
El festival de música Rizomes nace y muere cada año. En uno de los bosques de chopos de la Sellera de Ter, un municipio de la provincia de Gerona, tiene lugar este singularísimo evento. Durante tres días (este año del 20 al 22 de junio), miles de personas acuden al espacio para disfrutar de las canciones de grandes artistas... sin que ello implique dañar el medio ambiente.
De hecho, se podría decir que Rizomes es una suerte de resistencia a una realidad actual: los festivales musicales, uno de los grandes atractivos del verano en España del que disfrutan millones de personas, suponen también un grave perjuicio para la naturaleza, tanto a nivel local como global. En datos de 2019, la Asociación de Festivales de Música advertía de que, con los 680 festivales celebrados en nuestro país ese año (hoy la cifra ronda los 1.000), se generaron aproximadamente 680 toneladas de residuos. Ese mismo año, la ONG inglesa Powerful Thinking añadía otros datos preocupantes: una emisión global de casi 20.000 toneladas de CO2.
Estos datos han hecho que en los últimos años hayan surgido iniciativas que busquen transformar el sector y hacerlo menos dañino para el medioambiente, sin que eso implique perder un ápice de la diversión. Festivales como el Arenal Sound, el Brava Madrid o el FIB de Benicàssim han adquirido compromisos para reducir su huella de carbono, al mismo tiempo que otros eventos como el Rototom Sunspash (también en Benicàssim) o el Cruïlla de Barcelona han buscado otras vías: desde la promoción de productos locales y la reducción de plásticos al uso de energías renovables.
Una “filosofía” que va más allá del festival
Con todos estos intentos, la apuesta del Rizomes es mucho más radical y va más allá: se trata de un espacio cultural abierto que no transforma el espacio en el que tiene lugar, sino que se adapta a él. Cada año, se utiliza la madera de 315 chopos talados de los 15.000 que hay en el bosque gerundense para construir el espacio festival, al mismo tiempo que se plantan otros tantos una vez acabado el evento.
Así, la zona del festival cambia cada año: nace y muere, procurando que el bosque siga siendo el mismo en ese ciclo. “Sirviéndonos de las limitaciones y las posibilidades de esta peculiar configuración espacial, el festival se reinventa”, explican en su página web, mientras que en una nota de prensa añaden que el Rizomes “sobrepasa el concepto de festival y se acerca más a una filosofía”.

Diferentes iniciativas para contribuir a la ecosostenibilidad
Esta no es, sin embargo, la única medida de este festival. Los organizadores han implementado el uso de materiales naturales, reciclados o reciblables en la construcción de las instalaciones. Elementos como madera, bambú y telas tienen de este modo una segunda vida en ese espacio temporal. “Rizomes se ha distinguido por implementar prácticas sostenibles como el uso de baños secos, donde los desechos se convierten en abono para el bosque o la reutilización del agua de las duchas para el riego”.
Las ideas no faltan en el festival, en los que incluso hay una serie de redes colgadas entre los árboles para que la gente pueda descansar o una serie de bañeras de agua caliente que utilizan la madera del bosque para calentarse, “así como el horno de tierra, utilizando tierra cruda extraída del mismo terreno y quemando ramas caídas de los árboles de la plantación como combustible para cocinar”. El resultado de todo esto es un evento de 2.000 personas que, tras analizar su impacto con un informe de sostenibilidad, concluye que el Rizomes consifue reducir sus emisiones en un 51% respecto a la media de festivales europeos.

Para ello, cuentan con la iniciativa y la colaboración de diferentes artistas, diseñadores, músicos y arquitectos que deciden poner su granito de arena de cara a potenciar el carácter ecosistemático y ecosostenible del festival. “Una empresa complicada pero no imposible”, definen en el comunicado. Y es que la propia génesis del Rizomes llegó tras el encuentro ideado por cuatro socios que, desde disciplinas distintas, buscaron construir un festival “de autor” en el que se redujeran al mínimo los recursos y el impacto fuera el menor posible.
El cartel del festival
Atraídos en parte por su apuesta, al Rizomes acuden artistas de todo el mundo: desde la célebre Rita Payés, artista catalana que ha acercado el jazz y la bossa nova a nuevas generaciones, a la veterana neerlandesa DJ Marcelle, pasando por una arpista persa-peruana (Eve Matin), guitarras flamencas (Benito Bernal) o música directa desde Ghana (PÖ).
Además de ese variado repertorio, el festival propone a su vez una programación de artistas visuales que busquen exponer sus proyectos. Una combinación de elementos escultóricos, arquitectónicos y lumínicos que ofrezcan “un enfoque coherente con el espacio forestal”. Así, el espacio acaba cobrando una identidad estética única que no solo brinda la oportunidad a los artistas de mostrar sus trabajos, sino que hace de los tres días una experiencia inolvidable para los asistentes.
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