
Pensar en Roma es pensar en el coliseo, en acueductos, en una mitología calcada de la de los griegos, en generales como Julio César o gladiadores como Espartaco. Solo si dejamos a un lado la magnificencia de sus monumentos y los nombres propios podremos descubrir cómo era el día a día del pueblo romano: qué comían, a qué se dedicaban, cómo se divertían, qué les hacía llorar, qué les parecía divertido... y ahora sabemos qué hacían con sus excrementos.
Para hablar de las heces de los romanos hay que volver momentáneamente a los nombres en mayúscula: Hipócrates, Plinio el Viejo o Galeno de Pérgamo. Todos ellos tienen en común haber sido grandes médicos (el primero de ellos lo fue durante la Grecia de Pericles) y haber recopilado los beneficios que tenían los excrementos para la salud.
Los antiguos romanos utilizaban las heces, las propias y las de algunos animales, para tratar afecciones relacionadas con inflamaciones, infecciones o problemas reproductivos. En particular, los escritos de Galeno contienen una veintena de referencias a preparados medicinales con materia fecal, haciendo incluso mención al valor terapéutico de las heces infantiles, siempre que procedieran de niños alimentados siguiendo una dieta específica.
Los escritos de estos médicos se sustentan gracias a la evidencia arqueológica. En el Museo de Arqueología de Bergama, una ciudad turca ubicada en la costa del mar Egeo, se han identificado restos de materia fecal en el interior de un frasco de 2.000 años de antigüedad. Este tipo de vasijas se conocían como unguentarium y son piezas alargadas en las que se guardaban perfumes y demás productos cosméticos.

Los resultados de este hallazgo han sido publicados en la Journal of Archaeological Science: Reports y ponen de manifiesto el uso de excrementos como cataplasmas. Según ha detallado el arqueólogo turco Cenker Atila, a los restos fecales se le añadían una serie de hierbas, como el tomillo, para disimular el desagradable olor que emanaban.
De la cataplasma romana al trasplante fecal
La frontera entre el empleo cosmético, sanitario e incluso mágico de los ungüentos era, según argumentan los autores de la investigación, difusa en aquella época. “Las fuentes antiguas dejan claro que los límites entre el uso cosmético y medicinal eran fluidos, y que los ungüentos solían borrar la distinción entre curación, higiene y magia”, explican.
Aunque este tipo de tratamientos se mantuvo intacto hasta la Edad Media, a partir del siglo XVIII la medicina occidental desechó esta práctica. La razón reside en que el contacto directo con estas sustancias comportaba riesgos bastante notables, debido a la transmisión de patógenos peligrosos a través de las heces.
Sin embargo, las heces como una herramienta terapéutica no han desaparecido por completo. En la actualidad, los trasplantes de microbiota fecal constituyen procedimientos experimentales sometidos a cribados rigurosos, orientados a combatir enfermedades tan diversas como la depresión, la diabetes, los trastornos cardiovasculares o las infecciones causadas por bacterias resistentes. No obstante, el procedimiento todavía se considera experimental, puesto que conlleva sus propios riesgos. En ocasiones muy excepcionales, puede resultar letal.
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