La conspiración que envió a Dreyfus al calvario y el grito de un capitán degradado: “¡Soldados, están deshonrando a un inocente!”

Alfred Dreyfus recordó el más humillante acto al que puede ser sometido un militar: su degradación. El hecho ocurrió hace 131 años, el 5 de enero de 1895, ante los ojos de la Torre Eiffel. Su relato, la acusación de traición, la manipulación política y la mentira que encierra uno de los escándalos más sonoros de la historia francesa. Del complot y los doce años de prisión al “Yo acuso” de Émile Zola

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El caso Dreyfus fue uno
El caso Dreyfus fue uno de los mayores escándalos judiciales y políticos de la Tercera República francesa, marcado por antisemitismo y corrupción militar

Años después, cuando la verdad se había abierto paso entre la pesada bruma de la falsedad, la mentira, la traición y el deshonor, Alfred Dreyfus, el capitán del ejército francés que había sido acusado de espionaje, todo era una mentira, recordó el más humillante acto al que puede ser sometido un militar: su degradación.

Dreyfus fue degradado el 5 de enero de 1895, en la tradicional “Ecole Militaire” de París, cerca de los Campos de Marte y ante los ojos de la flamante Torre Eiffel, inaugurada seis años antes. Había sido condenado el 22 de diciembre de 1894 por siete jueces militares a prisión perpetua, a la destitución de su grado, a la degradación militar y al destierro, también perpetuo “en un recinto fortificado”, lo que en buen francés significaba la prisión de la Isla del Diablo, a once kilómetros de la Guyana Francesa, en América del Sur.

Lo condenaron por espionaje. No lo fusilaron porque la constitución de 1848 había suprimido en Francia la pena de muerte por delitos políticos. Si lo hubiesen hecho, si Dreyfus hubiese caído bajo las balas de un pelotón, la verdad jamás habría salido a la luz. Dreyfus, un ingeniero politécnico, judío, de origen alsaciano, ninguno de los tres datos es menor, era inocente. El espía en favor de Alemania, se supo luego, era otro: el comandante Ferdinand Walsin Esterhazy, de origen húngaro. La acusación, el juicio y la condena a Dreyfus eran el fruto de una maniobra del servicio de inteligencia francés, de la corrupción de muchos de sus miembros, de la de los altos jefes de la fuerza a quienes les fue imposible ocultar la enorme trastada que habían cometido por mezclar un fuerte antisemitismo, un severo sentimiento anti alemán forjado durante la guerra franco-prusiana, que terminó con los alemanes en París y con la anexión a su imperio de Alsacia, la tierra de Dreyfus, y Lorena, dos zonas del Este francés. Estrasburgo, donde funciona hoy la sede del Parlamento europeo, es la capital de Alsacia.

El relato de Dreyfus sobre su propia degradación, es un testimonio extraordinario, poco conocido, de honda emotividad, que recobra vida aun cuando hayan pasado ciento treinta años de aquella mañana helada en la “Ecole Militaire”, vecina a la tumba de Napoleón en Les Invalides. Escribió:

“Antes de la ceremonia, esperé una hora en el salón del ayudante de guarnición de la Escuela Militar, custodiado por el capitán de gendarmes, Lebrun-Renault. Durante esos largos minutos reuní todas mis fuerzas. Me asaltó el recuerdo de los terribles meses que acababa de pasar (…) Protesté contra la vil acusación que se había presentado contra mí; recordé que había escrito de nuevo al ministro para declararle mi inocencia. (…) Después de esto, me llevaron al centro de la plaza, bajo una guardia de cuatro hombres y un cabo. Dieron las nueve. El general Darras, al mando del desfile, dio la orden de portar armas. (…) Sufrí en agonía, pero me mantuve erguido con todas mis fuerzas. Para sostenerme, invoqué el recuerdo de mi esposa e hijos. En cuanto se leyó la sentencia, grité a viva voz, dirigiéndome a las tropas: ¡Soldados, están degradando a un inocente! ¡Soldados, están deshonrando a un inocente! ¡Viva Francia, viva el ejército!”.

Alfred Dreyfus, capitán judío del
Alfred Dreyfus, capitán judío del ejército francés y de origen alsaciano, fue injustamente condenado por espionaje tras un juicio manipulado en 1894

Después, en dramática síntesis, Dreyfus, que tenía entonces treinta y cinco años, relató el final de la ceremonia: “Un sargento de la Guardia Republicana se me acercó. Arrancó rápidamente los botones, las franjas de los pantalones, las insignias de mi rango de la gorra y de las mangas, y luego rompió mi espada sobre su rodilla. Vi caer a mis pies todos estos emblemas materiales de mi honor. Entonces, conmocionado por un terrible paroxismo, pero con el cuerpo erguido y la cabeza en alto, grité una y otra vez a los soldados y a la multitud reunida el grito de mi alma. ¡Soy inocente!“.

Era inocente. Y todavía le restaba pasar por más humillaciones: “(…) Me vi obligado a dar la vuelta completa a la plaza. Oí los aullidos de una multitud engañada, sentí el escalofrío que sabía que debía de recorrer a esa gente, pues creían que ante ellos estaba un traidor a Francia. Y me esforcé por transmitir a sus corazones otra emoción: la fe en mi inocencia. Una vez terminada la ronda, la tortura habría terminado, creía. Pero la agonía de ese largo día apenas comenzaba. Me ataron las manos y un furgón de la prisión me llevó al Depósito (Prisión Central de París), cruzando el Puente de Alma. Al llegar al final del puente, vi a través de la pequeña reja de mi compartimento en el furgón las ventanas de la casa donde había pasado años tan felices de mi vida, donde dejaba atrás toda mi felicidad. El dolor me abrumaba. (…) En la Prisión Central, con mi uniforme desgarrado y despojado, me arrastraron de sala en sala, me registraron, me fotografiaron y me midieron. Finalmente, hacia el mediodía, me llevaron a la Prisión de Sante y me encerraron en una celda”.

Dos días después le enviaron a la prisión de la Isla de Re donde lo visitó su mujer: hablaron cada uno desde las cabeceras de una larga mesa y ante el director del penal. El 21 de febrero, a bordo del “Ville de Saint Nazare”, lo trasladaron a la Guayana francesa, adonde llegó el 12 de marzo. Pasó primero por la Isla del Real y el 14 de abril fue a parar a la Isla del Diablo, destinado a pudrirse en una casilla de piedra de cuatro por cuatro, que incluía una cama basta. Dreyfus y sus guardias eran los únicos habitantes de aquel infierno. El capitán nunca dejó de proclamar su inocencia. Su calvario iba a durar doce años.

¿Qué había pasado con Dreyfus? ¿Qué había pasado en Francia y en su ejército? Aquellos eran los tiempos de la Tercera República. Tiempos de crisis económica y social. La guerra con Prusia, que había terminado con los prusianos triunfantes en París, había provocado también la breve y revolucionaria experiencia de las comunas: un gobierno popular que fue aplastado por los prusianos asociados ahora con sus vencidos franceses.

Alfred Dreyfus (de pie, a
Alfred Dreyfus (de pie, a la derecha), durante el juicio de revisión de su caso Dominio público

La caída de Napoleón III y la restauración de la República habían dado origen a años de inestabilidad política, a la que no era ni ajena ni indemne el ejército, en plena transformación hacia la modernidad: la inteligencia militar estaba en pañales para forjarse como una herramienta secreta de las guerras del futuro. Los ingenieros politécnicos como Dreyfus competían con los oficiales graduados en la escuela militar de Saynt-Cyr, que los miraban con cierto desprecio.

En septiembre de 1894, la inteligencia militar francesa tuvo acceso a una carta a la que llamaron “le bordereau”, partida en seis pedazos, escrita en papel biblia, sin fecha y sin firma, dirigida al agregado militar de la embajada alemana, Max von Schwarzkoppen, en la que se anunciaba un inminente traspaso de documentos militares franceses a una potencia extranjera. El jefe de la “Sección Estadística”, un departamento de la inteligencia militar francesa a cargo del coronel Jean Sandherr, alsaciano como Dreyfus y feroz antisemita, informó del caso al ministro de Guerra, Auguste Mercier, a quien la prensa acusaba de incompetente. Entre los dos decidieron hallar a un culpable. No al verdadero culpable, sino a uno que encajara con un perfil diseñado por los dos jefes militares: debía ser un oficial en servicio, o un antiguo colaborador del Estado Mayor, artillero, tal vez alsaciano. Dreyfus daba el perfil exacto. Y, además, era judío. Tiempo después, el escritor Joseph Reinach iba a sintetizar esta parte de la historia con una frase reveladora: “Desde el primer momento, se produce el fenómeno que va a dominar todo el caso: ya no son los hechos controlados, las cosas examinadas con cuidado las que establecen la convicción; es la convicción soberana e irresistible la que distorsiona los hechos y las cosas”.

Así fue acusado y condenado Dreyfus, con pruebas caligráficas falsas que “demostraron” que había sido él quien había escrito la carta a la embajada alemana, según el dictamen del comandante Armand Du Paty de Clam, otro antisemita furioso y grafólogo aficionado. El 29 de octubre de 1894, el “Caso Dreyfus” fue revelado por el periódico antisemita La Libre Parole, que lo convirtió en una causa común. El papel de la prensa en el caso Dreyfus fue decisivo y con los años dejaría expuesta la división de una sociedad ya partida por otros muchos motivos.

La familia de Dreyfus fue su más ardiente defensor. En especial su mujer, Lucie, y su hermano, Mathieu, que lanzó una campaña para probar su inocencia. Mathieu Dreyfus, que conocía al médico Joseph Gibert, amigo personal del entonces presidente Félix Fauré, había recurrido a todo: se había entrevistado en Le Havre con una mujer que, bajo hipnosis, habló de un expediente secreto del Caso Dreyfus. Mathieu pidió entonces a Gibert que confirmara, si era posible, esa revelación sorprendente. Gibert lo consultó con Fauré y Fauré dijo que sí, había un expediente secreto y se lo habían entregado a los jueces antes de la condena.

El verdadero espía, Ferdinand Walsin
El verdadero espía, Ferdinand Walsin Esterhazy, fue protegido y absuelto por el Estado Mayor francés, mientras Dreyfus fue enviado a la prisión de la Isla del Diablo

Los Dreyfus pidieron ayuda al periodista Bernard Lazare, que fue quien escribió el primer folleto en favor del capitán preso en la Isla del Diablo: se publicó en Bruselas y no tuvo gran repercusión, pero encendió luces de alarma en el Estado Mayor francés. Los jefes militares sospecharon que el nuevo jefe de inteligencia, el coronel Georges Picquart, había filtrado alguna información a Lazare. Picquart no había filtrado nada, sólo había descubierto al verdadero espía. Había sido una casualidad, pero lo había descubierto.

En marzo de 1896, con Dreyfus ya más de un año preso en la Isla del Diablo, Picquart, que había seguido el caso paso a paso, exigió recibir toda la documentación interceptada por el espionaje francés a la embajada de Alemania, sin intermediarios. Así accedió a un documento conocido como “pequeño azul”, una tarjeta telegrama que el embajador von Schwartzkoppen nunca había enviado. Estaba dirigida a un oficial francés, Ferdinand Esterhazy. También había en esa documentación algunas cartas escritas por Esterhazy: Picquart comprobó que la escritura era igual a la que figuraba en la “lista de documentos” que había servido para incriminar a Dreyfus. El culpable había acusado al inocente. Picquart inició entonces una investigación secreta, sin autorización superior, que demostró que Esterhazy no sólo conocía los elementos descriptos en la lista, sino que, además, estaba en contacto con la embajada de Alemania. Picquart elevó el resultado de su investigación al Estado Mayor, con una conclusión obvia e inapelable: Dreyfus era inocente.

Empezó entonces una larga batalla en la que el ejército se negaba a admitir el enorme error judicial que había cometido, bajo el rígido lema que sentenciaba: “Lo que se hace está hecho; no se vuelve nunca hacia atrás”. El Estado Mayor francés protegió a Esterhazy, el verdadero espía, e intentó desacreditar a Picquart que en 1897 fue enviado a un antiguo destino: Argelia. Ese fue el año en el que empezó a jugar un rol decisivo el gran escritor Émile Zola: había seguido el “Caso Dreyfus” paso a paso, estaba convencido de la inocencia del capitán y ahora el azar le alfombraba el camino: le pedían ayuda el hermano del preso y el presidente del senado francés, Auguste Scheurer- Kestner. También se unieron en la cruzada que pedía un nuevo juicio a Dreyfus, y a ser posible un juicio justo, los escritores Anatole France y Paul Bourget, que convencieron a a los políticos socialistas León Blum y a Jean Jaurés, cofundador de L’Humanité, que sería asesinado por pacifista y antinacionalista días después de iniciada la Primera Guerra Mundial, en julio de 1914. Por su parte, el periodista Lazare atrajo a la causa a los hermanos Clemenceau, Albert y Georges.

En defensa de Dreyfus, y también de Picquart, Clemenceau escribió un artículo en L’Aurore, en el que se preguntaba: ¿Quién protege al comandante Esterhazy? La ley se detiene, impotente delante de este prusiano disfrazado de oficial francés. ¿Por qué? ¿Quiénes pues tiemblan delante de Esterhazy? ¿Qué poder oculto, qué razones inconfesables se oponen a la acción de la justicia? ¿Quién le barre el camino? ¿Por qué se protege a Esterhazy, personaje deplorable de moral más que dudosa, mientras que todos lo acusan? ¿Por qué se desacredita a un honesto soldado como el teniente coronel Picquart, abrumado, deshonrado? ¡Es necesario que lo digamos!”.

Manifiesto "J'Accuse" de Émile Zola
Manifiesto "J'Accuse" de Émile Zola publicado en "L'Aurore", que expuso la trama de corrupción e injusticia del caso Dreyfus

Pero nadie quería decir nada. Es más, el caso dio un nuevo giro contra Dreyfus. El espía, Esterhazy, no tuvo más remedio que admitir su intercambio de correspondencia con el embajador alemán, para responder así a las preguntas sin respuestas de Clemenceau. Para salvar las apariencias, el Estado Mayor francés “exigió” entonces a Esterhazy que pidiera él mismo ser juzgado. Lo hizo. El 10 de enero de 1898 se presentó ante un Consejo de Guerra que sesionó a puertas cerradas. Los testigos pedidos por Mathieu Dreyfus y por Lucie, la mujer del capitán, fueron desechados. Los calígrafos dijeron no reconocer la letra de Esterhazy en los documentos y al día siguiente de comparecer ante los jueces, Esterhazy fue absuelto después de que los miembros del tribunal deliberaran en apenas tres minutos. El militar salió del juicio aplaudido por unas mil quinientas personas.

Un inocente condenado era ya gravísimo para la Francia de la libertad, la igualdad y la fraternidad; pero había algo peor: un culpable había sido liberado por una orden militar. El comandante Esterhazy se exilió en Inglaterra, jamás regresó a Francia, y allí vivió hasta su muerte, el 23 de mayo de 1923. El que fue a parar a prisión fue Picquart, acusado de violar secretos profesionales.

Entonces llegó el Yo acuso – J’accuse, de Émile Zola. Espantado por la absolución del espía Esterhazy, el 13 de enero de 1898 el escritor publicó un artículo extraordinario, con ese título, en la primera plana del diario L’Aurore, que vendía unos treinta mil ejemplares diarios y ese día vendió trescientos mil. Fue una bomba. En cuatro mil quinientas palabras, a seis columnas y con forma de carta abierta al presidente Fauré, Zola denunció a todos quienes habían conspirado contra Dreyfus. Con nombre y apellido, desde el ministro de Defensa, general Mercier, hasta los jefes del Estado Mayor, y reveló quiénes habían estado detrás del caso Dreyfus. Zola, aun con un trabajo a destajo, no había delimitado del todo las responsabilidades, había grandes ejecutores que estaban si se quiere subestimados en su escrito, pero en esas líneas figuraban todos los que habían condenado de antemano a Dreyfus.

Zola buscaba que lo enjuiciaran para tener la oportunidad de plantear en los estrados una especie de nuevo juicio público para Dreyfus y otro para Esterhazy. El 15 de enero, el periódico Les Temps publicó un pedido de nuevo juicio a Dreyfus. Lo firmaban Zola, Anatole France, el biólogo y químico Émile Duclaux, el director del Instituto Pasteur, Daniel Halévy, el escritor Marcel Proust, Lucien Herr, que era el bibliotecario de la Escuela Normal Superior de París, el filósofo Georges Sorel, el pintor Claude Monet y el poeta y dramaturgo Jules Renard. El 23, en L’Aurore, Clemenceau celebró esa “revuelta pacífica del espíritu francés”, impulsada por el intelecto, y acuñó para siempre la palabra “intelectuales”.

El papel de personalidades como
El papel de personalidades como Émile Zola y Georges Clemenceau resultó crucial en la lucha por la inocencia de Dreyfus y la denuncia de la injusticia judicial

Zola había sido astuto: lo juzgaron por difamación y lo condenaron a un año de prisión y a una multa de tres mil francos, la pena máxima, pero el Caso Dreyfus volvió a la vida y el espíritu de la República le plantó cara al militarismo más cerril. Ante la injusta condena a Zola, Jules Renard escribió: “A partir de esta noche, valoro la República, que me inspira un respeto, una ternura que no conocía. Declaro que la palabra Justicia es la más bella de la lengua de los hombres. Y que hay que llorar si los hombres no lo comprenden”.

También hubo un nuevo juicio a Dreyfus, y ¡volvieron a condenarlo! El 7 de junio de 1899 Dreyfus volvió a presentarse ante un Consejo de Guerra, esta vez con París bajo estado de sitio y una violencia callejera inusitada. La deteriorada condición física del capitán impresionó a todos quienes no lo veían desde 1895. En ese nuevo juicio, todo el Estado Mayor declaró contra él, sin ninguna prueba; la admisión de Esterhazy sobre su carteo con el embajador alemán fue considerada nula y también declararon nula la confesión del coronel Joseph Henry, el jefe de inteligencia que había reemplazado a Picquart y había contribuido a su desprestigio, pero que terminó por revelar, arrepentido, gran parte de las maquinaciones de los altos mandos contra Dreyfus. Picquart ya no podía siquiera defenderse, lo habían encarcelado en 1898 y se había cortado el cuello con una navaja al día siguiente de entrar en la cárcel.

El 9 de septiembre de 1899, por cinco votos contra dos, los jueces volvieron a condenar a Dreyfus como culpable de traición, pero con circunstancias atenuantes. El fallo había estado al borde de la absolución: si hubiese sido de cuatro votos a tres, la justicia militar francesa debía haberse obligada a condonar la pena dictada contra Dreyfus. De todas formas, esa nueva sentencia parecía dejar una puerta abierta al final del caso y declaraba, a regañadientes, en forma velada y con el eufemismo de las “circunstancias atenuantes”, la inocencia del capitán que había sido degradado.

El indulto a Dreyfus en
El indulto a Dreyfus en 1899 y su posterior rehabilitación en 1906 marcaron un hito en la defensa de los derechos humanos y la justicia en Francia

Dreyfus presentó de inmediato un recurso de revisión de su nuevo juicio y de su nueva condena, pero el gobierno francés no estaba interesado en un tercer pleito legal de esa magnitud y con tanta repercusión social. Tal vez convencido de la inocencia del condenado, el flamante presidente, Émile Loubet le ofreció el indulto. Loubet había reemplazado a Fauré que había muerto en su cargo, en el Elíseo y, según las versiones, en pleno acto sexual. Dreyfus no quería el indulto: aceptarlo implicaba aceptar que era culpable. Y era inocente. Pero lo doblegó el amor de su familia, su amor a Francia y su futuro: lo aceptó, fue firmado el 19 de septiembre y el 21 Dreyfus recobró su libertad.

En 1900 empezó su proceso de rehabilitación que duraría siete años, hasta 1906. Fue reintegrado al ejército como Jefe de Escuadrón el 13 de julio de 1906, pero fue obligado a renunciar en 1907. Como oficial de reserva, participó en la Primera Guerra Mundial en la retaguardia de París y como jefe de artilleros. Acabó su carrera militar como coronel y murió el 12 de julio de 1935 a los setenta y cinco años. Jamás pudo borrar de su memoria la humillante ceremonia de degradación de hace ciento treinta años, en la que gritó varias veces su inocencia, sin que nadie lo escuchara.

Quien no pudo ver la rehabilitación de Dreyfus fue Émile Zola: murió el 29 de septiembre de 1902, asfixiado por el humo de su chimenea. Su mujer, Alexandrine, se salvó por milagro. Fue el primer escritor, el primer pensador, el primer intelectual, cuando no existía la palabra todavía, en apoyar a Dreyfus. Fue, también, una voz potente, inclaudicable contra el abuso del poder y contra cualquier tipo de iniquidad que se aplique en nombre de la razón de Estado. Su cuerpo descansa en el Pantheon de París. En su funeral de ingreso a ese sitio donde reposan los grandes de Francia, Anatole France recordó su lucha por la justicia y la verdad: “Envidiémosle, honró a su patria y al mundo con una obra inmensa y un gran acto. Envidiémosle, su destino y su corazón le hicieron la suerte más grande. Él fue un momento de la conciencia humana”.

Tal vez Anatole France no hablaba solo de Émile Zola.

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