Ocho pueblos abandonados de Tarragona: castillos y masías de piedra entre el Mediterráneo y la sierra

Las localidades catalanas contaban en el pasado con escasos habitantes y, con el paso del tiempo, lo único que ha permanecido son las ruinas arquitectónicas

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A la izquierda, Poble Vell
A la izquierda, Poble Vell de Corbera d'Ebre. A la derecha, de arriba a bajo, Gallicant y Selma, todos ellos en la provincia catalana de Tarragona. / Wikimedia Commons

La costa catalana recibe numeros visitantes cada verano, atraídos por las calas recónditas que se esconden entre las poblaciones blancas pesqueras. No obstante, esta imagen idílica contrasta con zonas despobladas a pocos kilómetros hacia el interior, como ocurre en la provincia de Tarragona. Numerosos pueblos que antaño rebosaban actividad han quedado vacíos, convertidos en silenciosos testimonios de un pasado rural. Lejos de los destinos turísticos más populares como la Costa Dorada o el Delta del Ebro, diversas localidades dispersas entre sierras, valles y antiguas rutas agrícolas han quedado completamente despobladas, según recoge la plataforma Idealista.

A lo largo de la provincia, el despoblamiento ha tenido múltiples causas, desde las crisis agrícolas hasta la falta de infraestructuras básicas. En la cima de la sierra de Prades, a casi mil metros de altitud, La Mussara representa el ejemplo más emblemático de este fenómeno. Rodeado habitualmente por una espesa niebla, conserva las ruinas de la iglesia de Sant Salvador y vestigios de antiguas viviendas de piedra. Este núcleo agrícola sufrió un declive paulatino entre finales del siglo XIX y mediados del XX, cuando la crisis de la filoxera y la escasez de agua impulsaron la migración de sus habitantes. Finalmente, en la década de los sesenta, La Mussara quedó abandonada.

Las ruinas de la memoria datan de la Guerra Civil en la zona

El éxodo rural no es el único motivo de despoblamiento en Tarragona. En el caso del Poble Vell de Corbera d’Ebre, situado en una colina de la Tierra Alta, la causa principal fue bélica: este enclave fue uno de los escenarios más devastados durante la batalla del Ebro en 1938. Las bombas y los enfrentamientos destruyeron buena parte del casco urbano, provocando que, después del conflicto, los vecinos decidiesen reconstruir sus vidas en la parte baja del municipio. Actualmente, las calles en ruinas y la iglesia de Sant Pere constituyen un espacio destinado a la memoria histórica.

Otras localidades comparten historias de abandono ligadas a sus condiciones geográficas y carencias estructurales. Gallicant, ubicado a 880 metros de altitud sobre la ladera de Arbolí, estuvo formado por ocho viviendas dedicadas principalmente al cultivo de cereales, viñedos y aprovechamiento forestal. La falta de electricidad y servicios y el problema crónico de agua hicieron que la población se fuera reduciendo desde los años treinta hasta quedar vacía en los sesenta. Aunque la apertura de una pista de acceso y la cercanía de un campamento militar aportaron algo de movimiento, no fueron suficientes para revertir el abandono.

En el Alt Camp, Selma cuenta con restos que se remontan a la Edad Media, documentados desde el siglo X. La localidad cobró especial importancia al pasar a manos de la Orden del Temple en el siglo XII, que consolidó su dominio sobre el castillo y el territorio durante más de dos siglos. Sin embargo, las crisis agrícolas, especialmente la filoxera, y la opción de trasladarse a núcleos más accesibles precipitaron su declive y, a comienzos del siglo XX, ya estaba prácticamente deshabitado. Actualmente, apenas persisten algunos restos de viviendas y la torre campanario de Sant Cristòfol.

Unas condiciones adversas que marcan el éxodo rural

Más al sur, en Cabra del Camp, se localiza Fontscaldetes, un conjunto de solamente ocho viviendas. Hacia finales de los años treinta, vivían allí alrededor de treinta personas, principalmente dedicadas al cultivo de trigo, almendros y viñedos, así como a la ganadería. La ausencia de electricidad, agua corriente, escuela y atención médica provocó una acelerada disminución de la población durante las décadas de 1940 y 1950, y la última familia partió en 1964. En tiempos más recientes, asociaciones vecinales han impulsado iniciativas para rehabilitar la iglesia y dignificar el entorno.

Marmellar, en el Baix Penedès y a más de 500 metros de altitud, fue un pequeño enclave de diez casas rodeadas por masías. Sin suministro eléctrico y con recursos muy limitados, los habitantes dependían de cisternas para recoger el agua de lluvia y de pozos cercanos para el consumo diario. El aislamiento y la falta de servicios motivaron el abandono paulatino durante la década de 1950, siendo cerradas las últimas viviendas en 1958. Si bien posteriormente surgieron historias oscuras vinculadas al lugar, Marmellar fue ante todo una comunidad rural.

En la Conca de Barberà, Montargull, por su parte, situado a 845 metros sobre una elevación, contaba con cinco viviendas y varias masías, e incluso llegó a tener un castillo hoy desaparecido. La economía se basaba en el cultivo de cereales y en el comercio local con Santa Coloma de Queralt. La llegada de la electricidad en 1950 y de la carretera posteriormente no frenó el éxodo, debido a la deficiente provisión de suministros. Así, a finales de los sesenta, la población había quedado completamente vacía.

La estrecha relación entre vivienda y salud mental: un estudio revela que el 40% de la población ha sufrido ansiedad y un 23% depresión.

La comarca de la Terra Alta alberga el núcleo de Pinyeres, que llegó a agrupar hasta veinte casas. Su ubicación, apartada de los principales núcleos, obligaba a realizar largos trayectos hasta Batea o, en ocasiones, hasta localidades aragonesas cercanas para cualquier gestión. Sin luz eléctrica ni agua corriente, los habitantes se autoabastecían cultivando olivos, cereales y criando ovejas. La fuerte helada de 1954 y la carencia de infraestructuras aceleraron el éxodo, culminando en el abandono definitivo del pueblo en 1973.