
La farmacéutica Ingrid sostiene una idea sencilla y contundente: “La tristeza no solo cambia cómo te sientes, también cambia tu fisiología”. Su experiencia diaria la lleva a observar cómo muchas personas describen una sensación de cansancio inexplicable, una especie de pesadez que va más allá del estado de ánimo. Para Ingrid, comprender que la tristeza transforma el cuerpo y la mente ayuda a desmontar prejuicios y a buscar soluciones más amables con uno mismo.
La tristeza no se limita a un cambio en las emociones. Según Ingrid, modifica la energía, la claridad mental y la forma en la que se responde a las demandas cotidianas. Es habitual despertar sin ganas, sentir que todo pesa un poco más y notar la mente algo más lenta. Muchas veces, quienes lo experimentan no lo relacionan de inmediato con la tristeza, pero Ingrid insiste en que estas señales tienen una raíz biológica concreta, no son producto de la pereza ni de una falta de carácter.
Cuando la tristeza se instala, el cuerpo entra en un ritmo diferente. Las señales internas que normalmente activan, enfocan y sostienen con energía reducen su intensidad. “La tristeza no es solo un estado emocional: modifica tu energía, tu claridad mental y la forma en la que respondes al día”, explica Ingrid. El sistema de activación disminuye, y por eso todo parece más lento. La motivación biológica baja no porque la persona sea débil, sino porque el cuerpo está intentando conservar recursos. El ritmo interno se vuelve más irregular y cuesta más arrancar y mantenerse activa.
La biología detrás de la tristeza
Ingrid subraya que la tristeza agota de una manera distinta a otros estados de ánimo. No se trata de una falta de fuerza de voluntad ni de una actitud negativa, sino de una redistribución de los recursos internos del organismo. En este proceso, el cuerpo prioriza conservar energía y esto afecta tanto al movimiento como a la capacidad de concentración.
El agotamiento que acompaña a la tristeza no es sinónimo de dejadez. Ingrid recalca que se trata de una respuesta biológica, no de una elección. La motivación baja porque el cuerpo lo decide así, intentando protegerse y adaptarse a una situación que percibe como desafiante. Este ajuste interno hace que el ritmo sea menos regular y aumente la dificultad para emprender actividades o sostenerse a lo largo del día.
Además, la tristeza puede hacer que cuesta más notar cuándo empieza a faltar energía. El ritmo interno se vuelve menos predecible y obliga a buscar nuevas formas de activar el cuerpo que sean suaves y sostenibles. Ingrid observa que muchas personas se culpan a sí mismas por no poder mantener el mismo nivel de energía, cuando en realidad están respondiendo a una necesidad fisiológica.
Pequeños gestos que devuelven energía
Frente a este panorama, Ingrid recomienda un gesto sencillo y accesible para cualquiera: combinar la exposición a luz natural con un breve paseo. No se trata de realizar ejercicio intenso, sino de salir al balcón un par de minutos, caminar entre tres y cinco minutos, o simplemente abrir la ventana para respirar aire fresco. “Esa señal externa mueve tu ritmo interno y devuelve un poco de energía estable sin forzar el cuerpo”, señala.

Estos pequeños actos no eliminan la tristeza, pero ayudan a recuperar cierta claridad y a sostener el día con algo más de fuerza. Ingrid insiste en que la tristeza no siempre se nota desde fuera, pero quien la vive sí percibe el peso sobre su energía. Por eso, recomienda dar pequeñas señales de activación al cuerpo: con ellas, la sensación de pesadez comienza a ceder y la mente recupera poco a poco la capacidad para enfocarse y responder a los retos diarios.
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