi diez años no volvería a cometer un crimen.

Un impulso incontrolable

Hubo un momento en que el sexo no fue suficiente para Jeffrey Dahmer, sentía que le faltaba algo y ese algo era matar. Trató de controlar el impulso de la peor manera: volvió a beber y en 1986 lo detuvieron por exhibicionismo público. Por esa época también había intentado desenterrar a un joven que habían inhumado ese mismo día para violar el cadáver. No pudo porque el suelo de la tumba estaba helado.

Era cuestión de tiempo que comenzara a matar y la oportunidad se le presentó en septiembre de 1987, cuando conoció a Steven Tuomi en un bar gay y lo invitó a ir a un hotel. Dahmer contaría después que no recordaba qué habían hecho ahí ni cómo lo había asesinado. Se bañó, se vistió y compró una valija grande, metió el cadáver y se lo llevó al sótano de la casa de su abuela, donde por entonces estaba viviendo.

En las desgrabaciones de los interrogatorios a los que lo sometió el perfilador del FBI se puede leer este diálogo:

-¿Por qué no dejaste el cadáver en la habitación? – pregunta Ressler.

-Porque estaba a mi nombre – responde Dahmer.

-Sigamos. Tenés el cadáver escondido allí abajo (en el sótano de la casa de la abuela) una semana…

-Mi abuela sale un par de horas para ir a la iglesia, y yo bajo a buscarlo. Agarro un cuchillo, le rajo el estómago, me masturbo, luego separo la carne y la meto en bolsas, cubro el esqueleto con una colcha y lo hago pedazos con una maza. Lo envuelvo todo y el lunes por la mañana lo echo a la basura. Excepto el cráneo. El cráneo me lo guardé. Lo metí en lavandina concentrada para blanquearlo. Quedó limpio, pero demasiado frágil y lo tiré.

El asesinato de Tuomi fue el punto de partida para una cadena de 15 crímenes más, en cuyo modus operandi Dahmer iría incorporando nuevos elementos, como el canibalismo y la experimentación para crear un zombie que quedara sometido para siempre a sus deseos.

Entre muertos y zombies

Dispuesto a seguir matando, Dahmer se dio cuenta que vivir con su abuela era un obstáculo para sus planes y alquiló un departamento en Milwaukee. Con base allí, iba a los bares gay o se detenía a levantar a hombres jóvenes que estaban haciendo dedo e invitaba a sus víctimas a ver pornografía o a sacarse fotos en su casa. Una vez en el departamento, les ponía droga en las bebidas, los adormecía, los estrangulaba y, una vez muertos, los violaba y se masturbaba encima de los cadáveres. Después sacaba fotos del cuerpo y de cada etapa del proceso de desmembramiento. En los últimos crímenes, también llegó a cocinar y comer el corazón o trozos de los músculos de sus víctimas. La mayoría de las veces conservaba los cuerpos – o sus partes – uno o dos días antes de desecharlos, pero casi nunca por completo: solía guardarse los cráneos, luego de tratarlos con ácido o agua hirviendo y barnizarlos. Quería tenerlos con él, quizás como trofeos o tal vez para no sentirse solo.

Su largo listado de víctimas:
Su largo listado de víctimas: en su mayoría eran hombres jóvenes

-¿Y por qué barnizar los cráneos? – le preguntó el perfilador Ressler

-Para darles un aspecto más uniforme. Después de unas semanas, algunos no estaban tan blancos como los otros y tenían un aspecto artificial, como fabricados para un anuncio- respondió.

En dos ocasiones intentó transformar a sus víctimas en zombies – así lo confesó – para que se quedaran con él y dejaran que les hiciera lo que quisiera. En mayo de 1991, llevó a un joven llamado Konerak Sinthasomphone a su departamento y allí lo drogó y le realizó unas trepanaciones en el cráneo para inyectarle ácido en el cerebro. La víctima quedó inconsciente, pero respiraba y Dahmer creyó que había conseguido realizar una transformación exitosa: tendría su tan deseado zombie. Quizás para celebrarlo, salió de su casa para comprar whisky en un negocio cercano. Cuando regresó, vio aterrado que el joven había logrado escapar desnudo y que corría por la calle. Lo persiguió y lo alcanzó, pero los vecinos habían llamado a la policía que no demoró en llegar.

En el interrogatorio, el agente del FBI le preguntó a Dahmer sobre ese episodio.

-¿Hasta dónde perforaste el cráneo con el taladro? – quiso saber.

-Sólo hasta el hueso. Lo inyecté. Estaba dormido y salí a tomar una cerveza rápida al bar de enfrente antes de que cerrasen. Cuando volvía, lo vi corriendo por la calle y alguien había llamado a la policía. Tuve que pensar deprisa: les dije que era un amigo mío que se había emborrachado y me creyeron. En mitad de un callejón oscuro, a las dos de la madrugada, con la policía a un lado y los bomberos al otro. No podía ir a ninguna parte. Me pidieron el carnet de identidad y se los enseñé. Trataron de hablar con él y no entendieron qué les respondió. No había rastros de sangre; le examinaron y se creyeron que estaba completamente borracho. Me dijeron que me lo llevara adentro; él no quería entrar, pero entre dos agentes lo subieron hasta la puerta del departamento – le respondió.

De haber entrado con ellos, los policías se habrían topado con varios cráneos en una repisa y con el cadáver de otra víctima en una habitación.

El caníbal gourmet

A excepción de los cráneos que guardaba como trofeos, Dahmer se deshacía de los cadáveres de diferentes maneras, siempre después de trozarlos. Los enterraba, los disolvía en un barril con ácido o, por lo menos una vez, fue tirando parte por parte de la carne por el inodoro.

-¿Nunca se tapó? – le preguntó el agente Ressler.

-No, jamás – fue la respuesta.

Pero en 1991, Dahmer empezó a guardar en el freezer de su heladera algunas partes de los cuerpos, generalmente el corazón y los bíceps, para prepararse platos especiales y comérselos. Era una manera de que sus víctimas no lo abandonaran del todo.

En los registros del interrogatorio de Ressler se puede leer:

-¿Cómo ocurrió que empezaras a comer cadáveres?

-Mientras desmembraba. Guardé el corazón. Y los bíceps. Los corté en pedazos pequeños, los lavé, los metí en bolsas de plástico herméticas y las guardé en el congelador; buscaba algo más, algo nuevo para satisfacerme. Después los cociné y me masturbé mirando la foto.

La segunda vez que a Dahmer se le escapó una víctima no tuvo la misma suerte que la primera. El 22 de julio de 1991, un hombre al que después se identificó como Tracy Edwars, logró salir esposado del departamento. En esta ocasión, los policías sí entraron a la vivienda. Lo que encontraron consta en el informe policial: decenas de fotografías de cadáveres, manchas de sangre en las paredes, restos de huesos humanos, siete cráneos barnizados y una cabeza fresca en el congelador de la heladera. La carrera del Carnicero de Milwaukee había terminado.

Un preso provocador

Antes de ser sometido a juicio, Dahmer fue interrogado por el perfilador Ressler y entrevistado por varios psiquiatras. Los informes coincidieron en que estaba enfermo, por lo que en primera instancia se lo declaró culpable con el atenuante de enajenación mental y se lo envió a una cárcel especial para enfermos psiquiátricos. La sentencia fue apelada por la Fiscalía del Estado y en un segundo juicio, el 15 de febrero de 1992, Jeffrey Dahmer fue condenado por un jurado a 15 cadenas perpetuas consecutivas (unos 900 años de prisión).

El asesino serial de Milwaukee
El asesino serial de Milwaukee junto a su abogado Gerald Boyle (Reuters)

Lo encerraron en el Instituto Correccional de Columbia, en la ciudad de Portage. Llevaba más de dos años allí cuando la mañana del 28 de noviembre de 1994 hubo un extraño cambio de rutina carcelaria. El primer hecho inhabitual fue que lo sacaran de su celda y lo llevaran a limpiar el gimnasio junto con otros dos presos, Christopher Scarver, un esquizofrénico, y Jesse Anderson, culpable de asesinar a su esposa. El segundo, que lo dejaran solo con ellos, porque los guardias que debían vigilarlos se esfumaron.

Era una ley no escrita que nunca había que dejar a Dahmer solo con otros presos. Desde que había llegado a la cárcel, dos años antes, el Carnicero de Milwaukee – como se lo llamaba – había pasado los primeros meses en un estricto aislamiento, hasta que protestó porque se sentía solo y pidió que le dejaran compartir algunas actividades con la población del penal. Se lo permitieron, pero siempre con un guardia que no le sacaba los ojos de encima.

Esa vigilancia no se debía a la peligrosidad de Dahmer. El problema era que se hacía odiar por los otros presos contando sus crímenes hasta llevar a los demás al borde del vómito y haciendo bromas sobre su canibalismo. Lo que más le gustaba era dar formas de partes de cuerpos – una mano, un brazo, una pierna – a la comida de su plato y después rociarlas con kétchup diciendo que era sangre y que así era como se los comía. También se burlaba, sin hacer distinciones entre presos y guardias, diciendo que no se descuidaran porque los iba a morder. En la pared de su celda tenía pegado un póster que decía “Caníbales Anónimos”. Unos meses antes, un preso del que se burlaba constantemente había intentado degollarlo en el baño, pero sólo alcanzó a hacerle una herida leve en el cuello. Después de eso, las autoridades de la prisión habían pedido una vez más que lo trasladaran a un instituto psiquiátrico, pero el juez negó la solicitud.

Evan Peters encarnó al monstruo
Evan Peters encarnó al monstruo en una serie de Netflix

“Se pasó de la raya”

Por eso resultó extraño que esa mañana de noviembre lo dejaran solo con los otros dos presos en el gimnasio, sin grilletes para que pudieran limpiar con más comodidad. La sucesión de lo que ocurrió se conoce por la declaración de Christopher Scarver, que no solo lo relató en el interrogatorio de las autoridades de la cárcel y en el juicio al que fue sometido sino también en una entrevista con The New York Post. “Estaba llenando un balde con agua cuando alguien me golpeó en la espalda. Me di vuelta y vi que Dahmer y Jesse se reían en voz baja. Los miré a los ojos y no pude darme cuenta de quien lo había hecho”, contó.

Los tres hombres se separaron y Scarver siguió a Dahmer hasta uno de los vestuarios. Antes, agarró una pesa de metal y se la metió en el bolsillo.

-Le pregunté por qué se había burlado de mí y quiso escaparse corriendo hasta la puerta, pero lo bloqueé. Le di con la barra (la pesa) en la cabeza y terminó muerto - le dijo Scarver al periodista. Después, siempre según su relato, fue hacia donde estaba Jesse Anderson y lo mató con la misma pesa.

-¿No había guardias? - le preguntó el reportero de The New York Post.

-No estaban. Tuvieron que ver algo de lo que pasó, pero se fueron… creo que ellos también lo querían muerto a Dahmer. Se pasó de la raya, con los prisioneros y con el personal de la prisión. Algunas personas de aquí están arrepentidas de lo que hicieron, pero él no. Por eso lo golpeé con la barra – contestó.

Si algo macabro le faltaba a la historia de Jeffrey Dahmer era que sus padres, separados, se disputaran en público el destino de una parte de su cuerpo. Joyce, la madre, quería que le extirparan el cerebro para que la ciencia lo investigara. Lionel, el padre, se opuso y ordenó que cremaran el cuerpo. “Para que la memoria de sus crímenes sea borrada de la faz de la Tierra”, dijo. Un deseo imposible, porque los macabros asesinatos del Carnicero de Milwaukee quedaron escritos para siempre en una de las páginas más negras e indelebles de la historia criminal de los Estados Unidos.

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