
Iñaki Urdangarin ha decidido hablar ahora, cuando el tiempo ha asentado su vida completamente. “He aprendido a no gustar”, afirma con una serenidad que no oculta las cicatrices. Esa es, quizá, la idea que vertebra la entrevista que concede a El País Semanal y que acompaña la publicación de Todo lo vivido (Grijalbo), sus memorias, que llegarán a las librerías el próximo 12 de febrero. Tras años de silencio, el exduque de Palma se expone sin ambages, consciente del estigma que arrastra y del lugar incómodo que ocupa en la historia reciente de la monarquía española.
El libro —295 páginas de relato en primera persona— es el eje de una conversación en la que Urdangarin repasa su ascenso deportivo, su entrada en la familia real, la caída judicial y el largo tránsito por prisión. “Durante muchos años, mi vida fue contada por otros”, explica para justificar por qué ahora toma la palabra. “Periodistas, jueces, tertulianos, desconocidos… Todos parecían saber quién era yo. Y yo opté por el silencio. Ahora quiero contar mi historia con mi propia voz”.

Uno de los capítulos más personales es el dedicado a su vida sentimental actual. Por primera vez, habla abiertamente de Ainhoa Armentia, su pareja desde 2022. Reconoce que la relación se hizo pública antes de que pudiera gestionarla con sus hijos y asume su responsabilidad: “Mi mala gestión de los tiempos y de la comunicación hizo que el asunto fuera demasiado doloroso para todos”. Sobre Armentia, el tono cambia. “Con ella, el mundo había dejado de darme miedo para empezar, otra vez, a parecerme un desafío emocionante”, confiesa. Y subraya el papel que tuvo en su reconstrucción personal: “Su cariño y su comprensión fueron claves”.
La entrevista se detiene también en la relación con la infanta Cristina, de la que se divorció en enero de 2024. Lejos del enfrentamiento, habla de un vínculo transformado: “Seguimos preocupándonos el uno por el otro. Deseándonos lo mejor”. Pero más compleja es su posición respecto a la familia real. Asegura a El País Semanal que mantiene contacto con Juan Carlos I y con la reina Sofía, pero no con Felipe VI: “Mi cuñado. Mi amigo. O eso había creído yo…“. Sobre esa distancia, evita el reproche directo: “Aunque no viera algunas veces los comportamientos que esperaba, no puedo juzgar, porque entiendo que no es fácil separar la institución de la familia y las opiniones del entorno”.

Un antes y después en su vida
El relato se vuelve más áspero cuando aborda su ingreso en prisión. Describe aquel momento como una experiencia de pánico absoluto. “El sentimiento que me embargó el día que ingresé y la puerta restalló por primera vez a mis espaldas fue el pánico. Pánico puro”. Al aislamiento se sumó la soledad de un módulo vacío en la cárcel de mujeres de Brieva. “Fue un doble castigo: la privación de libertad y la soledad”, escribe.
Uno de los pasajes más duros es el primer encuentro con su hijo mayor en el locutorio. “Hablas a través de un cristal, no puedes abrazar, no puedes tocar. Yo veía su cara…, aquello me impresionó mucho”. Las visitas familiares se convirtieron en un salvavidas emocional, aunque también en una fuente constante de dolor. “Llené la salita de fotografías nuestras, para que fuera más agradable. El tiempo de la visita pasa volando. Cuando acaba y acompañas a tu familia hasta donde el funcionario te permite, también oyes el ¡bum! de la puerta que ellos atraviesan para salir y vuelves a quedarte solo. Eran momentos difíciles de gestionar”.

Para sobrevivir mentalmente, Urdangarin admite al citado medio que se aferró a pequeñas rutinas. El deporte fue una de ellas, especialmente la bicicleta estática que tardó meses en conseguir. “Necesitaba irme a la cama cansado física y mentalmente para poder dormir y, sobre todo, tener la sensación de que el día había valido la pena. Eso me lo daba el deporte y el estudio”. También fue clave un curso de bienestar emocional recomendado por una enfermera de la prisión, germen de su actual proyecto profesional.
Hoy, ese aprendizaje se ha traducido en Bevolutive, su empresa de coaching, con la que trabaja desde Vitoria. La ciudad no es una elección casual. Allí vive cerca de su madre y lejos del ruido. “Hoy vivo en Vitoria. Llevo una vida sencilla, casi monástica”, resume. Deporte, amigos, naturaleza y rutinas simples que ahora valora como un privilegio. “Todo eso para mí tiene ahora un valor incalculable”.
La entrevista no esquiva el debate sobre la justicia y el caso Nóos. Urdangarin insiste en que su condena fue excesiva: “Me gustaría que no hubiese un estigma, porque ya he pagado por lo que se me juzgó”. Reconoce errores, pero mantiene que el castigo estuvo condicionado por su apellido. “He aprendido a no gustar”, repite, consciente de que su figura seguirá generando rechazo.
Al final de la conversación, introduce una nota de introspección que resume el espíritu del libro. Asegura haber pedido perdón a quienes sintieron el impacto de sus actos, aunque admite que aún le queda uno pendiente: “La prisión me permitió poner en contexto lo que había hecho, reconstruirme, ver los comportamientos de los que no puedo estar orgulloso y que hicieron sufrir a otras personas. Fui a hablar con ellas, pero me queda una, un perdón pendiente. Por su privacidad, me guardo quién es”.
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