Paco Aguado
Bilbao, 25 ago (EFE).- Ni el toreo asentado, que se antojaba casi imposible, ni la bravura, que no existió, se dejaron ver este martes en el ruedo de la plaza de Bilbao, en una tarde de injustificada exaltación torista a cargo de un sector de la a afición que tomó partido, como si fueran encastados, por los mansos ejemplares de Dolores Aguirre.
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Pero no hubo para tanto, ni de lejos, por mucho que los seguidores de esta divisa de propietarios bilbaínos quisieran ver casta donde no hubo más que una acusada y general falta de raza, aunque, eso sí, en distintas versiones, desde el engañoso temperamento hasta el descastamiento de alguno que se echó varias veces antes de la estocada.
Tanto es así que, entre el partidismo localista, hasta se llegó a pitar la actuación de Antonio Ferrera, veterano diestro que ejerció perfectamente su papel de director de lidia y aplicó a su lote exactamente los recursos necesarios para no verse desbordado, como con el primero, o para pasaportarlos sin mayores contemplaciones dado su nulo juego.
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A ese que abrió plaza, que manseó en varas y llegó con cierta movilidad desclasada a la muleta, lo atemperó así el extremeño en dos buenas tandas de muletazos tras los que el animal se desfondó, mientras que al tercero, de mejores hechuras pero que se defendió con bruscos tornillazos, lo lidió efectivamente sobre las piernas después de intentar lucirlo sin sentido ante el caballo.
Pero el desencuentro con ese sector de la afición llegó ante el quinto, un mostrencón de pelo colorado que ya salió flojeando y que, absolutamente vacío de casta, se cayó y se echó varias veces en el último tercio, defecto que hubo quien quiso achacar, sin justificación alguna, a la labor del picador y a voluntad de Ferrera, que fue pitado injustamente después de abreviar obligatoriamente su faena.
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En cambio, el otro rival de este desairado mano a mano, el salmantino Damián Castaño, contó con esa misma parte del público a su favor, lo que él también se trabajó poniendo de largo ante el caballo a sus toros, como deseaban los exaltados 'toristas', pero sin que tampoco hubiera mayor motivo para hacerlo: los tres fueron al encuentro, sí, pero para defenderse, cabecear o repucharse y salir sueltos.
El segundo de la tarde, de hechuras amoruchadas, sacó al menos un emotivo temperamento en las primeras tandas con la mano izquierda del diestro salmantino, que logró así atemperarle antes de que, viéndose podido, el astado comenzara a escarbar y a colarse con sentido, antes de terminar por cumplir su amenaza de rajarse.
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Pero la larga resistencia a doblar del toro, apoyado en la barrera, después una estocada defectuosa provocó una exaltada ovación de los partidarios de la ganadería, ya dentro de un bucle que Castaño aprovechó para darse una vuelta al ruedo que nadie pidió.
También se empeñó en lucir al cuarto en varas, donde el de Aguirre cumplió discretamente, e incluso le abrió la faena en los medios como si tuviera una bravura que pronto se mostró inexistente, justo cuando mediado el trasteo el animal se fue por voluntad propia a aconcharse en las mismísimas tablas donde su matador tuvo que estoquearlo.
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Y lo mismo hizo con el sexto, otro toro de fea lámina que no se empleó un mínimo ante el hierro de la puya para desarrollar en la muleta con un creciente sentido, colándose con peligro en los despegados pases del diestro salmantino que acrecentaron el defecto.
La lidia que Castaño le hizo, voluntariosa y sobre las piernas, salpicada de sustos y desarmes, no justificó tampoco que se le acabara pidiendo la oreja, como tampoco la posterior vuelta al anillo, que se hizo desde un tendido hoy preocupantemente desorientado.
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Seis toros de Dolores Aguirre, muy desiguales de trapío y cornamentas, aunque en general con volumen y feas hechuras, que tuvieron un comportamiento manso y descastado, cuando no falto de fuerzas, aunque en algún caso, como el segundo, con un engañoso temperamento.
Antonio Ferrera, de grana y oro: pinchazo y estocada caída (ovación); estocada baja trasera (silencio); estocada caída (pitos).
Damián Castaño, de burdeos y azabache: pinchazo y estocada caída (vuelta al ruedo por su cuenta); tres pinchazos y descabello (algunas palmas tras aviso); estocada caída delantera (vuelta al ruedo tras petición de oreja).
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Entre las cuadrillas, Curro Javier y Toñete saludaron tras banderillear al cuarto.
Segundo festejo de abono de las Corridas Generales de Bilbao, con algo más de un cuarto de entrada (unos 4.000 espectadores) en tarde nublada y ventosa. EFE
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(foto)
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