El pueblo a los pies de la Sierra de Gredos con 14 habitantes: el más pequeño de Ávila conocido por la producción de cereal

Situado en la comarca de La Moraña, este pequeño pueblo conserva su tradición agrícola y destaca por su iglesia mudéjar del siglo XII

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Iglesia de San Martín, Blasconuño
Iglesia de San Martín, Blasconuño de Matacabras. (Wikipedia)

En el norte de la provincia de Ávila, entre campos de cereal y horizontes abiertos, se encuentra Blasconuño de Matacabras, el municipio con menor población de toda la provincia. Según los datos del padrón publicados por el Instituto Nacional de Estadística a 1 de enero de 2025, solo 14 personas residen actualmente en esta localidad situada en la comarca de La Moraña, muy cerca del límite con Valladolid.

El pueblo se asienta en plena llanura agrícola característica de La Moraña. Su economía ha estado tradicionalmente vinculada al cultivo de cereales, una actividad que durante siglos marcó la vida de sus habitantes y configuró el paisaje de la zona. El caserío del pueblo mantiene una fisonomía sencilla: viviendas bajas, muchas de una sola planta, alineadas en torno a la plaza principal, característico de los asentamientos medievales.

El elemento más destacado del municipio es la iglesia de San Martín, el principal referente arquitectónico de la localidad. Este templo de estilo mudéjar, levantado según las estimaciones en el siglo XII, domina el perfil del pueblo y se alza sobre las pequeñas casas como testigo del paso de los siglos.

Un pueblo con historia medieval

La historia de Blasconuño de Matacabras se remonta al siglo XIII, cuando formaba parte del tercio de Madrigal dentro del arcedianato de Arévalo, en la organización territorial de la diócesis de Ávila. Aquella estructura administrativa medieval explica el origen y la configuración de muchos de los pueblos de la zona.

Durante siglos, la localidad mantuvo una población estable vinculada al trabajo agrícola. Sin embargo, como ocurrió en gran parte del interior de España, el municipio sufrió con fuerza el fenómeno del éxodo rural. A comienzos de la década de 1930, Blasconuño de Matacabras alcanzó 175 habitantes. En 1981 el número de vecinos había descendido hasta 37, y la tendencia negativa continuó hasta hoy llegar a los 14 residentes.

Ayuntamiento de Blasconuño de Matacabras.
Ayuntamiento de Blasconuño de Matacabras. (Wikipedia)

Naturaleza y observación de aves

Más allá de su patrimonio histórico, el entorno natural del municipio tiene un notable valor ambiental. El término municipal se encuentra dentro de la Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) conocida como Tierra de Campiñas.

Este espacio natural es un lugar privilegiado para la observación de aves, ya que numerosas especies encuentran refugio en las llanuras agrícolas de la zona. Los alrededores del pueblo combinan campos de cultivo, encinares y pequeños pinares, además de las viñas comunales de Las Matillas, asociadas históricamente a la variedad verdejo.

Imagen de archivo de un
Imagen de archivo de un área de Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA). (EFE/ Raúl Casado)

Comparación con otros pueblos pequeños de Ávila

Si se analiza la provincia de Ávila por población, Blasconuño de Matacabras encabeza el ranking de municipios con menos habitantes. Le siguen otras localidades también muy reducidas:

  • Collado del Mirón, con 18 habitantes.
  • San Esteban de los Patos, con 19.
  • Manjabálago y Ortigosa de Rioalmar, con 22.
  • Avellaneda, con 23 residentes.

Sin embargo, si el criterio es la superficie, el municipio más pequeño de la provincia es Poyales del Hoyo. Situado en el Valle del Tiétar, al sur de la provincia, cuenta con solo 3,38 kilómetros cuadrados de término municipal, aunque alberga cerca de 500 habitantes y destaca por su proximidad a la Sierra de Gredos y por sus gargantas y piscinas naturales.

En la Península Ibérica se esconden algunos lugares únicos y llenos de historia.

Un destino para desconectar

A pesar de su tamaño diminuto, Blasconuño de Matacabras mantiene un notable valor patrimonial y paisajístico. Sus calles silenciosas, la iglesia mudéjar que domina el caserío y el paisaje agrícola que lo rodea ofrecen una experiencia distinta para quienes buscan turismo rural auténtico.

Pero el municipio subsiste gracias al esfuerzo de sus pocos residentes por mantener viva la comunidad, preservando tradiciones y un modo de vida ligado a la tierra. Visitar este pequeño enclave de Ávila es, en definitiva, un viaje a la Castilla más tranquila, donde el tiempo parece avanzar más despacio y donde la historia todavía se percibe en cada rincón del paisaje.