Por fin ha aterrizado en la cartelera la adaptación de uno de esos éxitos editoriales que nadie ve venir y que, de pronto, sin saber muy bien por qué, se convierten en clásicos inmediatos de la cultura popular. Por supuesto, se trata de La asistenta, la novela que cimentó la fama de la ‘súperventas’ Freida McFadden y que ahora se convierte en una de esas películas también destinadas a ser un ‘guilty pleasure’.
Y es que el director Paul Feig, procedente del ámbito de la comedia americana, tiene muy claro que está manejando un material de derribo y se concentra en jugar con él de la mejor manera posible, desde el desparpajo y la desvergüenza más ‘autoconscientes’.
El dispositivo de La asistenta remite sin pudor a los thrillers de los noventa en los que encontrábamos un poquito de misterio, unas dosis de sensualidad chabacana, relaciones tóxicas y siempre algún psicópata que, en aquella época, solía ser mujer.
¿Una burla al concepto de ‘tradwifes’?
Ahora todos esos elementos se han pasado por el filtro de la contemporaneidad para ofrecer lo mismo, pero de una forma diferente, es decir, con un trasfondo ‘anti-machista’ que podría ser el reverso millennial de 50 sombras de Grey y que lleva implícito una burla al concepto de las ‘tradwifes’ que ha vuelto a poner de moda la deriva ‘conservadurista’ en la que las esposas deben ser perfectas y símbolos del espacio doméstico.

En cualquier caso, cualquier atisbo de reflexión en torno a la película parece innecesario cuando lo que se celebra, precisamente, es la absoluta irreflexión y la experiencia retozona. O, lo que es lo mismo, el elogio de la insensatez.
En la película por un lado tenemos a Nina Winchester (Amanda Seyfried), una mujer casada con un multimillonario, tan elegante como repleta de tics ‘afectados’ que parecen ocultar algún tipo de trastorno mental. Por otro, Millie Calloway (Sydney Sweeney), una joven exuberante que pide trabajo como asistenta en esa mansión absolutamente desmedida y que también tiene sus secretos (está en libertad condicional después de haber estado presa).
Ambas se escudan bajo la máscara de las apariencias, aunque el relato juega con la información que se le proporciona al espectador para ir generando los famosos giros de guion locos que, al fin y al cabo, serán la pulpa más sabrosa de este cóctel tan ridículo como divertido.

Entre las protagonistas se establecerá una especie de pugna sádica y masoquista entre la jefa y la empleada que parecen adoptar los roles de ama y esclava mientras pulula por allí el macho alfa de la casa, Andrew Richester (Brandon Sklenar), también con su apariencia de hombre perfecto, de buena familia y modales exquisitos.
Una oda a los giros de guion insensatos
Por supuesto, todo deriva en farsa a medida que se vayan descubriendo las trampas de la trama que alcanzan, cómo no, el ‘delirium tremens’. Todo es excesivo e inaudito en La asistenta, descarado y desquiciado, características que la alejan de cualquier tipo de exquisitez narrativa, apostando por del desparrame de estirpe ‘camp’.
Porque aquí la seriedad está sobrevalorada, y lo que de verdad importa es el espectáculo travieso y gratuito. Por esa razón, estamos ante una película que, para bien o para mal, abraza el pitorreo sin ningún tipo de vergüenza ajena, se regodea y se pringa en él hasta la médula. Y eso, tiene mucho mérito.
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