
En los últimos años, la moda empezó a revisar sus criterios de representación a partir de una mayor visibilidad de personas de más de 60 años en el espacio público y digital.
La denominada moda silver comenzó a ser analizada desde una perspectiva que excede el consumo y pone en juego la identidad y las prácticas culturales.
En ese cruce entre moda, comunicación y experiencia se inscribe el trabajo de Carmen Asenjo, licenciada en Ciencias Empresariales por la Universidad Austral y especializada en Comercialización en la UNR.
Con formación en marketing digital y estudios en asesoría de imagen, producción de moda, fotografía, corte y confección y sociología de la moda, es creadora de Viva la Moda, un espacio de contenidos sobre indumentaria y estilo en plataformas como Instagram, TikTok, YouTube y Spotify, que reúne a más de 250.000 seguidores de habla hispana interesados en aprender, investigar e inspirarse en torno a la moda.
—¿Cuándo empezaste a notar un cambio en la forma en que la moda mira a las personas mayores de 60 años?
—A nivel personal, el punto de partida fue el documental ‘Advanced Style’ de Ari Seth Cohen allá por 2014. Fue mi primer contacto con una estética que celebraba la longevidad y donde descubrí a figuras disruptivas como Iris Apfel.
Sin embargo, ese quiebre no fue un hecho aislado; fue de la mano con la democratización de la comunicación de la moda que trajeron las nuevas plataformas. Con el tiempo, y muy influenciados por las conquistas del feminismo, empezamos a ver cómo se resquebrajaban los estereotipos rígidos de los 90 y principios de los 2000.

Esa mirada hegemónica y excluyente empezó a ceder ante nuevos modelos de belleza más plurales, donde la edad ya no se percibe como una pérdida de valor estético, sino como una etapa de madurez creativa y de reafirmación de la identidad.
—¿Qué estereotipos sobre la vejez siguen vigentes en la industria de la moda?
—Más allá de que en los últimos quince años se han cuestionado los mandatos de que la belleza es patrimonio exclusivo de la juventud, la discriminación por edad sigue muy vigente y se manifiesta de forma clara en la comunicación visual.
Es contradictorio observar cómo marcas que diseñan para un público de 60 años utilizan en sus campañas a mujeres de 30, al igual que las marcas para mujeres de 30 emplean a adolescentes.

Este desplazamiento generacional demuestra que la industria todavía se resiste a retratar la realidad cronológica de sus consumidoras. Además, esto se refuerza en la publicidad televisiva y digital, donde la mayoría de los productos dirigidos a este segmento están vinculados a la cosmética ‘anti-age’, vendiendo la idea de reducir o combatir el envejecimiento como si fuera algo intrínsecamente malo o un problema a resolver, en lugar de aceptarlo y celebrarlo como una etapa vital más.
—¿Qué lugar ocupa hoy la ropa en la construcción de identidad durante la adultez mayor?
—La indumentaria ocupa un lugar fundamental a lo largo de toda la vida, ya que es nuestra herramienta de comunicación no verbal más inmediata y nuestra carta de presentación ante el mundo.

Como dice Martín Churba ‘es nuestra Piel Social’. Sin embargo, en la adultez mayor, este rol cobra una dimensión nueva. Creo, por mi experiencia, que con los años uno aprende a construir mejor su estilo personal y a seleccionar con mayor sabiduría aquellas prendas que realmente nos identifican.
A lo largo del tiempo, la ropa deja de ser un mandato externo para convertirse en una elección genuina; se desarrolla un criterio más agudo para entender qué nos queda bien y qué queremos proyectar. En esta etapa, vestirse es un acto de libertad y una manera de decir ‘esta es la persona que soy hoy’, utilizando la madurez como un activo para lograr una imagen más auténtica y sólida.
—¿Creés que existe una oferta de moda pensada realmente para personas +60 o todavía predomina una mirada juvenil adaptada?
—Considero que la idea de que debe existir ropa específica para una determinada edad es un concepto antiguo que, afortunadamente, se ha ido desarmando. Hoy ya no vemos tantas marcas estigmatizadas como ‘ropa de señora’, lo cual ha ayudado a quitarle peso a esos antiguos prejuicios; una persona de 60 o 70 años puede entrar a casi cualquier marca contemporánea y encontrar propuestas que le gusten.
Sin embargo, un punto crítico que todavía no acompaña esta supuesta ‘universalidad’ es el tema de los talles. Si bien la propuesta estética es abierta, la moldería sigue estando muy estandarizada para cuerpos jóvenes y delgados.

Es necesario que la industria entienda que la democratización de la moda no es solo una cuestión de estilo, sino también de ofrecer calces que contemplen la diversidad y los cambios naturales de los cuerpos con el paso del tiempo.
—¿Qué buscan las personas mayores al vestirse en esta etapa de la vida?
—Me resulta difícil encasillar qué es lo que buscan las mujeres de más de 60 años, precisamente porque hoy se habita esa edad de maneras muy diversas: hay mujeres de 60 trabajando, emprendiendo, viajando o siendo abuelas, y cada una tiene necesidades distintas.

Pero sí creo que, a nivel general, en esta etapa se busca la calidad por sobre la cantidad y una identidad clara. Ya no se busca ‘encajar’ a cualquier costo en la tendencia del momento, sino encontrar prendas que tengan un buen calce, que utilicen materiales nobles y que brinden una seguridad que solo se logra con los años.
Se busca un equilibrio: estar vigentes y modernas, pero sin resignar la comodidad ni la autenticidad. Se busca que la ropa sea una aliada de nuestra libertad y no una limitación
—¿La moda puede ser una herramienta para desafiar el edadismo?
—Absolutamente. La moda es una de las herramientas más potentes para desafiar el edadismo porque actúa sobre lo visual, que es donde primero se instalan los prejuicios.
Hace algunos años, realicé una encuesta en mi cuenta de Instagram sobre los prejuicios según la edad y las respuestas fueron reveladoras: todavía existe una mirada social que pretende dictar normas absurdas, como que a determinada edad el pelo debe tener un largo específico, que las faldas ya no pueden ser cortas o que las bikinis están ‘prohibidas’.

Al vestirnos rompiendo esas reglas invisibles, estamos ejerciendo un acto de rebeldía pacífica. Cuando una persona de más de 60 habita su cuerpo con libertad, usa colores vibrantes o elige prendas consideradas ‘juveniles’, está desmantelando la idea de que la vejez es un proceso de retraimiento o de pérdida de deseo.
La moda nos permite ocupar un espacio público con presencia y estilo, obligando a la sociedad a replantearse sus prejuicios.
—¿Qué rol cumplen las redes sociales en la visibilidad de personas mayores vinculadas a la moda?
—Las redes sociales han cumplido un rol democratizador fundamental, permitiendo que las personas mayores se conviertan en sus propias editoras de moda y generen comunidades de inspiración sin depender de los medios tradicionales.

Han dado visibilidad a una generación que antes era ignorada por las revistas de moda. Sin embargo, como contrapunto, es necesario señalar que los algoritmos no son neutrales: siguen favoreciendo la juventud y la estética hegemónica.
Esto crea una barrera invisible donde el contenido ‘silver’ a veces queda relegado o debe esforzarse el doble para romper el sesgo de lo que el sistema considera viral. A pesar de esto, las redes permiten que hoy exista un diálogo directo entre pares, demostrando que el estilo es una construcción cultural que no tiene fecha de vencimiento.
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