Pasapalabra, el programa presentado por Roberto Leal, ha vuelto a hacer historia en Antena 3. Tras 307 intensos duelos, Rosa Rodríguez logró completar el Rosco y hacerse con el mayor bote jamás entregado por el concurso: 2.716.000 euros. Una prueba de auténtico infarto que se resolvió cuando apenas quedaban tres segundos para el final, culminando así una trayectoria de más de un año en el programa y cinco de preparación personal.
Apenas unas horas después de esta histórica victoria, Rosa atiende a Infobae para charlar sobre lo que ha supuesto ganar el bote, el desgaste mental que implica competir durante tanto tiempo, la dificultad de asumir el final del concurso y sus planes a corto plazo. Lejos de la euforia inmediata, la ganadora reconoce estar viviendo el momento como un proceso de adaptación y despedida de una etapa que define como una de las más intensas de su vida.

P: Rosa, lo primero, felicidades por el premio. Menudo reto al que te has enfrentado. Imagino que a partir de ahora la letra M es tu favorita.
R: Pues sí. Ya era una letra que me gustaba porque mi nombre completo es María Rosa, así que la M y la R siempre han sido muy mías, mis iniciales. Y ahora, ya para siempre.
P: Cuando ganaste el bote se te notaba una emoción contenida. Imagino que también fue un momento agridulce por estar ahí Manu, que también se lo merecía mucho.
R: Sí. Más que emoción contenida, primero fue shock. El primer pensamiento fue: “¿Qué acaba de pasar?”. Por eso me echo las manos a la boca, como diciendo: “¿Qué acabo de hacer o qué ha pasado?”. Después miro a Manu y ahí me doy cuenta de que he completado el rosco y de que eso significa que él ya no puede hacerlo. Creo que incluso hago un gesto como de querer decirle “lo siento”. No lo verbalizo, pero me sale. Lo sientes porque la única persona que sabe hasta qué punto has luchado, sufrido y vivido todo esto es tu compañero, tu rival… yo prefiero llamarlo compañero, porque es lo que hemos sido allí. Es la única persona que te entiende al cien por cien. En ese momento pensaba: “Si no lo hubiera ganado yo, ¿cómo me habría sentido?”. Aunque estás mentalizada de que irte sin el premio gordo es una posibilidad muy grande, no te sale estar eufórica cuando ves a la otra persona, que además lleva tanto tiempo ahí.
P: Pero una vez que saliste del programa, ya podrías celebrarlo con los tuyos.
R: En realidad han sido semanas de emoción contenida, o más bien de duelo. Han pasado dos semanas y media hasta hoy y he estado más pendiente de asumir que esta etapa se ha acabado. Ha sido un año y pico grabando, pero antes también toda la preparación. Me ha invadido más la tristeza de que se haya terminado que la felicidad de haber ganado. Hoy es cuando empiezo a ser consciente de que realmente ha pasado y de que esa persona soy yo.

P: ¿Te ha resultado muy complicado guardar el secreto durante esas dos semanas?
R: Lo que hice fue reducir al máximo las interacciones con cualquier persona fuera de mi familia, que eran los únicos que lo sabían. No quedé con vecinos ni amigos. Me refugié mucho en mi familia y aproveché para recuperar el tiempo que les había robado, sobre todo en los últimos meses. Por WhatsApp intentaba no mandar audios para que no se notara el tono de voz y escribía mensajes muy escuetos. También ha sido bonito mantener esa tensión y que la gente lo descubriera con la incertidumbre y el final feliz.
P: Ahora que todo ha terminado, ¿qué planes tienes? ¿Volverás a las clases o te tomarás un descanso?
R: En el futuro inmediato quiero tomarme un tiempo, aunque no sé exactamente cuánto. Cuando se calme un poco todo en los próximos días, planificaré mejor lo que viene. Han sido cinco años pensando constantemente en el concurso, en estudiar y aprender. Ahora tengo que volver a aprender a vivir, recuperar la normalidad, el tiempo con amigos y familia, descansar un poco. Después sí me gustaría volver a las clases, que es lo que más me gusta, pero todavía no sé si será en dos semanas, un mes o dos. Primero necesito reorganizarme.
P: ¿Puedes resumirnos cómo era tu rutina antes de ganar el premio?
R: Ha ido cambiando mucho, porque Pasapalabra es una carrera de fondo, muy de fondo. La parte más difícil es la mental: aguantar y mantener la disciplina, más que la motivación. Al principio, los primeros seis meses, estudiaba caminando. Hacía caminatas de 16 o 18 kilómetros al día, incluso llegué a casi 20, usando la aplicación Anki por la montaña. En los últimos meses, ya no podía hacerlo. El cuerpo y la mente no daban para más. Estudiaba más en el ordenador y, aunque acumulaba más información porque veía que podía luchar por el bote, echaba menos horas porque no podía mantener la concentración. La rutina fue cambiando, y también era una forma de mantener la llama encendida.

P: Ahora te enfrentas a la fama. ¿Eres consciente de lo que supone ganar el bote siendo ya tan conocida?
R: Es la parte que todavía tengo que procesar. Ayer vi el programa con unos amigos y uno me preguntó qué se siente al verte en la tele. Me he acostumbrado a verme en pantalla, porque ha sido más de un año, pero a lo que no me acostumbro es a que alguien te diga: “Te veo todos los días en mi casa”. Me ha escrito gente de Latinoamérica, incluso de Yemen, y piensas: “¿Cómo llega el programa hasta ahí?”. Todavía no he calibrado lo que va a venir con la victoria. Pero intento mantener los pies en el suelo. La popularidad dura unos días o semanas y luego se calma todo. Con naturalidad y tranquilidad.
P: ¿Qué es lo que más vas a echar de menos de Pasapalabra?
R: El equipo humano. Creo que ese es el secreto del éxito del concurso. Todo lo que se ve en pantalla y, sobre todo, lo que no se ve es maravilloso. Durante un año y pico se crean relaciones muy cercanas con todo el equipo. Estos días he estado más triste por pensar que ya no los voy a ver semanalmente. Ojalá pueda volver alguna vez de visita. Me he sentido parte de la familia del programa al cien por cien. Nuestro paso por allí es finito, pero ha sido mucho más largo de lo que jamás hubiera imaginado.
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