
En la carpa médica, con la mano ensangrentada y el estruendo de la artillería de Ypres de fondo, Adrian Carton de Wiart tomó una decisión inusual: arrancarse los dedos heridos para regresar al frente de batalla. Para él, ni las balas ni las cicatrices bastaban para frenar el impulso de volver a la batalla. La retirada, simplemente, no era una opción.
Infancia, orígenes y el primer salto a la guerra
Nacido en Bruselas en 1880 en el seno de una familia aristocrática, Carton de Wiart creció rodeado de privilegios, pero también de disciplina y rigor académico. Pasó su infancia entre internados ingleses y una educación marcada por la tradición, lo que parecía destinarlo a una vida estable y predecible. Ingresó en la Universidad de Oxford para estudiar Derecho, pero la tranquilidad de las aulas no era compatible con su espíritu inquieto, tal como reconstruyó BBC.
A los 19 años, Carton de Wiart tomó una decisión que alteraría su destino: abandonó la universidad, mintió sobre su edad y nacionalidad, y se alistó bajo identidad falsa en el ejército británico para participar en la Segunda Guerra de los Bóers en Sudáfrica. No era aún súbdito británico ni contaba con permiso paterno, pero su determinación fue más fuerte que cualquier obstáculo.

En ese primer conflicto, sufrió heridas graves en el abdomen y la ingle, lo que lo obligó a regresar a Inglaterra. Sin embargo, lejos de desalentarle, la experiencia africana encendió su vocación militar y su deseo de servicio.
El estallido mundial y la forja del mito
Cuando en 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial, Carton de Wiart se reincorporó al ejército británico. Fue destinado a África Oriental, donde se unió al Somaliland Camel Corps para combatir a las fuerzas derviches. En esa campaña, una emboscada casi le costó la vida: perdió el ojo izquierdo y parte de la oreja. La herida no lo frenó. Recibió la Orden de Servicios Distinguidos y, según Lord Ismay, citado por la BBC: “No detuvo el paso, aunque debía de estar en agonía. Creo sinceramente que para él perder el ojo fue una bendición, ya que así pudo ir a Europa, donde sentía que estaba la verdadera acción”.
Tras recuperarse, rechazó la prótesis ocular por incómoda y adoptó el parche negro que lo haría inconfundible. Pronto fue enviado al frente occidental, donde su vida volvería a estar en peligro. En la batalla de Ypres, una explosión de metralla le destrozó la mano izquierda. Ante la negativa de un médico a amputar dos dedos gangrenados, Carton de Wiart los arrancó él mismo, y finalmente perdió la mano entera. A pesar de esas lesiones, superó varias revisiones médicas y convenció a los tribunales de su capacidad para el combate, según desarrolló BBC.

Fue entonces destinado al Gloucestershire Regiment. En 1916, asumió el mando durante la batalla del Somme, una de las más cruentas de la historia. Su figura —parche, manga vacía y bigote prominente— se transformó en símbolo para sus hombres. Durante la defensa de La Boiselle, lideró a todas las unidades tras la muerte de los otros jefes, logrando frenar el avance alemán. Por ese arrojo recibió la Cruz Victoria, la máxima distinción militar británica, aunque él siempre atribuyó el mérito a la valentía colectiva de su regimiento.
El ejemplo y la resiliencia de un líder único
Su liderazgo se construyó sobre el ejemplo directo y la exposición constante al peligro. Quitaba las anillas de las granadas con los dientes y las arrojaba con su único brazo útil, gestos que infundían valor a sus subordinados. Carton de Wiart resumió su relación con el combate en sus memorias: “Francamente, disfruté la guerra”. Esa afirmación revela una personalidad forjada en la adversidad y capaz de encontrar sentido en medio del caos.
A lo largo de la Gran Guerra fue herido en ocho ocasiones: perdió un ojo, una mano, parte de una oreja y recibió impactos de bala en la cabeza, el estómago, la pierna, el tobillo y la cadera. Su resistencia física y mental asombró a quienes lo conocieron y sigue siendo ejemplo para militares de distintas generaciones.

Entre guerras y nuevas misiones en Europa del Este
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Carton de Wiart fue enviado a Polonia, donde actuó como asesor militar británico durante los convulsos años posteriores a la revolución rusa y en el contexto de la guerra polaco-soviética. Su trabajo no se limitó al plano diplomático; participó activamente en misiones y operaciones de enlace, volviendo a exponerse al peligro en múltiples ocasiones.
Durante su estancia en Europa del Este, fue nuevamente herido y recibió nuevas condecoraciones. Su experiencia en ese escenario, donde los límites entre la diplomacia y el combate eran difusos, amplió su visión sobre la complejidad de los conflictos modernos y reforzó su imagen como un oficial dispuesto a asumir riesgos donde otros preferían la seguridad del despacho.
La Segunda Guerra Mundial y la increíble fuga
Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Carton de Wiart, ya con más de sesenta años, fue llamado otra vez a filas. En 1940 lideró la expedición británica en Noruega, una operación que, pese a su desenlace adverso, consolidó su reputación como jefe fiable en situaciones críticas. La campaña noruega estuvo marcada por la falta de recursos y la desorganización, pero la templanza de Carton de Wiart fue fundamental para mantener la moral y la disciplina en medio del caos.

En 1941, camino a una misión en Yugoslavia, sufrió un accidente de avión en el Mediterráneo y fue capturado por los italianos. Su edad y su aspecto inconfundible no le impidieron convertirse en uno de los prisioneros más problemáticos para sus carceleros.
Intentó fugarse al menos cinco veces y logró permanecer oculto durante ocho días antes de ser recapturado. Pasó más de dos años en cautiverio, protagonizando diversas tentativas de evasión y desafiando una y otra vez la vigilancia enemiga.
Su liberación fue gestionada por el gobierno británico, que lo consideraba un oficial insustituible. Winston Churchill lo nombró su enviado personal ante Chiang Kai-shek en China, confiando en su temple y experiencia para afrontar misiones complejas en el contexto internacional más tenso del siglo. Churchill lo describía como “modelo de caballerosidad y honor”.

Los últimos años del soldado indestructible
Al terminar su misión en Asia y con la guerra ya finalizada, Carton de Wiart se retiró a Irlanda, donde encontró por fin la tranquilidad lejos del estrépito de los cañones. Se dedicó a la pesca y a disfrutar del paisaje rural, manteniendo su espíritu reservado y evitando la exposición pública, pese a la notoriedad que había alcanzado por sus hazañas.
Falleció en 1963 a los 83 años, dejando tras de sí una vida que inspiró a escritores, cineastas y generaciones de militares. Su historia se convirtió en fuente de leyendas y anécdotas que circulan tanto en los círculos castrenses como en la cultura popular.
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