
Solo hay una razón para escribir: la necesidad de hacerlo. La certeza es, podríamos decir, tan antigua como la escritura, o como mínimo, tan antigua como Rainer Maria Rilke, poeta de quien Ricardo Menéndez Salmón toma la idea para explicarnos por qué ha dedicado toda su vida a las novelas y qué lo ha guiado, a través de varias décadas, en una de las trayectorias más sólidas de la literatura española contemporánea.
Ahora, el escritor asturiano, ganador de premios como el Biblioteca Breve de novela, presenta con Arca (Seix Barral) un artefacto literario que oscila entre diferentes géneros narrativos: el suspense, lo histórico, lo gótico... Si bien podría definirse como una particularísima novela de fantasmas que invita, sin más afán que aquel al que nos conducen la ficción y el gran laberinto espacio-temporal del lenguaje, a “reflexionar sobre en qué lugar de la historia estamos, por qué hemos llegado hasta aquí y qué nos es dado esperar”.
Por eso, quizá, uno de los elementos que más destaca en la novela es el tiempo, casi un personaje más en la misma. El narrador de la novela es, a la vez, testigo y protagonista, un hombre dotado de un don singular que le permite rescatar el pasado con solo tocar un objeto. Esta habilidad, por la que es invitado a investigar una extraña desaparición en un palacio veneciano del siglo XVI, lo convierte en un personaje capaz de habitar simultáneamente el pasado, el presente y el futuro, solventando así “la posibilidad de estar en tres sitios a la vez, en tres lugares del tiempo al mismo tiempo”.

Lo fantasmal como puente entre lo real y lo imposible
La estructura temporal de la novela permite al lector transitar entre distintas capas de la experiencia y el recuerdo, mientras la ciudad de Venecia, con sus siglos de historia y su atmósfera de ensoñación, se transforma en un escenario en el que el fin del mundo es cada vez más palpable con sucesivas catástrofes naturales. En su bella finitud, la urbe del Gran Canal refuerza el carácter discontinuo y fragmentado de la memoria. El protagonista, a través de su don, se convierte en un intermediario entre lo que fue y lo que está por venir, entre lo tangible y lo espectral.
“La palabra fantasma es muy atractiva”, dice Menéndez Salmón. “Atrapa mucho, porque es un depósito del recuerdo. Lo fantasmal convoca algo que ha sucedido, y que en Arca es central en la peripecia de la novela: el fantasma es una especie de continente de algo por solucionar”. Al integrar esta figura, el escritor explora también una convivencia entre lo onírico y lo real, entre lo inverosímil, “cuando no imposible”, y lo verdadero. “El fantasma me permitía transitar por ambos mundos”.
Sin embargo, en Arca confluyen muchas otras obsesiones del autor, como el carácter simbólico del espacio urbano o el doméstico. “La casa es el lugar donde nosotros transcurrimos, donde la mayoría de nuestra vida transcurre. Es el lugar donde soñamos y dormimos, donde reposamos”, argumenta. “En cuanto a la ciudad, basta con ver la idea del espacio que Venecia per se genera”.

Espacio, tiempo y lenguaje: un umbral por cruzar
La escritura de Arca ha supuesto para Menéndez Salmón un desafío sostenido durante seis años, periodo en el que nos asegura que la novela ha viajado con él y absorbido buena parte de su atención. El autor señala que, aunque la arquitectura general de la obra estaba meditada desde el inicio, si bien ciertos aspectos narrativos, y en concreto algunos personajes, como el de Boglarka, una extraña pintora a la que el protagonista conoce como una aparición espectral, requirieron de él un trabajo especialmente minucioso.
“Me costó también tomar ciertas decisiones sobre los dos grandes viajes que hay en la novela”, añade. Uno de esos viajes no es, por decirlo de algún modo, puramente espacial. El palacio en el que el protagonista debe investigar la desaparición alberga un extraordinario secreto, que hace a quien se sumerge en él cruzar esa “frontera” invisible que separa la experiencia humana del mundo que le rodea.
En este proceso, el lenguaje se convierte en la herramienta capaz de transmitir lo imposible: un puente entre lo real y lo fantástico que, sin apenas notarlo, había estado guiando nuestros pasos a través de toda la novela. Cuando le preguntamos a Menéndez Salmón por ese giro lingüístico de ese “umbral”, nos contesta: “Yo mismo entré en él, con prevención, pero una vez lo crucé, el lenguaje me arrastró. Una vez me prometí a mí mismo que allí dentro todo era posible, alcancé un punto en el que nunca me he sentido tan libre”.

La literatura nos permite “ver”
Tal vez sea en este punto donde, también, el simbolismo que conecta el don del protagonista con la propia condición del escritor sea más fuerte que nunca. “El escritor pone sus manos sobre... no solo sobre el aquí y el ahora, sino que muchas veces tiene la tentación de poner sus manos sobre el aquí y el ahora para saber qué sucedió en el antes y en otra parte”, reflexiona Menéndez Salmón. La literatura, así, se convierte en “un gran mecanismo de exhumación”, capaz de iluminar épocas y emociones ajenas a la experiencia personal directa. “Aunque sea una perogrullada, tiene algo de videncia”.
Frente a ello, es frecuente caer en el dilema de cuándo surge la mejor literatura, si en épocas de crisis donde todo es incierto o en momentos de gran esplendor. “Dicen que nunca la literatura o el arte es más potente que cuando está prohibido”, responde Menéndez Salmón. Para él, no obstante, las condiciones exteriores no tienen por qué determinar necesariamente la calidad o la vigencia de la literatura. “La literatura me acompaña en mis momentos de incertezas, pero también me acompaña como lector en mis momentos de plenitud. Y no siento ningún agravio por leer literatura de la incerteza en momentos de plenitud”.
La literatura, entendida como forma de inquisición y escrutinio, se convierte en un refugio tanto en tiempos de incertidumbre como en épocas de plenitud. “Creo que un clima de malestar, individual o epocal, es vital para la escritura. Es un buen motor, seguramente, de puesta en marcha de la necesidad de la escritura”. Verdad, ficción, experimento, juego, refugio... Es en esta multiplicidad donde Arca interpela al lector: en su cuestionamiento de los límites de una sociedad a punto de sucumbir, pero empeñada en la aceleración y la abundancia. Frente al gran secreto, la literatura indaga, se compromete, cuestiona y acompaña. En ese sentido, nunca ha dejado de ser necesaria. Ni dejará de serlo.
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