
El cambio climático antropogénico está provocando serias consecuencias en todo el mundo y unas de las víctimas que más notan sus efectos son los océanos. Desde hace décadas, estos sufren un calentamiento crónico y prolongado que genera un gran impacto sobre los ecosistemas marinos, promoviendo migraciones de especies o imposibilitando su supervivencia.
Un reciente estudio realizado por investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y la Universidad Nacional de Colombia, publicado en la revista Nature Ecology and Evolution, señala que el aumento en la temperatura de los océanos provoca un descenso de la cantidad de peces de casi el 20 % anual.
Los resultados se han obtenido tras el análisis de 702.037 estimaciones en el cambio de la biomasa de 33.990 poblaciones de peces registradas entre los años 1993 y 2021 en el hemisferio norte. Concretamente la investigación se ha centrado en el Mediterráneo, el Atlántico norte y el Pacífico nororiental.

Las consecuencias del calentamiento oceánico
El State of the Ocean Report 2024 de la UNESCO señaló que las temperaturas medias de los océanos han aumentado aproximadamente 1,45 ºC desde tiempo preindustriales hasta 2023, superando incluso los 2 ºC en algunos periodos en zonas concretas, como el Mediterráneo y partes del Atlántico o el Oceáno Austral.
Además, un estudio internacional publicado este año en la revista Advances in Atmospheric Sciences destacó que en 2025 los océanos del planeta almacenaron más calor que en cualquier otro año desde que comenzaron las mediciones modernas. Este aumento de las temperaturas, según destacan los investigadores del MNCN-CSIC y la Universidad Nacional de Colombia, es el principal factor de estrés al que se enfrentan las especies marinas.
“Cuando eliminamos el ruido de los fenómenos meteorológicos a corto plazo, los datos muestran que ese calentamiento se asocia con un descenso anual continuado de la biomasa de hasta el 19,8 %”, explica el investigador del MNCN Shahar Chaikin, refiriéndose a que no ocurre lo mismo con las olas de calor marinas.

Estas, que cada vez son más frecuentes, pueden provocar en algunas zonas el descenso acusado de las poblaciones de peces, mientras que en otras suponen un incremento significativo. Esto depende de la zona de confort térmico, es decir, el rango de temperatura ideal a la que una especie se desarrolla mejor.
Así, en aguas que ya de por sí son cálidas, una ola de calor puede empujar a los peces fuera de su zona de confort térmico. El resultado es una pérdida de biomasa de un 43,4 %. Por el contrario, las poblaciones que se ubican en zonas más frías pueden experimentar un ascenso de hasta un 176 % en su biomasa cuando se produce un incremento temporal de las temperaturas.
Esta última cifra, sin embargo, no debe interpretarse como algo positivo, según alertan los propios investigadores: “Aunque este aumento repentino de la biomasa en aguas frías pueda parecer una buena noticia para la pesca, se trata de incrementos transitorios”, explica Chaikin. “Si los gestores aumentan las cuotas de pesca basándose en un incremento de biomasa causado por una ola de calor, corren el riesgo de provocar el colapso de las poblaciones cuando las temperaturas vuelvan a la normalidad o cuando el efecto del calentamiento a largo plazo se imponga, porque se trata de aumentos puntuales”.

La importancia de una gestión pesquera sostenible
Atendiendo tanto al calentamiento prolongado y continuo —que provoca descensos en las poblaciones de peces— como a las olas de calor temporales —que tienen efectos diversos dependiendo de las regiones—, el estudio resulta muy útil no solo para entender la manera en la que el cambio climático está afectando a nuestros océanos, sino también para mejorar la gestión pesquera de la que depende gran parte de la seguridad alimentaria mundial. Así, los investigadores proponen tres recomendaciones basadas en la respuesta rápida, la planificación a largo plazo y la cooperación internacional.
En primer lugar, teniendo en cuenta que las olas de calor marinas pueden ocasionar descensos drásticos y repentinos de las poblaciones de peces en los límites cálidos, es importante facilitar la aplicación de medidas de protección inmediatas. Estas, con el objetivo de facilitar que se recuperase la biomasa, deberían entrar en vigor en el momento en el que se produjesen los eventos térmicos extremos.
En segundo lugar, los investigadores recalcan la importancia de no olvidar el calentamiento oceánico crónico. Así, la gestión pesquera debe estructurarse de forma sostenible teniendo en cuenta este descenso continuado.
En tercer lugar, también es relevante tener en cuenta que las especies cruzan fronteras internacionales para permanecer dentro de su zona de confort térmico a medida que se calientan o enfrían los océanos. Por ello, “la población de una especie puede estar en declive en un país, pero en auge en otro”, señala Chaikin. “Ante esta situación, los modelos de gestión estáticos están obsoletos. La conservación eficaz requiere coordinación internacional y acuerdos conjuntos de gestión de recursos”.
En la misma línea, Miguel B. Araújo, investigador del MNCN-CSIC, defiende que “los gestores deben equilibrar con extrema cautela los aumentos localizados con los descensos a largo plazo para evitar la sobreexplotación”. Así, la única estrategia viable, según apunta Araújo, es “priorizar la resiliencia a largo plazo”: “Las medidas de gestión deben planificar el descenso de biomasa que se espera ante un océano cada vez más cálido.
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