
Durante siglos, hombres y mujeres buscaron la belleza a cualquier precio. En Europa y Estados Unidos, hasta principios del siglo XX, numerosas tendencias de cosméticos pusieron en riesgo la salud de sus usuarios. Productos elaborados a base de arsénico, mercurio, radium o incluso insectos venenosos poblaron el mercado. La ignorancia médica y científica favoreció la expansión de estos tratamientos letales en dicha industria.
En la Austria del siglo XIX, habitantes de Styria consumían arsénico trióxido en pequeñas dosis para mejorar su aspecto físico. Esta práctica generó un fenómeno social de consumidores conocidos como “toxicófagos”.
Según testimonios de la época, difundidos por History Extra, disfrutaban de mayor energía, una piel más tersa, ojos brillantes y mejillas sonrojadas. Así, el arsénico se popularizó como remedio y cosmético, vendido en pastillas y hasta caramelos. El atractivo resultado era efímero, pues la acumulación de este veneno en el organismo provocaba graves intoxicaciones y muertes.

Ya en los primeros años del siglo XX, diversas casas de cosméticos lanzaron productos innovadores y peligrosos. En Londres, Helen Cavendish vendió su línea Caradium, elaborada con agua radiactiva. Salones de belleza recomendaron champús, tónicos y cremas enriquecidas con radium, pese a la ausencia de respaldo científico sobre sus efectos.
En tanto, en Estados Unidos, Eben Byers, un conocido millonario, falleció tras consumir en exceso un remedio radiactivo destinado a aliviar molestias físicas.
Belleza letal: mercurio, insectos y técnicas industriales
La fama de las cremas de mercurio no fue menor. Desde la Edad Media, médicos y especialistas recetaban ungüentos que mezclaban mercurio con grasas animales para tratar enfermedades cutáneas.

Más tarde, fórmulas comercializadas prometieron eliminar manchas y rejuvenecer la piel. De acuerdo a investigaciones recientes, el mercurio acumulado por el uso continuado afecta órganos vitales, causa úlceras, daña el sistema nervioso y resulta letal en altas dosis.
El producto “Oriental Cream”, lanzado por el Dr. Félix Gouraud en la década de 1880, continuó vendiéndose durante más de medio siglo hasta que la evidencia obligó a retirar el mercurio de su composición.
El uso de insectos también aparece en la historia cosmética. El escarabajo “blister beetle” excreta cantharidina, un compuesto tóxico que provoca enrojecimiento y ampollas al contacto con la piel.

Preparaciones con cantharidina se utilizaron durante milenios como tónicos capilares y supuestos afrodisíacos. Productos como el restaurador capilar Moscano, creado por Martha Matilda Harper, y el tónico “Barry’s Tricopherous”, comercializados en Estados Unidos y Europa, incluían extractos de este insecto.
El efecto inflamatorio sobre el cuero cabelludo se creyó útil para el crecimiento del cabello, aunque sus consecuencias resultaban dolorosas y potencialmente peligrosas.
En el siglo XIX, la incorporación de derivados del petróleo en tratamientos capilares también se volvió común. La vaselina y productos elaborados con gasolina se vendieron como soluciones limpias y rápidas para lavar el cabello.
En un caso documentado en 1897, Fanny Samuelson murió en un salón de Londres después de que su cabello, impregnado con gasolina, se prendió fuego. Otro tratamiento nocivo consistía en el uso de tetracloruro de carbono como disolvente y limpiador.
Según informes médicos de la época, la exposición a estos químicos dañaba el sistema nervioso y se relacionó con varias muertes en salones de belleza.

El avance tecnológico también introdujo técnicas riesgosas. En los años veinte, la depilación por rayos X cobró popularidad. Clínicas de Nueva York y Londres ofrecían sesiones breves y sin dolor, garantizando resultados duraderos para quienes deseaban eliminar el vello facial o corporal.
Sin embargo, estudios posteriores comprobaron que muchas mujeres sufrieron quemaduras severas, ulceraciones y, tiempo después, desarrollaron cáncer de piel por la irradiación recibida.
La historia revela que la búsqueda de la belleza desató una ola de invenciones y remedios cuyos riesgos superaban cualquier beneficio estético. Las prácticas descritas, aunque hoy resultan inverosímiles, reflejan el peligro que entrañó la falta de regulaciones y de conocimiento científico.

El recorrido de estos productos evidencia que las modas y las aspiraciones sociales impulsaron la aparición de tratamientos cuya factura, a menudo, fue altísima para la salud.
Según History Extra y expertos como la historiadora Lucy Jane Santos, la evolución de la ciencia médica y la regulación estricta de ingredientes resultaron clave para la protección de los consumidores.
A medida que la investigación médica avanzó y los organismos de control exigieron pruebas de seguridad, la industria cosmética modificó sus prácticas. Sin embargo, algunos componentes peligrosos continuaron presentes en fórmulas durante décadas, hasta que la evidencia demostró sus efectos nocivos y provocó su retirada definitiva.
Hoy, conocer el pasado de estos tratamientos sirve como advertencia. La belleza, en muchas etapas de la historia, costó la salud y la vida de quienes confiaron en la promesa de una piel perfecta o un cabello saludable. La ciencia y la regulación, entonces, transformaron el panorama cosmético, dejando atrás un largo capítulo de experimentación peligrosa.
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