
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha anunciado que España prohibirá el acceso a plataformas digitales a menores de 16 años, un movimiento que considera “definitorio” de cara a las generaciones venideras y plantea la necesidad de “recuperar el control de la gobernanza digital y de las redes sociales para que sean un espacio sano y democrático”. Esta medida, de la que apenas se conocen detalles, supondría alejar a los menores de los riesgos a los que ahora están expuestos. Estas conexiones no solo han agravado los problemas que ya sufrían niños y adolescentes, sino que han creado otros nuevos que no existían y a los que las familias se enfrentan sin apenas herramientas.
Diana Díaz, directora de las líneas de ayuda de la Fundación ANAR, que proporciona un apoyo para menores y sus familias a través de consultas telefónicas (600 50 51 52), explica a Infobae que se trata de una muy buena noticia que ayudaría a proteger a los más jóvenes frente a los riesgos que entablan las redes sociales. Las amenazas, muchas veces infravaloradas por tratarse de cuestiones que afectan a los menores, van desde el ciberacoso hasta la violencia de género, que se ha agravado por el elemento de control permanente en el que puede convertirse un teléfono.
Grooming, ciberacoso y problemas crónicos amplificados
“Escuchamos, todos los días, todos los riesgos derivados del uso inadecuado de la tecnología; entonces, no podemos estar más de acuerdo en que existan medidas, porque ya llevamos muchos años solicitándolas”, comenta Díaz, que señala la más de la mitad de las llamadas que reciben de menores, familias y centros escolares tiene que ver con problemas que implican un componente tecnológico.
Entre ellos, incluye el grooming (cuando un adulto con una identidad falsa final intenta conseguir material pornográfico o abusar sexualmente de forma presencial a través de contactos por plataformas de mensajería); los desnudos que los propios adolescentes comparten y que acaban difundiéndose sin consentimiento porque ”no tienen perspectiva de riesgo“ y con los que también pueden ser extorsionados; la adicción a la tecnología; o el ciberbullying, pues ”antes el acoso escolar solo era presencial y ahora también es tecnológico”. Lo mismo sucede con la violencia de género, que se ve amplificada, y el acceso a la pornografía, que cada vez es más temprano.
En este sentido, destaca que ANAR cuenta con líneas de ayuda desde hace tres décadas, pero es en los últimos años cuando se han topado con “riesgos que solo pueden existir porque existe la tecnología”. De hecho, subraya que en los últimos cuatro años, el principal motivo de consulta es todo lo relacionado con conducta suicida, seguido por autolesiones y problemas de autoestima, autoimagen y autoconcepto, tres circunstancias que Díaz relaciona estrechamente con las redes sociales.
La pornografía como aula que provoca abusos sexuales
Díaz recuerda que entra en juego una cuestión de desarrollo neurológico porque “el cerebro no está formado del todo para tomar buenas decisiones”. Los niños y adolescentes aún no tienen la capacidad crítica de los adultos, de modo que, si acceden a contenido sobre cómo llevar cabo intentos autolíticos o prácticas sexuales abusivas, no serán capaces de poner un límite y establecer de forma ética qué es negativo para sí mismos y para los demás. En este sentido, destaca que en los últimos años han aumentado el número de consultas de adolescentes que han sufrido abusos sexuales por parte de amigos o compañeros de clase. Este fenómeno lo relaciona con el consumo de pornografía por parte de adolescentes que han normalizado prácticas sexuales abusivas y denigrantes, que desplazan el consentimiento.
Cómo afecta a su salud mental
La salud mental es otra de las grandes víctimas de las redes sociales. Hilario Blasco Fontecilla, psiquiatra de la Infancia y Adolescencia, profesor de UNIR e investigador especializado en salud mental infanto-juvenil, también valora de forma positiva la prohibición, que incluso “llega tarde”. En conversación con Infoabe, explica que uno de los últimos estudios en los que ha trabajado y que está a punto de ser publicado, muestra con encuestas realizadas a personas de entre 12 y 25 años que, en los jóvenes que pasan cinco o más horas en redes sociales al día, el riesgo de provocarse autolesiones se multiplica por nueve y de intentos de suicidio por cinco. “No se puede decir que tenga un nexo causal, pero es una asociación potente”, puntualiza.

En este sentido, también destaca desde el año 2010, el 3,9% de las hospitalizaciones en adolescentes en España eran por causa de un problema de salud mental y, ahora, “hemos pasado prácticamente a un 10%”. Los problemas de salud mental entre los menores han aumentado y para Blasco están directamente relacionados con el uso de las redes y con algoritmos diseñados de forma cada vez más precisa que generan “pulsos de dopamina en el cerebro que las hacen extremadamente adictivas”. En este sentido, como Díez, apunta que los menores son más vulnerables que los adultos porque su cerebro es “inmaduro”.
Cómo “enganchan” las redes a los menores
El especialista diferencia entre cinco mecanismos que vuelven dependientes a los más jóvenes. El primer mecanismo es el refuerzo positivo intermitente, “que se usa típicamente en las máquinas tragaperras” y consiste en no saber cuantos likes van a llegar detrás de cada publicación en forma de premio impredecible que lleva a querer siempre más. Se trata de un mecanismo que “llena de deseo” al cerebro y lo vuelve irresistible.
El segundo es el mecanismo de la reciprocidad, que “nos hacen sentir como que debemos favores o como que estamos en deuda”; el tercero es el del sesgo de disponibilidad, vinculado con la creación de un imaginario irreal sobre cómo es el mundo que nos rodea; y el cuarto es del de la ilusión de control, que es irreal porque concede la falsa sensación de saber cuándo parar cuando. El último el mecanismo es el efecto de casi ganar, que consiste en la sensación de que la experiencia nunca se llega a completar porque hay algo más detrás.
Los más jóvenes adquieren una visión distorsionada de la realidad que provoca insatisfacción constante, trastornos de la conducta alimentaria y dismorfia corporal. “Así como en los trastornos de conducta alimentaria se ve mucho la influencia en las chicas, en los chicos se ve mucho que buscan estar excesivamente musculados”, apunta. En las redes sociales, explica, que se plasma el ideal del yo, y un adulto sabe que un cuerpo perfecto no es la normativa, pero “el adolescente por definición se lo va a creer”. Pero además, el aislamiento que producen las redes, explica, lleva a la creación de “niños burbuja” que se desarrollan de forma intelectual con facilidad pero no emocional. Por ello, el psiquiatra también aplaude la medida, que ayuda a que los jóvenes dejen de estar en un riesgo que no perciben de forma constante.
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