
Podría decirse que el ser humano es experto en esperar: a que llegue el momento adecuado, a que las cosas se ordenen, a empezar a vivir la vida de verdad, cuando esta sea un poco más amable con nosotros. Curiosamente, ese momento no suele llegar nunca y, en cambio, nos sacude otra certeza: ya es tarde. Vivimos atrapados entre el “todavía no” y el “ya no”. Ambas trampas tienen algo en común: nos alejan de una búsqueda tan antigua como universal, la de la felicidad.
La filosofía clásica estuvo siglos obsesionada con ese mismo objetivo. Desde Aristóteles y su idea de la eudaimonía (“la felicidad es una actividad del alma conforme a la virtud perfecta”, nos enseñaría el filósofo), pasando por los estoicos y su defensa de la serenidad ante la adversidad, hasta Platón y su asociación entre el bien y el conocimiento. Sin embargo, si hay un nombre clave para entender la felicidad como experiencia cotidiana (y no como algo abstracto) ese es Epicuro.
El filósofo griego nos regaló en sus últimos días de vida uno de los textos más hermosos y directos jamás escritos sobre el tema: la Carta a Meneceo. Este texto breve, claro y sorprendentemente actual contiene una especie de guía práctica para la vida. En ella se nos habla del placer, del miedo a la muerte, de los dioses, del deseo y de la amistad, siempre con un objetivo claro: enseñarnos a vivir sin angustia. Para ello, se sirve de sentencias tan reveladoras como esta: “Que nadie posponga el amor y la sabiduría cuando es joven, ni se canse de ello cuando es viejo.”

“El placer es el principio y el fin de la vida feliz”
La frase, considerada como una de las que mejor condensa el espíritu de la filosofía epicúrea, es demoledora por su sencillez. Epicuro empieza desmontando una excusa muy común: la de quienes creen que la reflexión, el amor o el cuidado de la vida interior pueden esperar. En la Carta a Meneceo lo dice con claridad: filosofar no tiene edad, porque no se trata de acumular conocimientos, sino de aprender a vivir bien. Postergar el amor o la sabiduría es, en el fondo, postergar la felicidad, y eso, para Epicuro, no tiene ningún sentido.
Sin embargo, la sentencia también apunta al otro extremo: el cansancio vital de quien cree que ya no vale la pena cambiar. Epicuro insiste en que mientras haya vida, hay posibilidad de placer, entendiendo el placer no como exceso, sino como ausencia de dolor físico (aponía) y la tranquilidad del alma (ataraxia). De hecho, en la misma carta afirma que “el placer es el principio y el fin de la vida feliz”, una idea que hoy solemos malinterpretar, pero que en su filosofía se asocia más con la calma que con el desenfreno.
Leído desde nuestro presente, Epicuro resulta casi incómodamente actual. Vivimos rodeados de estímulos, expectativas y ansiedad, convencidos de que la felicidad llegará cuando todo encaje: el trabajo ideal, la estabilidad emocional, el éxito. Epicuro propone justo lo contrario: reducir los deseos, distinguir entre lo necesario y lo superfluo, y cultivar aquello que siempre está al alcance (el pensamiento crítico, el disfrute de lo simple, el afecto recíproco con quien tenemos al lado). No es casual que también escribiera que “de todas las cosas que la sabiduría procura para la felicidad de la vida entera, la mayor con mucho es la amistad”.

Vivir sin miedo, aunque muchos quieran que hagamos lo contrario
Las ideas de Epicuro no murieron con él. En la Antigüedad, el epicureísmo fue continuado por pensadores como Lucrecio, cuyo poema De rerum natura es una de las mayores defensas del pensamiento epicúreo. “Si liberamos la mente de temores y supersticiones, la felicidad y la calma siguen inevitablemente”, escribía en esta obra el poeta romano. Lucrecio no sería el único, muchos seguirían la vía epicúrea a la hora de pensar en la felicidad, incluso filósofos contemporáneos como
Más tarde, aunque muchas veces caricaturado o atacado, su legado reaparece en corrientes modernas que ponen el foco en el bienestar, la autonomía personal y la vida consciente. Incluso filósofos contemporáneos como Michel Onfray han reivindicado a Epicuro como un pensador radicalmente vitalista, en contra de lo que muchas veces se nos impone desde nuestro entorno, tal y como denuncia en su libro La fuerza de existir. Manifiesto hedonista: “¿Qué se le reprocha a ese mundo? Querer la felicidad en la tierra, aquí y ahora, y no más tarde, hipotéticamente, en otro mundo inalcanzable, concebido como una fábula para niños”.
Hoy, la filosofía epicúrea se lee menos como una doctrina cerrada y más como una invitación: vivir sin miedo, sin posponer lo importante y sin resignarse al desgaste del tiempo. En un mundo acelerado, Epicuro nos recuerda algo casi revolucionario: que la felicidad no es una meta lejana, sino una práctica diaria. Y que amar y pensar (y sí, desde jóvenes o desde más mayores) no es un lujo, sino una forma sencilla y valiente de estar vivos.
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