
En la galería oficial de presidentes del Real Madrid falta un nombre. El listado público de la web borra sin explicación los tres años que duró la Guerra Civil (1936-1939) y por el que se implantó una dictadura militar en España. Sin embargo, entre 1937 y 1938, alguien estuvo al frente de lo que entonces se llamaba Madrid Football Club: Antonio Ortega Gutiérrez. Militar republicano, nació en Rabé de Calzadas (Burgos) en 1888 y fue fusilado la madrugada del 15 de julio de 1939. Sus restos, 86 años después, yacen en una fosa común del cementerio de Alicante.
Ortega no llegó al fútbol por vocación, como sí lo hizo el actual, Florentino Pérez. Entró en el Cuerpo de Carabineros con 18 años y ascendió hasta convertirse en uno de los militares de mayor rango del bando republicano. Pero su relación con el club blanco venía de su cercanía al presidente anterior al estallido del conflicto, Rafael Sánchez Guerra y a varios jugadores de Irún, donde fue destinado.
Cuando asumió la presidencia, el equipo estaba bajo control de una Junta de incautación republicana de la Federación Cultural Deportiva Obrera, adscrita al Frente Popular. La liga estaba suspendida. El estadio de Chamartín (hoy Santiago Bernabéu) se había transformado en un centro de instrucción del Batallón Deportivo republicano. Ortega intentó que el equipo compitiera en la Liga Mediterránea e incluso, una de sus hijas, Fina, llegó a hacer el saque de honor de uno de los amistosos que se jugaron.
Derrota y captura en el puerto de Alicante
Con la derrota republicana, Ortega buscó salida por los cónsules de Inglaterra y Estados Unidos. Pero ninguno le ayudó. Guiado por los rumores de una posible evacuación, partió hacia Alicante con su mujer, sus cuatro hijos, su nuera y su nieto de ocho meses. En el puerto se encontró con cerca de 15.000 personas que esperaban lo mismo.
El 30 de marzo de 1939, las tropas italianas de Mussolini ocuparon la ciudad. El presidente intentó negociar con el ejército declarar el puerto “zona franca internacional”, pero la llegada de las tropas de Franco acabaron con cualquier posibilidad. Al final, su familia fue destinada al campo de concentración de Los Almendros, donde Ortega ingresó dos días después.
“Le llamaron por los altavoces instalados en el campo para que se presentase inmediatamente al jefe de las fuerzas de ocupación. Mi padre seguía muy entero, sabía lo que le esperaba. Nos dimos un abrazo muy fuerte, muchos besos y nos despedimos. No volví a verle”, recordó su hijo a EFE.
Un juicio que fue “una farsa”
Ortega fue trasladado a la Diputación Provincial de Alicante y sometido a un consejo de guerra sumarísimo. Se le acusó de ser responsable del fusilamiento de 13 militares en San Sebastián y de la muerte del capitán de Miqueletes Dioniso Ibáñez de Opacua. El historiador Pedro Barruso, consultado por el medio mencionado, señaló que el proceso “estuvo plagado de irregularidades” y lo calificó de “una farsa”.
El 12 de junio de 1939 fue condenado a muerte y un mes después, Franco firmó su sentencia. El 14 de julio, Ortega sabía lo que le esperaba. Su familia recurrió al Conde de Romanones, a quien Ortega había ayudado al inicio de la guerra, pero “no hizo nada”, explicó su nieto, José Ignacio Echeverría. Quien sí intervino fue Juan Tellería, compositor de Cara al Sol, “pero no le hicieron ni caso”, añadió.
A las dos de la madrugada del 15 de julio, Ortega entró en capilla, escribió una carta a su familia y se la entregó al capellán junto con una alianza, una medalla y una figura de San Antonio. La carta llegó a su esposa gracias a la hija del alcalde de Madrid, Rafael Henche de la Plata, también encarcelado en Alicante. “Josefina mía y amadísimos hijos: dentro de unas horas, muy pocas, voy a morir. Muero tranquilo, completamente tranquilo, porque soy inocente. Muero perdonando a todos; no guardéis rencor a nadie y sed buenos”, escribió Ortega.
Según consta en el sumario, murió fusilado junto a otras diez personas, la mayoría jornaleros, a las cinco de la madrugada. Sus últimas palabras, según relató su hijo, fueron dirigidas al pelotón: “Apuntad bien, soldados. ¡Viva la República!” Ahora sus restos llevan décadas en la Fosa IX del cementerio municipal, junto con otros 51 represaliados.
Los franquistas utilizaban estas fosas para personas sin familia ni recursos. Las llenaban y pasaban a la siguiente. Ahora, la apertura de la fosa será finalizada por el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática, que destinará 50.000 euros para la exhumación y pruebas de ADN.
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