
A mucha gente le suena el nombre de Robert Louis Stevenson, sobre todo si lo asociamos con su libro más conocido: La isla del tesoro. La historia del joven Jim Hawkins y el marinero John Silver se ha convertido en uno de esos clásicos universales que todos los niños y adolescentes deberían leer. Sin embargo, el éxito de este libro hizo que la imagen del novelista escocés quedara para siempre asociada a la literatura más infantil.
Quien no se dejaría engañar por este prejuicio fue uno de los cuentistas más importantes de todos los tiempos, el argentino Jorge Luis Borges: “Stevenson es una de las figuras más queribles y más heroicas de la literatura inglesa”, celebraba en su ensayo Introducción a la literatura inglesa. La admiración hacia el novelista inglés pasó de “una de las formas de la felicidad” en la infancia a un sentimiento de verdadera admiración cuando Borges ya era adulto. “No contiene una sola página descuidada y sí muchas espléndidas”.
De este modo, el famoso cuentista no dejó de recomendar la lectura de otros textos de Stevenson, desde otras obras conocidas como El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde a textos menos conocidos como La resaca o la inconclusa El Weir de Hermiston. A esta lista, además, deberíamos añadir El diablo de la botella, uno de sus cuentos más perturbadores en el que el demonio, encerrado en una botella, concede todos los deseos a quien posea el recipiente... con una condición: si la persona muere y no se ha deshecho del objeto (bajo unas determinadas condiciones), arderá para siempre en el infierno.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar?
“Yo recordaba haber leído este cuento hace muchísimos años. Me dejó asombrado, como toda la obra de Stevenson”, rememora Emilio Urberuaga. Las imágenes de este ilustrador (Premio Nacional de Ilustración en 2011 por el conjunto de su obra) son las que acompañan la nueva edición de El diablo de la botella que la editorial Nórdica Libros acaba de lanzar.
Al igual que al autor de La isla del tesoro, a Urberuaga le ubicamos más en el ámbito de la literatura infantil, en buena parte gracias a su labor como ilustrador de la saga de Manolito Gafotas, o de otros libros como La selva de Sara o Gilda, La oveja gigante. “Cada historia es diferente y mis dibujos cambian dependiendo del texto”, explica quien además añade que es “mucho más difícil trabajar para los niños”: “Porque los adultos podemos entender variantes artísticas que a lo mejor los niños no comprenderían”.
Puede que, en parte por eso, le hiciera tanta ilusión que contaran con él para El diablo de la botella, cuento que compara con historias como la de Aladino y la lámpara maravillosa “y alguna cosa más”, pues no es baladí que, para conseguir la botella, haya que comprarla y para deshacerse de ella, venderla a un precio menor. “Es una historia sobre intentar que la vida te vaya mejor, sobre los sacrificios que hacemos y de los que luego nos arrepentimos... porque todo tiene un precio, amigo”. La especulación, en plena expansión en los albores de la economía moderna que vivió Stevenson (nacido en 1850 y fallecido en 1894), convertía los deseos en realidades. ¿Pero a qué precio?.

Castigar las faltas del hombre
Es en este sentido donde cobra plena vigencia Keawe, el protagonista de la historia que al principio se nos presenta como “un hombre pobre, valiente y activo” al que, no obstante, decide comprar la botella para satisfacer sus deseos. “Cuando lees el libro, piensas que cada uno de los personajes que compran la botella no se van a escapar, y si lo hacen será solo por bondad”, analiza Urberuaga, quien ve a cada uno de los portadores del objeto maldito “una forma distinta de mirar el objeto”. “Hay también una visión un tanto cristiana en la historia, porque la botella parece conllevar un castigo divino o demoníaco”.
Urberuaga asegura que no piensa en nada mientras dibuja, como tampoco puede hablar por el lector respecto a qué transmiten sus ilustraciones. Sin embargo, a la función narrativa de las imágenes (“hay personas que cuando leen no piensan en imágenes y ver los dibujos les ayuda a comprender la historia”, defiende) hay que sumarle otra función defensiva: la imagen es un respiro del texto, una válvula de escape donde la mirada puede refugiarse, al mismo tiempo que la oscuridad del relato se condensa en tonos, formas y colores.
A través de ellos, es posible sumergirse todavía más en El diablo de la botella, en la desesperación latente en cada uno de los personajes y en la fuerza de un amor capaz de vencer incluso la peor de las maldiciones. Y quién sabe si esas imagenes pueden, también, aproximarnos un poco más a aquello que decía Borges: “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson”.
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