
El mundo del running llegó a su vida por casualidad de la mano de su marido, que se había apuntado a la Media Maratón de Madrid y Gemma fue a animarle. El ambiente la cautivó y decidió probar al año siguiente. Ya nunca más se quitó las zapatillas. 10, 21 y 42 kilómetros, después los 101 kilómetros de Ronda y el mundo del trail llegaron a su vida. Ahora es bronce en el Mundial de los 100 km tras luchar a capa y espada contra las altas temperaturas y la humedad asfixiante que reinaron en la competición el 20 de septiembre en Galicia. “La carrera fue muy dura, fue un infierno que pagamos todos”, asegura Gemma Arenas en una entrevista con Infobae.
Empezó a correr por su marido (entonces novio) en el año 2004. Él se apuntó a la Media Maratón de Madrid y entre la multitud que inundó las calles de la capital estaba Gemma. “Me gustó muchísimo el ambiente y me dio mucha envidia y dije: ‘El año que viene la corro yo’”. Sin ningún tipo de objetivo ni marca en mente, tampoco con mucho entrenamiento en las piernas, un año más tarde era ella quien corría por las calles de Madrid. “Me encantó la experiencia. Tardé 1h 58 minutos”, recuerda. A partir de ese momento empezó a entrenar dos días a la semana. “La verdad que no le dedicaba mucho tiempo”, asegura. Sin embargo, ya le había picado el gusanillo de la competición.
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Su siguiente carrera fue la Media Maratón de Alcázar y después crearon el circuito de carreras populares en Ciudad Real y comenzó a correr distintas distancias. 10, 21 y en 2008 los 42 kilómetros de la maratón de Barcelona. Dos años más tarde nació su hijo Lucas. El tiempo que le dedicaba a entrenar ya no era el mismo y tomó una decisión: menos tiempo, pero de más calidad. Fue su ya marido Agustín quien le organizó los entrenamientos. Poco a poco fue mejorando los ritmos. En ese momento nunca había pasado de 42 kilómetros, hasta que en 2012, estando embarazada, su marido corrió los 101 kilómetros de Ronda.

La situación fue la misma a la que le llevó a empezar a correr. “La experiencia también me gustó mucho. Yo pensaba: ‘Jolín, yo solo he hecho maratones de asfalto’. Entonces me pregunté: ‘¿Podría hacer el año que viene los cien kilómetros corriendo?’“. Y no solo lo hizo, sino que ganó la carrera. Ese fue el punto de inicio de su incursión en la ultradistancia. Desde entonces nunca ha dejado de correr esas distancias, aunque sí lo ha compaginado con las carreras de trail, donde es un referente.
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Entrenar y gestionar una carrera de 100 kilómetros
La primera vez que la corría había dado a luz hacía ocho meses y con cesárea, aunque eso no fue un impedimento. “Me recuperé muy rápido. Hice un maratón y alguna carrera de 10 km que me pillara cerca y volvía corriendo también para sumar kilómetros”, recuerda. No tuvo una preparación específica para correr los 101 kilómetros de Ronda, simplemente quería aguantar la distancia. Le sirvió no solo para aguantar toda la carrera, sino que las piernas le dieron para ganarla. “Tengo muchas ganas de volver a esa carrera, porque sé que ahora ese tiempo lo bajaría”, asegura.
La gestión en carrera es para ella como un ritual. Después de años sufriendo problemas de estómago, conocía qué le sentaba bien y qué no y lo tuvo claro: en carrera no se improvisa, se va sobre seguro. “Vas aprendiendo la gestión de la bebida, la comida. Yo tomo algún gel, pero no abuso, prefiero membrillo, mazapán, pan de leche con un poco de queso Idiazábal. Cosas más naturales”. Además, los días antes de la carrera se hidrata mucho al igual que en carrera, donde también mete sales e hidratos para no deshidratarse.
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A nivel mental tampoco es sencillo aguantar una carrera de 100 kilómetros, más de siete horas corriendo. “Muchas veces pienso: ‘¿Qué hago aquí? ¿Qué necesidad tengo yo de este sufrimiento?’. Luego al rato cambias de idea. Pienso mucho en la gente que me acompaña y me está esperando en meta. Yo voy engañando a la mente así“, explica. Es un momento de soledad que trata de minimizar pensando en su familia, aunque esa situación se multiplica cuando la carrera comienza de noche. ”He hecho muchas y no me gustan tanto, porque además de ir sola, no ves nada, ni paisaje ni nada". Y añade en tono jocoso: “Oyes muchos ruidos y ves luces y ojos”.
El Mundial de 100 kilómetros
Gemma reconoce que la convocatoria prácticamente se la esperaba. “Al ser campeona de España en Málaga, me imaginaba que si salía equipo español yo iría. Cuando a mí me lo dijeron oficialmente, tuve que decidir, porque tenía el mismo fin de semana dos mundiales”. La atleta se había clasificado también para La Gomera con la FEDME. Al final, mundiales de montaña he hecho muchos y quería ver otra experiencia", detalla. Tras terminar la temporada, aprovechó el mes de julio para descansar, antes de volver a los entrenamientos.
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La última semana de julio comenzó a preparar los mundiales: “Ha sido una preparación muy dura, porque ha habido temperaturas muy altas y entrenamientos de mucha soledad. Mi marido me acompañaba algunas veces, pero no cuando tenía que hacer treinta o treinta y cinco kilómetros. Me podía acompañar en dieciocho, pero el resto me tocaba sola. Ha sido duro, pero ha dado sus resultados que es lo importante”. Respecto a las tiradas largas, al contrario de lo que se pueda pensar de una atleta que corre 100 kilómetros, no le gustan demasiado. Por ello, partía el entrenamiento en dos: 30 kilómetros por la mañana y 12 o 13 por la tarde. Esos entrenamientos los repitió dos o tres veces en el último mes y medio.
A la distancia se sumaban también las condiciones climáticas: humedad y altas temperaturas. Para intentar simular el entorno que se encontraría el día de la carrera tiró de ingenio: “He entrenado mucho en cinta con todo cerrado, sin ventilador y sin nada, para preparar al cuerpo para la humedad y que todo saliera bien”. El día de la carrera hubo un 80% de humedad a primera hora del día, después bajó, pero subió la temperatura hasta los 41 grados. “La carrera fue muy dura, fue un infierno que pagamos todos”, afirma. Gemma asegura que podría haber hecho mucho mejor tiempo si el clima hubiera acompañado. “Yo había entrenado para hacer mejor marca, pero no pudo ser porque la temperatura y la deshidratación me jugaron una mala pasada”, asegura.
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Hasta el kilómetro 60, Gemma iba cómoda, pero a partir de las 12 de la mañana la temperatura comenzó a subir y la competición se transformó en un infierno. “Tocó aflojar y tirar más de cabeza que de piernas”. A partir de entonces los avituallamientos se convirtieron en parada obligatoria. “Me compré unas medias cortas y le dijo al equipo de la selección que metieran hielo, le hicieran un nudo para poder ponérselo en la nuca para bajar un poco la temperatura corporal. Aun así no fue suficiente, pero ayudó”. Finalmente pudo subir al podio con una medalla de bronce, tras cruzar la meta en 7:17:50 y registrar un nuevo récord de España. Y no solo eso, sino que se colgó también la medalla de plata por equipos. Junto a Estefanía Unzu, María Romero y Carmen María Pérez consiguió el segundo puesto.
Los días posteriores fueron de recuperación. “Las piernas estaban fatal”. A ello se suma la recuperación de líquidos, dado que se deshidrataron tanto las tres primeras que tardaron más de dos horas en hacerles el control antidoping. “Luego fue mucho descanso porque el cuerpo lo necesitaba”, afirma. Aunque no significa que pare, el miércoles siguiente a la carrera ya salió a correr 17 kilómetros “suaves”, viernes 10 km y el domingo otra carrera. Y no solo eso, tras la entrevista con este medio, Gemma ganó el Ultra Pirineu (que se acortó a 60 kilómetros debido a las condiciones climatológicas) con un tiempo de 6:57:55. De cara a futuro todavía no sabe cuál será su siguiente reto, aunque tiene claro que seguirá corriendo y disfrutando. “Poder estar con 47 años haciendo grandes resultados, para mí es una pasada”, concluye.
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