
La noticia de la muerte de Claudia Cardinale ha conmocionado a la comunidad artística y a millones de admiradores que vieron en ella a una de las grandes leyendas del cine europeo. Su adiós nos lleva a la última entrevista que la actriz concedió al magazine 7 en enero de 2025. Las palabras de la estrella, marcadas por la sinceridad y la nostalgia, dibujan el cierre de un capítulo trascendental en la historia del cine italiano e internacional, según la mencionada publicación.
La escena es inconfundible: la Cardinale, con su sonrisa inigualable, recuerda sus comienzos en Túnez, su tierra natal, cuando, sin saberlo, fue elegida “la más bella italiana de Túnez” en 1957. Aquel título fue, para la joven tímida de mirada intensa, el inesperado billete rumbo a la fama mundial. Pronto vendría el cine: sus primeros pasos ante la cámara, guiada por el director René Vautier, marcaron el inicio de una carrera que la llevó de las orillas africanas a los platós de Roma, París y Hollywood.
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En la entrevista, Claudia Cardinale reconstruye su biografía entre imágenes de éxito y sacrificio. “Me di cuenta lentamente de que era una diva. El año 1963 fue el momento clave: se estrenaron El gatopardo y 8½. Allí supe que era una figura pública”, declaró la actriz. Aquel periodo la consagró no sólo como símbolo involuntario de belleza, sino como intérprete versátil y audaz que trabajó con los grandes del arte fílmico, de Luchino Visconti a Sergio Leone, de Federico Fellini a Werner Herzog, brillando en más de 150 películas.

Por qué se trasladó a Francia
Entre recuerdos de rodajes legendarios, Cardinale evoca la cercanía íntima y a veces peligrosa con un star system dominado por figuras como Marcello Mastroianni, que quedó fascinado por ella en El bello Antonio, y Alain Delon, con quien trabó una amistad duradera pese al carácter inicial de desconfianza. Sobre Mastroianni, confiesa con humor: “Me hacía la corte”. Con Delon, la relación mutó de la tensión al afecto y terminó con una invitación a su funeral, a la que no pudo acudir por cuestiones de salud y edad avanzada. La actriz también rememora la complicidad infantil junto a Jean-Paul Belmondo, con quien compartía travesuras en cenas interminables.
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La actriz revela detalles poco conocidos de su vida privada, como los vínculos familiares y la importancia de las raíces. Nacida en Túnez en 1938, hija de sicilianos emigrados, Cardinale vivió una infancia marcada por la cultura francesa y una nostalgia insoslayable por el Norte de África: “La Túnez de mi infancia es el país que más amo”, declara, recordando a sus padres y un tiempo plácido anterior al vértigo de los focos internacionales.
La elección de vivir en Francia y no en Italia no fue casual, según explicó Cardinale en entrevista con “7”: “En Italia me sentía encerrada. Era difícil llevar una vida normal. En Francia encontré un país más vivible para una personalidad pública. Mi primera lengua y mi primera cultura fueron el francés, aunque a través de la experiencia tunecina”. Esa herencia, afirma, la acompañó siempre, incluso cuando Italia la convertía en emblema de su feminidad exportada.
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Sus últimos años
Durante la última etapa de su vida, Claudia Cardinale encontró paz en Nemours, donde compartía una antigua casa junto a su hija Claudia y su hijo Patrick. Allí, transformaron una antigua curtiduría en su hogar y sede de la Fondazione Claudia Cardinale, dedicada a apoyar a artistas contemporáneos. “Quiero una vida más cercana a la naturaleza, menos metropolitana”, aseguraba la actriz sobre la mudanza a la localidad francesa. Su rutina giraba en torno al hogar, la música, el tiempo compartido con la familia y los proyectos artísticos de la fundación.
Tampoco evadió los momentos difíciles o los arrepentimientos. Al ser preguntada por los instantes de verdadera felicidad, la actriz respondió que solo había sido feliz por amor, aunque prefiere arrepentirse: “Seguramente el momento en que dejé todo para alcanzar a Pasquale (Squitieri) en Nueva York fue un momento importante”. Sobre el amor lo el pesar, prefería el silencio: “Tengo un arrepentimiento, pero prefiero no pensar en él”.
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Repasando los grandes capítulos de su trayectoria, Cardinale compartía anécdotas íntimas del set, como cuando Luchino Visconti la incitó a fumar por primera vez —“pero ahora lo he dejado”— y cómo fue objeto de doblaje en sus inicios en Italia debido a que su voz, marcada por la influencia tunecina, no se ajustaba a los estándares de la época. “En aquellos años el doblaje era una institución”, recordaba.
No escatimaba elogios para aquellos que influyeron en su vida y carrera ni disimulaba el honor que sentía al ser parte del imaginario italiano. “Estoy muy orgullosa de formar parte de la cultura italiana”, confesaba, agradecida por el cariño nacional y por ser mencionada cada vez que, fuera de Italia, alguien buscaba ejemplos de la elegancia y atractivo del país mediterráneo.
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Miraba de reojo su filmografía (“Si pillo alguno en la televisión, lo veo con gusto. Mejor, si ocurre en el cine.”) y seguía apostando por el apoyo a generaciones jóvenes mediante la fundación que lleva su nombre y la voz que prestaba a creadores emergentes. Al recordar a su hijo Patrick, la actriz admitió: “A él debí decirle antes que era mi hijo y no sólo mi hermano”, otra muestra de la franqueza y la humanidad que la caracterizaban.
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