
Vinicius sonríe y señala a Bellingham, el inglés le devuelve el cariñoso gesto mientras ambos, cogidos del brazo, observan el festejo de la grada que acababa de recibir una doble capa de pintura tranquilizadora. El brasileño, que había rozado la expulsión por agarrar del cuello a Orbán instantes antes, materializaba un gran contragolpe iniciado por Kroos y conducido por Bellingham y liberaba así al Real Madrid de su propio despropósito. El gol se tradujo en billete a cuartos de final de la Champions, por undécima vez en las últimas trece ediciones, después de una noche de agobio por el buen hacer del Leipzig que se quedó en la orilla pese a mostrar su mejor cara.
La parte más oscura de la brillante carrera en Champions del Real Madrid siempre ha estado relacionada con Alemania, con esa capacidad germana de complicarlo todo, de mostrarse poco impresionable a rivales y ambientes y convertirse en una apisonadora. Por ahí y por el estado de necesidad del Leipzig por el resultado de la ida y el bombardeo en forma de disparos al que fue sometido Lunin en el Red Bull arena, se comprende la alineación de Ancelotti. Un once cargado de músculo para contener más que para dominar, con Camavinga, Tchouaméni y Valverde en la sala de máquinas, Vinicius caído a la izquierda y Bellingham como falso nueve.
Músculo para templar
El Madrid se empeñó en convertir su 122 cumpleaños en un funeral. Acunaba la posesión, pero sus ideas no mecían ante la asfixiante presión del Leipzig. Openda, activado por Xavi Simons y Dani Olmo, perdonó en dos ocasiones. Lunin se llevó otro susto, que recordó a los de la ida, cuando se vio sólo ante un Sesko que se movió a campo abierto durante todo el primer tiempo. Fue fuera de juego, pero permitió comprobar que el meta estaba más metido que el resto de su equipo, que andaba sin tensión y necesitado de un desfibrilador. Al otro lado del charco, Gulacsi habitaba el área bajo de pulsaciones.

Tras el paso por la caseta, Ancelotti reajustó su esquema inicial. Retiró a Camavinga, que rinde mejor cuando hay espacios y caos que bajo el orden, y metió a Rodrygo en la derecha. El Madrid de toda la temporada, con mejores automatismos, pero con una inercia negativa en el partido que parecía imparable. El Leipzig, al mando de un soberbio Dani Olmo, un jugador que tiene calle y disciplina, siguió estando por encima del equipo blanco en ambición, intensidad y llegada. Al Bernabéu le dio un vuelco al corazón tras una salida fallida de Lunin que rebañó Openda.
De área a área
Pero fruto del asedio, emergió la esperanza del conjunto blanco. Un manual del buen contragolpe. Kroos recuperó, Bellingham condujo 50 metros paciente al desmarque de Vinicius, su única compañía. Llegó en diagonal, y la sincronía entre pasador y rematador se materializó en gol. Un oasis en medio del agobio del Leipzig que empató poco después cabezazo de Orbán mediante. El marcador volvía a la salida, pero el partido no. La fatiga abre los partidos. Esta vez lo hizo escandalosamente.
Se pasó a la locura, un vuelo de área a área, con peores perspectivas para Lunin que para Gulacsi. Todo sea dicho. Los de Ancelotti seguían mostrándose vulnerables a los centros laterales y movimientos de Olmo. Vivían empujado en su área, desde donde vio como el propio Olmo estrellaba su vaselina con el larguero y aguantaba el chaparrón que, por undécima vez en 13 años le conduce a cuartos de final. Felicidad en el Bernabéu y feliz, aunque sufrido, 122 cumpleaños para el conjunto blanco.
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