
De todas las emociones que puede sentir una persona, la única que mueve montañas, dicen, es el amor. El amor es lo primero que muchos de nosotros recibimos al nacer, aquello con lo que nos enseñan a soñar nuestras novelas y películas favoritas y aquello que nos recuerda el calendario con días como el de San Valentín; probablemente sea, tal y como cantaban los Beatles, “lo único que necesitamos”.
Sin embargo, si para la mayoría este sentimiento es una bendición, para los filósofos, en cambio, el amor ha sido un gran quebradero de cabeza. La importancia que el amor tiene en nuestras vidas hizo que muy pronto los filósofos se empezaran a preguntar por él. Probablemente, el primero en poner el asunto sobre la mesa (nunca mejor dicho) fuera Platón en El Banquete. Así, lo primero que nos dijo la filosofía griega fue que este sentimiento nos elevaba y completaba, hasta el punto de alcanzar la “totalidad” (de ahí la platónica idea de la media naranja, recogida en el mencionado libro) o “la belleza absoluta”.
Desde esas primeras reflexiones, la historia de la filosofía del amor podría resumirse entre los que están de acuerdo con Platón y los que no: una larga lista de grandes nombres del pensamiento (Aristóteles, Schopenhauer, Nietzsche, Sartre y muchos más) han dado su propia perspectiva y aportado su granito de arena para comprender mejor esta emoción, tanto en su naturaleza como en su forma.

Cuando el amor romántico nos domina por completo
Cuando pensamos en el amor, a menudo se nos olvida que este comprende muchos tipos de afectos: los griegos hablaban de eros, de philia y ágape para diferenciar el deseo del aprecio o del cariño incondicional que podría despertar en nosotros un dios. En vez de eso, muchas veces caemos directamente en el amor romántico que, tal y como resume el profesor de filosofía Alexander Moseley en un artículo de la Internet Encyclopedia of Philosophy, “proviene inicialmente de la tradición platónica de que el amor es un deseo de belleza, un valor que trasciende las particularidades del cuerpo físico”.
Encontramos rastros de ese amor desde la Edad Media, pero la influencia no era solo de Platón, sino que Aristóteles tenía mucho que ver en su formulación en la Ética de Nicómaco de que este era “dos cuerpos y un alma”. Por aquel entonces, los caballeros y damiselas del medievo eran de la opinión de que el amor romántico no debía consumarse, sino que era un camino hacia la trascendencia. Eso sí, no faltaban quienes, de reojo, consultaban el que podría considerarse como el primer manual de seducción de la historia: el Ars Amatoria de Ovidio, un poeta romano para el que el amor tenía más de divertido que de elevado.
Un nuevo giro interesante llegaría en el Romanticismo del siglo XIX. Fueron los románticos los que recogieron el testigo de la Edad Media y extendieron la idea de que el amor era tan poderoso que casi podía considerarse como una maldición, puesto que poseía sin remedio a quienes la sufrían. Por él, uno incluso podía llegar a morir, como en Las desventuras del joven Werther, breve novela que provocó una ola de suicidios por amor tras su publicación. “El amor es como la fiebre, nace y se gasta sin la más mínima intervención de la voluntad”, escribiría por su parte el novelista francés Stendhal en su ensayo filosófico Del amor.

Criticando el amor: de ser un sentimiento irracional a una forma de dominar al otro
Lejos de la extrema intensidad romántica, podría decirse que con el tiempo la filosofía también nos ha enseñado a pensar el amor desde perspectivas más realistas, por no decir críticas. Para algunos pensadores, el amor era un terreno traicionero, lleno de contradicciones y riesgos. Schopenhauer, filósofo coetáneo del Romanticismo, lo miraría desde el extremo opuesto: consideraba que el deseo amoroso no era más que un engaño “completamente irracional” de la naturaleza, un artificio de la voluntad de perpetuar la especie, que nos empuja a sufrir sin remedio.
Del mismo modo, Nietzsche tampoco las tendría todas consigo respecto a cómo idealizamos el amor. Recordando la máxima latina Amor caecus est (“el amor es ciego”), nos recordaría que “el amor es un estado en el que un hombre ve las cosas decididamente como no son”. Por si fuera poco, el filósofo alemán nos recordó que, mucho más importante que depender de otro para ser feliz, era que uno pudiera “soportar estar consigo mismo”.
De este modo, el amor dejaba de ser esa fuerza etérea e indestructible para pasar a convertirse en algo que podíamos y debíamos manejar. La puntilla a este giro crítico la traería el siglo XX, cuando buena parte de los filósofos comenzaran a analizar el sentimiento como fenómeno político. “Amar es querer ser amado; y querer ser amado es querer poseer la libertad del otro”, indicará Jean-Paul Sartre en El ser y la nada, mientras que su mujer, la también filósofa Simone de Beauvoir, seguiría la perspectiva feminista de que “el amor puede convertirse en una forma de opresión”, idea clave que condujo a otros conceptos: desde la heterosexualidad obligatoria a la posibilidad del poliamor.

¿La vuelta o la crisis del amor romántico?
Con la llegada del siglo XXI, los cambios sociales, económicos y culturales han provocado una vuelta de los ideales románticos en pensadores tan leídos como Erich Fromm, quien defiende que “el amor es la única actividad que permite al hombre desarrollarse y crecer de manera plena”. Aun así, en El arte de amar, este filósofo deja claro que el amor “maduro” no consiste en dejarse llevar por la pasión, sino en “una práctica que exige dar y compartir”. De ahí su famosa frase: “El amor inmaduro dice: ‘Te amo porque te necesito’. El amor maduro dice: ‘Te necesito porque te amo’”.
Las ideas de Fromm no han impedido, sin embargo, que a día de hoy muchos filósofos hablen de una “crisis” del sentimiento amoroso, producida directamente por el desarrollo del capitalismo global. Muy interesante era al respecto el punto de vista del sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman, quien desarrolló el concepto de amor líquido para explicar cómo, en la sociedad contemporánea, donde nada perdura y todo se diluye, “las relaciones se diseñan como redes de consumo emocional: deseamos, pero no estamos preparados para sostener”.
Un punto de vista similar ha sostenido en los últimos años otro filósofo reconocido internacionalmente, Byung Chul-Han. Este, si en La sociedad del cansancio advertía que amamos lo que nos produce felicidad inmediata en vez de a la persona en sí misma, más adelante analizaría la agonía del sentimiento romántico y su empobrecimiento al reducirse a una “fórmula para el gozo”. “No solo el exceso de oferta de otros conduce a la crisis del amor, sino también la erosión del otro, que tiene lugar en todos los ámbitos de la vida y va unida a un excesivo narcisismo”, concluye.
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