
Viajar en avión siempre suscita algo de respeto. Es natural, según quién, porque el ser humano nunca debía haber rozado las nubes y en realidad la copa de algún árbol o el pico de una montaña están a la suficiente altura como para quedarse satisfecho con las vistas y darse palmaditas en la espalda por alcanzarla. Pero tuvieron que llegar Wilbur y Orville Wright con sus cálculos y sus inventos, dando luz a la ingeniería aeroespacial que acabó llevando al hombre a la Luna y a Katy Perry a la línea de Kármán.
Si se deja volar la imaginación a 10.000 metros del suelo, encerrado en un cilindro metálico que se desplaza por el cielo a casi 900 kilómetros por hora, es de esperar es que uno acabe sudando la gota gorda hecho un ovillo en el suelo y clamando piedad al dios que se tenga en mayor estima. En realidad lo más probable es que no pase nada: según un análisis de La Sexta, la probabilidad de fallecer víctima de un accidente aéreo es de una entre 20 millones, y en realidad uno corre más peligro en un coche.
Ir a 10.000 metros de altura y que explote un motor
De cualquier manera, estadísticas aparte: ¿Qué es lo peor que a uno le puede pasar mientras vuela? Que le pregunten a Leonardo DiCaprio: “Estaba en un avión con destino a Rusia y el motor explotó”, contaba el actor a Ellen Degeneres en una de sus visitas al programa homónimo de la presentadora y cómica estadounidense.
“Estaba mirando por la ventana y el motor entero se convirtió en una bola de fuego”. Suficiente como para hacer creyente a Willy Toledo. “Todos los pasajeros eran rusos, y yo me sentía un poco como si ya hubiese muerto y acabado en el cielo, porque nadie dijo nada”.
Debió ser una situación surrealista, porque según cuenta, “estaba gritando con toda la fuerza de mis pulmones, diciendo ‘¿Qué demonios está pasando aquí?’ Y esta gente simplemente como que se giraba a mirarme". Se ve que los pasajeros tenían todos los nervios de acero. O que lo veían normal, porque cuando se le acercó una azafata como respuesta a todo su griterío, simplemente le dijo que “parece que tenemos un pequeño problema aquí”. Ya después de esto, “por fin se giró un tipo ruso y dijo ‘¿cuál es el problema?’, y le dijeron, ‘bueno, hemos perdido uno de nuestros motores’“. El pasajero ruso, tranquilo ante todo, respondió entonces con un “¿Cuántos motores teníamos?”.
Una breve conversación entre la azafata y el pasajero bastó para determinar que, si de dos motores quedaba uno, “no es bueno”. Igual el resto de pasajeros del avión le deben su vida a Leonardo DiCaprio, porque solo hubo una reacción entonces: “Básicamente soltamos combustible durante cuarenta y cinco minutos, hicimos un aterrizaje de emergencia, y todas nuestras ruedas explotaron”. Por suerte para el actor y todos los que le acompañaban en aquel vuelo, todo quedó en anécdota. “Había cien ambulancias distintas allí. Y salió en la CNN. Y eso fue otro fastidio”.
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