
En la Nueva York de la posguerra, un niño nacido en Astoria durante la primavera de 1943 creció entre hornos de pan y sets de televisión. Hijo de inmigrantes de primera generación —una mujer de Glasgow y un panadero alemán que fundó una panadería de renombre en Queens—, empezó a trabajar desde muy chico, como era costumbre en muchas familias de inmigrantes de la época.
“Mis padres tenían cuarenta y tantos cuando yo nací. Llegaron a Estados Unidos durante la Depresión y se ganaron la vida. Mi padre era panadero de Alemania. Mi madre era de Glasgow”, recordaría años más tarde.
La influencia de su madre fue decisiva. Soñaba con el espectáculo y arrastró a sus tres hijos a castings en Manhattan, inscribiéndolos en clases de tap, ballet y acrobacia. Desde los cinco años, él y sus hermanos aparecieron en televisión en vivo, cuando los programas familiares abundaban en la pantalla chica. “Utilizaban a muchos niños. Todos los programas eran muy familiares. Mi madre lo sabía, y nos subíamos al tren e íbamos a Manhattan. ¡Estaba aterrorizado! Si me daban una frase, normalmente la olvidaba”.
Durante la semana iba a la escuela, los fines de semana trabajaba con su padre en la panadería. Más adelante, cuando sacó el registro de conducir, se encargó de repartir las tortas del negocio familiar. Pero si algo marcó su adolescencia fue una experiencia tan inusual como inverosímil. “Solo conseguí un trabajo como aprendiz de domador de leones. ¿Quién va a rechazar eso?”, explicó en una entrevista con The Guardian. Tenía 16 años. Durante ese verano, trabajó con Sheba, una leona con la que compartió la pista. “Entraba en la jaula y agitaba mi látigo, y ella se levantaba perezosamente, se sentaba como un perro y quizás rugía un poco. Me gustan mucho los gatos. Siempre me han gustado. Son una gran compañía”.
Entre rodajes, tareas escolares, panadería y números de circo, también bailaba. “Bailar era algo que había hecho desde los tres años. En aquellos días, la gente de clase trabajadora como mis padres enviaba a sus hijos a aprender tap, ballet y acrobacia”. Esa formación sería clave años después, cuando, ya adolescente, abandonó la universidad tras el primer año para participar en una obra fuera de Broadway. “Había bailado toda mi vida, así que pasé al coro de un musical, y entonces alguien dijo que estaban haciendo una audición para esta obra, y fui, y me la dieron. Siempre ha sido un poco casual. Nunca se me ha dado bien crear oportunidades, pero sí aprovecharlas”.
En 1964, con poco más de veinte años, ya se ganaba la vida como bailarín de discoteca. También había adoptado un nuevo nombre artístico, más acorde a los tiempos que corrían. Su cara empezaría a circular por más escenarios hasta convertirse en una gran estrella internacional.
Respuesta: el niño de la foto es Christopher Walken
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