
No pasan muchas páginas de Tedward (La Cúpula) hasta que te encuentras al protagonista entrar con una potente pistola de agua en una habitación en la que está teniendo lugar una orgía de ricos enmascarados. Solo entonces cobra verdadero sentido su recién adquirido empleo de “higienista coital”, tal vez un trabajo genial en lo económico, pero al mismo tiempo, una prueba más de lo hostil que puede llegar a ser el mundo para quienes se sienten perdidos en él.
No hay que dejarse engañar, pues, por ese peinado “intergaláctico”, ni por la seguridad con la que este lover boy pide en la tienda condones Durex “ligeramente ceñidos” o asegura que “todo el mundo sabe que la peor parte del coito es cuando las piernas se tocan entre sí”, sea lo que sea lo que signifique eso. Lo cierto es que Tedward, ese seductor “a la antigua usanza”, es alguien que, tal y como afirma su creador, Josh Pettinger , “no encaja en la sociedad”.
De este modo, en Tedward seguimos a este mismo personaje en todo tipo de hilarantes situaciones que escapan de control: desde trabajos absurdos a fracasos erótico-sentimentales, donde una y otra vez las circunstancias, cuando no él mismo, se interpondrán en su camino para devolverle a la casilla de salida. Esas y otras historias conforman un cómic underground que ha contribuido a situar a Pettinger como una de las figuras más aplaudidas del panorama independiente del sector.
Edición en español de 'Tedward', el cómic de Josh Pettinger. (@josh_pettinger/Instagram)
“Atrapados por los caprichos de personas con más poder que nosotros”
“Tedward es a la vez víctima de la realidad y el que causa el daño”, resume el historietista. “Es un reflejo de la masculinidad en todo el mundo. Las expectativas y lo que se espera de uno frente a la realidad de lo que cada persona es realmente capaz de hacer". Las situaciones fuera del control del protagonista son, de hecho, un eco de la experiencia que ha acompañado al propio Pettinger desde pequeño: “Siempre he tenido la sensación de que tanto yo como todos los demás estábamos atrapados por los caprichos de personas con más poder que nosotros”.
El núcleo de todo ello está en los diferentes empleos de Tedward. Pettinger recuerda cómo, al haber crecido en el seno de una familia humilde, en su casa las televisiones funcionaban con monedas: una libra por hora, hasta que una vez al mes alguien venía a llevarse a todo el mundo. “Me pareció interesante poner a Tedward en la situación de ser el hombre que recogía las monedas, por lo que se veía obligado a interactuar a diario con todos esos personajes locos”, ejemplifica.
Del mismo modo, la ya mencionada escena de la orgía se le ocurriría trabajando como camarero, un trabajo en el que “te pasas el día sonriendo y siendo amable con gente que tiene mucho más dinero que tú y te trata como un sirviente”. “Creo que las obras más interesantes son una versión extrema y ficcionalizada de hechos y sentimientos reales, me resulta natural convertir esas quejas cotidianas y mundanas en situaciones absurdas y surrealistas”.

Mostrar lo que nadie puede ver
En Tedward no hay Internet, la gente usa teléfonos fijos, caminan y cogen el autobús. Pero a pesar de la naturaleza analógica del mundo en el que Tedward se desenvuelve, la intención de Pettinger es dotar de un carácter “atemporal” a todas sus historias. “No quiero que un personaje pueda enviar un mensaje de texto a alguien para resolver un problema”, argumenta el historietista, “quiero que tenga que ir andando a algún sitio e interactuar persona cara a cara”.
Esa dislocación en el tiempo se refleja en la forma de hablar de los personajes, donde son capaces de construir frases de lo más enrevesadas (“esos ingredientes me producen pesadillas en plena vigilia”) para luego sustituir el “muy bien” por un: “Nivel maestro sushi”. “Quería que el personaje diera la sensación de haber sido criado por unos padres mucho mayores y que, por eso, no encaja del todo en la sociedad moderna. Como alguien congelado en los años 50 y que luego se ha descongelado”, añade Pettinger.
Amor, familia, un buen trabajo, una bonita casa... todo se le resiste. “Es simplemente demasiado extraño para desenvolverse en el mundo de una manera que haga que esas cosas sean posibles”, razona el autor. Sin embargo, son esas mismas rarezas las que, siguiendo la tradición de cómicos como Alan Partridge, Mark Corrigan o Larry David, “reflejan una parte de nosotros que no podemos mostrar en la sociedad”. ”Tedward es un personaje que sería un completo marginado en la vida real, pero al público le gusta porque se ve reflejado en él", sentencia Pettinger.

“La buena comedia suele tratar de cosas horribles que son ciertas”
Como cómic underground, Tedward se mueve como pez en el agua en los códigos de lo políticamente incorrecto, pero es a partir de ahí y del humor absurdo que extrae de toda la realidad, desde donde conecta con el lector. “A menudo siento que no puedo atribuirme el mérito de mis ideas porque no me siento a pensarlas”, reconoce Pettinger. “Siento que me llegan y no tengo control sobre cuándo va a suceder”. A través de este método, en el que las ideas fluyen de la forma más inverosímil y alocada posible, que logra comunicar un “sentimiento sincero”, que una vez plasmado en el papel encuentra su propio subtexto.
El carácter satírico e irreverente ha hecho que las obras de Pettinger tardaran en ser valoradas en el mercado anglosajón. “Los críticos estadounidenses parecen tomarse en serio una obra solo si trata un tema serio o tiene algún elemento de tragedia o miseria”, lamenta. “Les cuesta ver que la buena comedia suele tratar de cosas horribles que son ciertas, o que puede tratar de miedos oscuros o ansiedades y, en general, de la condición humana”.

Ignorado por buena parte de las instituciones o medios, Pettinger se ha visto obligado a dirigirse directamente a su público a través de redes y canales alternativos, algo que en realidad, para él es mejor. “La gente que lo lee (Tedward) son personas que se han tomado la molestia de buscar historias más raras, más oscuras y divertidas”. Así es como ha logrado pasar los últimos años dedicándose única y exclusivamente a su arte, un trabajo duro (“tienes que ser tanto artista como empresario”), pero que le permite satisfacer esa obsesión de “pasar cada día creando y contando historias”.
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