
En Geraldine, un pueblo rural en la región de Canterbury, Nueva Zelanda, los inviernos no son amables. El frío baja de los Alpes del Sur sin pedir permiso, y en las madrugadas de escarcha los niños van a la escuela caminando entre pastizales helados.
Según NZ Herald, allí nació Mark Inglis, en un hogar sencillo. Su padre, Jim, era esquilador y conductor de camiones. Su madre, Mary, atendía en Morrison’s, un negocio local. La familia vivía sin lujos, pero con una ética clara: la de trabajar, sobrevivir y avanzar.
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Mark, desde muy joven, aprendió que la montaña no era una postal: era un desafío. A los 12 años ya practicaba escalada.
A los 13, alcanzó la cima de su primer pico, el Monte Peel, un modesto gigante de 1.743 metros que se alza como una colina testaruda al sur de Christchurch.
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“Nos enseñaban que, si no hacías las cosas bien en la montaña, podías morir. No había espacio para el error”, recordaría décadas después, con voz seca pero segura, durante una charla en India.

Según contó en una presentación de los Premios Deportivos del Sur de Canterbury del 2024, su profesor de geografía era alpinista. Gracias a él, descubrió que ese diálogo con las cumbres podía transformarse en vocación.
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Cuando ingresó al servicio de rescate alpino, Inglis supo que ese iba a ser su mundo. Estaba entrenado para hallar a los otros en la nieve, llevarlos de vuelta, o quedarse junto a ellos si no había regreso. Según NZ Herald, en noviembre de 1982, esa misma vocación lo puso a prueba.
Junto con su compañero Phil Doole, intentaban ascender el Monte Cook, la montaña más alta de Nueva Zelanda.

A 3.724 metros, el clima puede virar de sereno a letal en minutos. Una tormenta inesperada los obligó a refugiarse en una cueva de hielo. Lo que iba a ser un refugio temporal se convirtió en una prisión de nieve durante 13 días y medio.
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No tenían forma de bajar. El blizzard les impedía moverse. “Sabíamos que la congelación no nos iba a matar. El peligro era la hipotermia. Y sabíamos que alguien vendría. Solo que no sabíamos cuándo”, dijo el año pasado en la presentación que fue invitado como orador.
Cuando los encontraron, estaban casi al borde del colapso. La escarcha había devorado sus piernas. En Nochebuena, Mark fue sometido a una cirugía en la que le amputaron ambas piernas por debajo de las rodillas.
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La operación ocurrió a las nueve de la noche. “En muchos sentidos fue una pesadilla, pero también el inicio de nuevas oportunidades”, diría con la distancia del tiempo. La amputación no fue un cierre. Fue un punto de partida.
Volver a caminar era el primer reto. Volver a escalar, impensable. Sin embargo, la mente de Inglis ya no operaba bajo las reglas de lo posible.
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Según The Telegraph, estudió bioquímica, se graduó con honores, trabajó como enólogo durante casi dos décadas.

Según su página web oficial, donde cuenta su historia de vida, no abandonó el deporte: aprendió a esquiar y en el año 2000, obtuvo la medalla de plata en ciclismo en los Juegos Paralímpicos de Sidney.
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Además, volvió a la montaña en 2002. Subió nuevamente el Monte Cook, esta vez con piernas diseñadas a medida.
Dos años más tarde escaló el Cho Oyu, la sexta montaña más alta del mundo, y comenzó a preparar lo que pocos, incluso con cuerpo entero— se atreverían a intentar: el Everest.
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Lo planificó como un negocio. “Una expedición es como una empresa. Requiere estrategia, liderazgo, capital humano, y sobre todo, actitud”, explicó en una charla en un colegio, en Noida, India, donde solía entrenar subiendo escaleras diez veces por día. Su cuerpo no era una excusa. Entrenaba tres veces más que antes.

Según su página web oficial, el 15 de mayo de 2006, luego de 40 días en la montaña, alcanzó la cima del Everest y se convirtió en el primer doble amputado en lograrlo. Una de sus prótesis se rompió a 6.400 metros.
La reparó con partes de repuesto. Cuando descendía, tenía los muñones golpeados, helados, y la voz apagada por el aire de la altitud.
Desde su casa en Hanmer Springs, su esposa Anne relató que Mark descendió en trineo y luego a lomo de yak. “Me dijo que era un infierno, que tenía todo el cuerpo congelado” recordó ella, en una entrevista con NZ Herald.
Su hazaña, sin embargo, fue eclipsada por una polémica. Según The New York Times, durante la misma temporada, el alpinista David Sharp murió en la llamada zona de la muerte, a más de 8.500 metros. Cuarenta personas lo pasaron de largo. Según algunos informes, Inglis y su equipo estuvieron entre ellos.
Inglis respondió con furia: “Me duele que se publiquen falsedades como hechos. La gente no entiende lo que es estar a esa altura, con 50 grados bajo cero. En 2006 murieron 11 personas. El año anterior, amigos míos murieron por quedarse con gente que no podía moverse”.

Tras la cima, vino la consolidación de su logro. Fundó la organización Limbs4All, que proporciona prótesis y recursos a niños con discapacidades en Asia. En Camboya, su fundación ya ha apoyado a más de mil niños con uniformes, bicicletas y útiles escolares.
En 2024, fue orador de honor en los South Canterbury Sports Awards, recordando aquella noche gélida de 1982 como el día que redefinió su existencia.
Vive tranquilo, rodeado de naturaleza, reparando senderos de mountainbike y recorriendo escuelas como motivador. “Si te quedás quieto, la ventana se hace angosta. Si viajás, si aprendés, la ventana se abre”, dijo ante cientos de asistentes que lo aplaudieron de pie.
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