Las lluvias reactivan el riesgo de riadas en zonas quemadas por los incendios

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Madrid, 28 ago (EFE).- Las primeras lluvias intensas después de un incendio pueden convertir las zonas quemadas en áreas especialmente vulnerables al arrastre de cenizas, piedras y sedimentos, un riesgo que puede prolongarse durante meses y que este verano ha quedado patente en episodios como la riada que causó dos fallecidos en el Bierzo (León).

"Después del incendio, el suelo queda prácticamente sin la protección que proporcionaban la vegetación, la hojarasca y las raíces. Además, los fuegos de mayor intensidad pueden alterar la estructura del suelo y generar cierta repelencia al agua por la solidificación de la materia", explica a EFE el coordinador del área de humedales de la Fundación Global Natura, Antonio Guillem.

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Como consecuencia, cuando llega la lluvia el agua puede circular por la superficie en lugar de infiltrarse, generando escorrentía que, especialmente en terrenos con pendiente, arrastra cenizas, partículas de suelo, piedra y restos vegetales hacia barrancos y cauces.

Ese proceso puede provocar "barrancadas" y supone, además, una pérdida del suelo en la propia zona afectada por el incendio, mientras que parte de los materiales arrastrados pueden incorporarse a la red hidrográfica y trasladar sus efectos kilómetros aguas abajo.

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"La llegada masiva de estos materiales aumenta la turbidez y la concentración de sólidos en suspensión y puede aportar grandes cantidades de materia orgánica", advierte Guillem, lo que puede generar también efectos sobre los ecosistemas acuáticos, como la "disminución del oxígeno disponible", "alteraciones de las comunidades" y "mortalidad de organismos".

Cuando el agua termina llegando a un embalse utilizado para el abastecimiento, añade, el problema puede trascender al ámbito ambiental y "complicar considerablemente su tratamiento", dependiendo del origen del suelo erosionado.

El riesgo no es igual en todas las zonas quemadas y puede evaluarse teniendo en cuenta factores como la pendiente, la intensidad con la que ardió el terreno y la proximidad y conexión con barrancos y ríos, además de la existencia o no de aguas subterráneas.

Sin embargo, "el factor decisivo es la lluvia", subraya Guillem, quien señala que una zona quemada puede permanecer relativamente estable durante meses y sufrir una erosión muy intensa cuando recibe una tormenta fuerte.

El episodio ocurrido este agosto en el Bierzo constituye un ejemplo de los riesgos que pueden permanecer meses después de un incendio, ya que una riada en Manzanedo de Valdueza (León) causó la muerte de dos mujeres, dejó cinco heridos y provocó importantes daños.

El episodio movilizó más de 200 toneladas de piedras, barro y tierra desde una ladera afectada por los incendios del pasado año, y la mezcla de cenizas procedentes de las zonas quemadas contribuyó a los daños registrados en distintos puntos de la comarca.

La preocupación por este tipo de procesos también está presente en la Sierra Oeste de Madrid, donde la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen, aseguró este jueves que las confederaciones hidrográficas están trabajando para evitar que la erosión y las cenizas puedan afectar a las infraestructuras de abastecimiento.

Guillem alerta, además, de que el riesgo no desaparece cuando pasan las primeras semanas y que la mayor etapa de vulnerabilidad suele mantenerse durante los primeros meses, cuando todavía existe una gran superficie de suelo desnudo y la vegetación aún no se ha recuperado.

"El incendio genera las condiciones de vulnerabilidad, pero puede ser una tormenta ocurrida muchos meses después la que desencadene el episodio más grave", concluye. EFE

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