
“Con cinco años vi cómo un tipo mataba a otro, ¿sabes? Le dejó caer un bloque de hormigón del tamaño de una caja y luego lo apuñaló“. Con estas palabras, William González Guevara nos cuenta la imagen que le acompaña desde que es un niño. ”La he tenido siempre aquí“, se señala la cabeza, ”hasta que un día dije: ‘Okey, tengo que tratar de desprenderme de esto con mis armas’“.
Con ese pensamiento, hace cinco años nacieron los primeros versos de Cara de crimen, un poemario galardonado con el Premio Espasa de Poesía en el que el joven escritor de 25 años ofrece una galería de imágenes sobre esa tierra que un día, cuando aún era un niño, tuvo que abandonar.
“Con este libro, vuelvo a Centroamérica, metafórica y presencialmente”, nos explica, justo antes de hablarnos de las vidas sobre las que escribe, y entre las que un día pudo estar también la suya: “Mi familia paterna fundó una pandilla en Managua llamada Los Sumi, yo estaba destinado a ser un pandillero más, pero mi madre adoptó la postura de sacar a su hijo de allí, de ese infierno de violencia”.
Cinco años de entrevistas para escribir poemas
Para escribir Cara de Crimen, William mantuvo durante un lustro decenas de conversaciones con expertos, víctimas y verdugos de la violencia callejera en su país natal. Para ello, se introdujo clandestinamente en Nicaragua (arriesgándose a ser encarcelado, o algo peor, tras sus críticas al régimen de Ortega en poemarios como Me duele respirar) para revivir a través de todos esos testimonios un mundo lleno de “violencia, asesinatos, venta de droga y redadas” que había vivido cuando era niño.
Al preguntarle sobre esas entrevistas, recuerda una en la que, durante la charla con un pandillero, este sacó de pronto una pistola y la colocó sobre la mesa, apoyando directamente al corazón de William. “Cuando te enfrentas a un tipo que te puede pegar un tiro, no tienes que demostrarle miedo: no hay nada más peligroso que una persona que no tiene nada que perder”. Por el poemario se jugó la vida y se gastó, afirma, tres veces el dinero conseguido con el premio Espasa.
- Pregunta: Entonces, ¿por qué escribir Cara de Crimen?
- Respuesta: He hecho esto porque hay un precedente familiar, una realidad devastadora que tenía ahí pendiente. Quería darle al lector una puñalada y que saliera desangrado, hacerle ver lo afortunados que somos. Porque sé que hay niños creciendo allí, en zonas realmente tristes, y me consta que ahora en redes sociales, por ejemplo, es habitual ver a los chavales hacer de malotes o de gánsteres. Tío, si supieras lo que es un gánster de verdad. Hay tipos malos, muy malos. No hay que romantizar la violencia, porque el destino es siempre el mismo: la muerte.

Periodismo y literatura
Al partir de una experiencia biográfica, Cara de crimen adopta enseguida un tono de poemario confesional en el que, sin embargo, se intercalan los descubrimientos con los que se cruzó William durante su investigación sobre el terreno. “Escribo sobre un país que ya no existe”, empieza diciendo, “leí mucha crónica sobre el asunto, viajé, descubrí las leyes no escritas de un mundo que conocía de cerca”.
Esa dualidad, en el poemario, se refleja en la rica complejidad de unos textos en los que se mezclan imágenes realmente duras con destellos de vida. Un ejemplo sería Bibliotecas antiviolencia, uno de los mejores poemarios del libro con el que William explora “esos territorios que respetan los pandilleros. Hay un pacto para no acercarse, si hay un conflicto, a esa biblioteca donde las chicas y chicos jóvenes leen, escuchan música y disfrutan. Eso me voló la cabeza”.
Cara de crimen mantiene también un diálogo constante entre la poesía (lo expresivo) y el periodismo (lo expositivo), lo que para el autor no deja de ser su modo de entender la escritura, “y de combinar las dos cosas que más amo”. Por eso, William ha publicado en prensa reportajes como Nicaragua, República de poetas clandestinos o el también premiado La mayor falsificación de la historia de la poesía, textos donde se evidencia, una vez más, esa mezcla de pasión por la literatura, la búsqueda de la verdad y el compromiso político.

“Gracias a los libros”
El bagaje literario y personal de este poeta “ni español ni nicaragüense, carabanchelero”, tal y como él se autodefine, destaca aún más si se tiene en cuenta su edad. Sin embargo, William exprime esa misma condición de poeta joven para reivindicar, precisamente, la necesidad de dar espacio a nuevos autores y también a nuevos lectores de poesía, un género minoritario pero que logra captar el interés de los estudiantes de instituto.
“Yo no hago presentaciones de mis libros, no vivo de la literatura”, dice al respecto. No es un influencer que suba sus versos a Instagram, y el género al que se dedica rara vez da para dedicarse solamente a escribir. “Lo que hago es cuidar a mi público, que es un público joven, y a lo que más agradecido le estoy a la poesía es que me haya dejado ir a varios institutos para poder hablar con los chavales, darles una idea de la importancia de los contextos sobre los que escribo”.
Lo juvenil sigue en el aire cuando William nos habla de sus planes de futuro, en los que consolidarse laboralmente o encontrar un alquiler asequible (sus prioridades no distan de las de su generación) pasarán a un primer plano. “Y descansar”, concluye con una sonrisa. Cara de crimen le ha llevado cinco años de viajes, entrevistas, sesiones de escritura y algún que otro quebradero de cabeza. El resultado, un pedazo de sí mismo, a la vez homenaje y confesión a sí mismo. Un libro con el que acercarse al asesino que pudo y no llegó a ser. Todo, como él mismo dice, “gracias a los libros”.
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