Cada nuevo episodio de su pódcast arranca como la charla de amigas que son: “¿Qué has comido?”, se preguntan cada dos semanas nada más pulsan el botón de grabar. Esta vez, y siendo las cinco de la tarde, no podía ser de otra manera. Su estudio ha pasado a ser la redacción de Infobae en Madrid pero una vez que empiezan a hablar, una se siente dentro de su programa.
“He comido lomitos de salmón al horno marinados en salsa de soja, mostaza y otras cosas que no recuerdo porque no lo he cocinado yo, lo ha hecho mi novia, con aguacate y arroz. Y luego un cuadradito de chocolate”, arranca Carmen. Ana, por su parte, admite que a su comida “le ha faltado proteína”, aunque ha sido “excesivamente sana”. Primero ha tomado “una tacita de consomé” que había hecho su madre; de segundo, “una ensalada de remolacha, nueces y queso de cabra con un chorrito de limón”, y de postre, un yogur y un cuadrito de chocolate. “Ha sido una comida bastante Providence“, dice, haciendo referencia a la ciudad de Rhode Island, en Estados Unidos, donde ambas se conocieron.
Ellas son el colectivo Las hijas de Felipe —no, no las que estás pensando— y desde hace seis años están detrás del pódcast del mismo nombre que hace referencia a las desdencientes de Felipe II, las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Carmen Urbita (Madrid, 1989) y Ana Garriga (Salamanca, 1989) se encerraron en un baño en medio de la pandemia para contar los salseos del Barroco y la vida monacal de la época con un lema: “Todo lo que te pasa a ti ya le pasó a una monja en los siglos XVI y XVII”.
Primero con el programa producido por Radio Primavera Sound y ahora con el libro Instrucción de novicias (Blackie Books), publicado el pasado 4 de febrero, han convertido la filosofía monacal barroca aplicada a la vida moderna en un fenómeno que ya ha seducido incluso al mismísimo New York Times. A lo largo de sus casi 300 páginas hablan, entre otras cosas, de amistad, trabajo, dinero. De precariedad laboral y de sindicalismo carmelita, de nepomonjas, de burnout y también de lesbianismo. La diferencia es que este manual de supervivencia no lo firman gurús contemporáneas ni expertas en autoayuda: lo cuentan las propias monjas. Bueno, o más bien los hechos que rescatan las dos lingüistas.
En búsqueda de la escritura femenina
La historia de amistad entre Ana y Carmen también es rara rarísima, como el nicho, —como lo llaman—, en el que están especializadas. “Es una absoluta rareza, es verdad”, asegura Carmen. “No entramos por un afán de interés hacia la cultura conventual, sino más bien buscando un rastro de escritura femenina”, añade Ana. Ambas vienen de las letras: la primera estudió, Literatura Comparada; la segunda, estudió Filología Hispánica. Pero se conocieron a más de 6.000 kilómetros de distancia de sus respectivos lugares de origen: en 2016 en la Universidad de Brown en Estados Unidos, donde ambas acudieron para estudiar sus doctorados. “Nos fuimos dando cuenta de que el archivo de escritura femenina también estaba en los conventos”, explica Carmen, aunque Ana asegura que entró en este mundo barroco gracias a su carrera y a los textos de Santa Teresa. “Era la única mujer escritora que rompía un poco el canon hipermasculinizado de la prosa del siglo XVI”, puntualiza.
“La literatura y la cultura de los siglos XVI y XVII eran algo completamente ajeno, polvoriento, muy, muy masculino, en parte porque han sido muy manoseados”, puntualiza Carmen. “Revisitarla a través de esta lectura, que siempre ha estado ahí pero no tan divulgada, se convierte en una especie de práctica de escucha muy adictiva”

Así fue como en Estados Unidos, sumidas en su propio convento —lo que implica hacer una tesis doctoral— y en plena pandemia comenzaron su pódcast. Su audiencia ha crecido mucho en este tiempo, pero aseguran que nunca van a tener “una audiencia hipermasiva”. Tampoco aspiran a ella. “No queremos amoldar nuestro contenido para que se popularice aún más”.
Ahora trasladan esto al libro, aunque no querían que fuera una simple extensión del pódcast. “Nuestros temas de interés confluyen, pero hemos intentado que el libro fuera un artefacto distinto”, explica Garriga. Reconocen que si han tardado “tanto” en escribirlo es porque recibieron distintas propuestas editoriales para hacer una “traslación de los guiones del pódcast”. Se negaron. “Venimos de los estudios literarios y nuestro medio natural es la escritura. En realidad, lo raro en nosotras era hacer un pódcast”, añade. “Queríamos que hubiera una narrativa y que no fuera simplemente un catálogo enciclopédico de las vidas de las monjas, sino que hubiera un hilo narrativo”.

El ensayo primero tuvo su lanzamiento en el mes de noviembre en Holanda y Estados Unidos y en febrero llegó a nuestro país. Una rara avis, desde luego. ¿Allí las monjas resultan más exóticas? “El libro ha tenido un recorrido editorial muy atípico, porque antes incluso de existir solo había una propuesta y de pronto estaba firmado en muchos países más allá de España”, explican. “Creemos que hay una mirada exótica a la cultura católica que a ellos les pilla mucho más lejana”, mientras que aquí “entronca más con una relectura histórica dentro de la historia de España”.
Pese a ser un libro de monjas, Dios no está. Tampoco lo esperaban. “Es alucinante que hayamos logrado escribir un libro en el que aparecen medio centenar de monjas y Dios sea el gran ausente”, reconoce Garriga. “Siempre aparece como un personaje subsidiario. De alguna manera, las monjas disponen de él para conseguir sus objetivos”.
Más allá de lo espiritual, la comparación entre las monjas del Barroco y las actuales revela un cambio radical. “La gran diferencia son las razones para profesar”, explica. En los siglos que ellas estudian, la vida en clausura no era una excentricidad, sino una opción mucho más extendida. “El porcentaje de mujeres que profesaban era enorme. El convento estaba completamente integrado en la vida cotidiana, tanto en lo urbano como en lo rural”. Hoy, es una excentricidad. “Ahora mismo se vive como algo muy marginal”, apunta Urbita.
El convento, un acto de rebeldía
En muchos casos, el convento estaba visto como un acto de rebeldía. “Hemos encontrado muchísimas monjas que dicen claramente que no tenían vocación”, señala Ana. “Entraban porque no querían casarse ni tener hijos, con todo lo que implicaba: embarazos constantes, riesgo de muerte…”. Otras, como por ejemplo, Sor Juana Inés de la Cruz, entró al convento porque quería perseguir una vida intelectual. “Querían leer, escribir, tener una vida intelectual. Y eso era impensable fuera”, añade. “Era una manera de continuar esa sociabilidad sin pasar por el matrimonio”. Por eso, ellas lo tienen claro: “En el siglo XVI o XVII, nosotras habríamos sido monjas seguro”.
Su libro llega en el momento justo en que internet no para de preguntarse si está volviendo una ola católica. En octubre, Rosalía anunció su cuarto disco de estudio, LUX, enfocado en la espiritualidad y en Dios. Esa misma semana llegó a los cines, Los Domingos, la película de Alaúda Ruiz de Azúa que intenta explicar por qué una joven de 17 años quiere ser monja de clausura.
“En el siglo XVI o XVII, nosotras habríamos sido monjas seguro”
¿Hay un auge de verdad o es que la estética religiosa es cíclica? “Hemos pensado mucho en esto. Al principio hicimos un voto de silencio y dijimos que antes de que saliera nuestro libro no íbamos a hablar”, bromean. “Hay un ejercicio un poco tendencioso en intentar vincular una peli como Los domingos con un disco como el de Rosalía. Son dos fenómenos que simplemente no tienen nada que ver, exploran cosas muy distintas“.
Sobre la cinta de Azúa explican que “no es una peli sobre la religión. Es una peli sobre las dinámicas internas familiares”. “Nuestro libro y nuestro trabajo también abogan por romper la idea de la monja como un sujeto tipificado. Hay muchos tipos de monjas”.
Sin embargo, entienden que se use en la ficción. “En cine yo creo que es que hay algo muy estético y cinematográfico”, apunta Urbita. También es barato. “Hay poco cambio de setting y el hábito lo tienes para todas igual”. Sin embargo, aclaran: “En el libro somos un poco críticas con este género cinematográfico, el nunsploitation“, categoría fílmica que exprime a toda costa el embrujo del universo conventual. ”Tiran mucho de asumir cierta histeria colectiva en el convento y muy poco de la subjetividad de las propias monjas“, aseguran.
“Hay algo estéticamente muy seductor. Hay pocas figuras intrínsecamente femeninas más reconocibles que una monja. Hay representaciones desde el siglo XII hasta ahora”, explica Urbita. “De pronto se puede convertir en un icono femenino y feminista, depende del ángulo que se le vea, bastante válido”.
La monja, ¿un nuevo icono feminista... lésbico?
Además, rescatan un pregunta que les hizo una periodista francesa: ¿puede que la monja sea el nuevo icono feminista que antes fue la bruja? “Hay una imagen preconcebida de la monja asociada a la sumisión”, explica Urbita. “Pero en realidad hay toda una historia de vida conventual que tiene que ver con la rebeldía femenina y con saberes femeninos gestados en colectividad. Entonces quizá sea una manera de imaginar una rebeldía en la que necesariamente no hay por qué perecer”, añade. “Hemos leído mucho a veces sobre ellas, sobre juicios inquisitoriales... Pero en el pódcast hemos pensado muy poco en ellas”. Gracias a esto empezaron a pensar que quizá la monja sí es ”una especie de nueva bruja” que encarna “ese papel de rebeldía femenina, de vida en los márgenes y de lucha que acababa necesariamente con las brujas en la horca”.
En el libro también rescatan las llamadas amistades particulares, donde cuestionan la presunción de heterosexualidad de las monjas barrocas. ¿Sentían Sor Juana Inés de la Cruz y María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga un lazo tan estrecho como para vivir una noche de amor?
“Hay un ejercicio un poco tendencioso en intentar vincular una peli como Los domingos con un disco como el de Rosalía. Son dos fenómenos que simplemente no tienen nada que ver, exploran cosas muy distintas“
“Los casos que nosotras recuperamos en el libro no son intuiciones, es que está en las fuentes”, apunta Ana. Por ejemplo, recuperan el caso de Las Cañitas, apelativo con el que se conoce a Inés de Santa Cruz y Catalina Ledesma por los juegos sexuales que utilizaban: “una caña en forma de miembro viril”, así como “un artificio de lana a manera de natura de hombre” y “otra caña algo gruesa puntiaguda”. En 1603, los rumores de los vecinos sobre sus muestras públicas de cariño y sus discusiones llevaron a que fueran arrestadas y juzgadas por la Inquisición bajo acusaciones de sodomía.
En la otra cara de la moneda mencionan a Ana de Jesús y Beatriz de la Concepción, que a través de cartas se confesaron amor a distancia, devoción epistolar y una codependencia absoluta. “El caso de las Cañitas es un caso inquisitorial transcrito, y las cartas de Ana de Jesús y Beatriz de la Concepción, si bien es cierto que no tienen un contenido sexual, sí que puedes deducir perfectamente una sobrecarga afectiva que podía ser amistosa igual que podía no serlo. Si era amistosa, era lo suficientemente tóxica como para que hubiera algo más ahí en medio”, asegura Garriga.
Más allá del archivo y de las fuentes, hay una idea que atraviesa todo el libro: el convento como forma de vida colectiva. En un presente cada vez más individualista, donde la vivienda se precariza y los vínculos se diluyen, ambas plantean si no estamos, en realidad, necesitando repensar la comunidad. “No lo escribimos pensando que el libro tuviera una moraleja”, matiza Garriga, “pero al final apareció en el epílogo la idea del convento portátil”. Una propuesta que funciona como metáfora. “Si lo piensas fríamente, lo que tenemos ahora es invivible: trabajas, produces, vives en espacios cada vez peores…”, resume.
A eso se suma una paradoja contemporánea: “Internet nos encanta, pero también ha roto los tejidos asociativos de las ciudades. Ya no vives con la gente de tu barrio, estás cada vez más aislada”. En ese sentido, el convento deja de ser solo un objeto histórico para convertirse en una herramienta de pensamiento. “Puede ser una manera de pensar en comunidad”, concluye.

Después de años leyendo y estudiando vidas conventuales, ¿han llegado a querer ser monjas? “Hemos fantaseado con vivir en un espacio comunitario, desacralizado, con tu gente cerca, pero en un convento como tal, yo creo que no”, admite Urbita. “La fantasía es tener tiempo, tener la vivienda garantizada, la comida, la comunidad cerca. Y no solo cerca, sino estable. Saber que esos lazos los vas a sostener a largo plazo”, añade Garriga.
Queda, sin embargo, una última pregunta: ¿han recibido críticas? De momento, no demasiadas. “Dentro de la Iglesia y dentro de la gente creyente hay mucha diversidad ideológica”, explica Garriga. “Para ciertos sectores, nuestro trabajo, que es un rescate de voces olvidadas, se valora positivamente”.
Urbita recuerda una anécdota en Lisboa, cuando un cura portugués les escribió para decirles: “Hacéis mucho bien al cristianismo”. “Dije: vamos a ver… el nun-washing ha ido demasiado lejos”, bromea. En una presentación en Madrid, un asistente se identificó como jesuita y aseguró que en el Vaticano escuchan su pódcast. También han recibido atención desde espacios religiosos: la pastoral jesuita les dedicó una entrada en su newsletter y saben que hay monjas entre su audiencia.
Eso no significa que no haya fricciones. “Habrá gran parte de la Iglesia a los que no les guste ideológicamente nuestro libro”, reconocen. El límite está en la histora: “Nos basamos mucho en las fuentes. Entonces tampoco hay mucho que decir”.
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